13 de noviembre de 2015 en el Boulevard Voltaire de París. Los estadounidenses Eagles of Death Metal tocaban ante unas mil personas que se habían reunido en la sala Bataclan para pasar la noche del viernes. Yo estaba a unos 1 160 km y, al igual que hoy (mientras ideo estas líneas) estaba viendo por la tele a la Selección española de fútbol jugar contra Inglaterra. Durante la transmisión me enteré de todo.
13 de noviembre de 2016 en una gasolinera británico-holandesa de Condado Concepción. Mientras mi padre llena el tanque, vemos con mi madre y mi hermana a un tipo bajarse de un todoterreno deportivo negro y apoyarse en uno de sus costados. En sus manos tiene una cámara profesional con un buen lente, posiblemente 70-300mm. La pone sobre el techo del carro y empieza a fotografiar; no en dirección hacia Carretera a El Salvador, sino hacia el lado opuesto. Su objetivo se le aparece todas las noches, pero esa tarde había decidido hacerlo más grande y más brillante.
La superluna que vivimos este año es algo que no se veía desde 1948, y que no volverá a ser visto hasta 2034. Lo que ese hombre captó con su Nikon será un recuerdo para toda la vida… al igual que lo ocurrido aquella noche en la capital francesa.
Al día siguiente del atentado, las investigaciones y el reforzamiento de las filas de los entes de protección civil estaban en todas las portadas y en todos los noticieros. Estaciones de tren, de metro, de autobús y aeropuertos de toda Europa vieron cómo su población aumentaba, solo que en lugar de ser con gente vestida de calle, era con uniformados.
Pero, además de eso, el atentado no hizo sino iluminar las muestras de afecto y de unión entre los pobladores de medio mundo. Grandes congregaciones de gente en los sitios más emblemáticos de París y en las embajadas francesas alrededor del mundo lo constatan. La solidaridad y el amor querían ser vistos como los símbolos de la resistencia contra el reinventado terrorismo yihadista.
Sin embargo, no es desacertado decir que esto se resumió casi exclusivamente al mundo occidental; en Oriente bien saben lo que es sufrir un atentado, y muchos no olvidan que a ellos no se les recuerda de la misma manera. Así pues, Occidente (generalizo por cuestiones de espacio y rápida comprensión) también lanzó un foco que iluminó a un grupo, aunque a este de mala manera.
El pueblo musulmán se ha visto tachado. Sería muy fácil decir que solo gente como Donald Trump o los ultraderechistas de Hungría y sus adeptos han manejado una campaña antimusulmana y, sin embargo, la cosa va más allá de eso. El ejemplo más claro es el de los memes, en los que ver a un personaje con objetos propios de los musulmanes que explota cosas cotidianas (como un teléfono inteligente surcoreano) al grito de ¡Allahu Akbar! se ha convertido en algo más del montón.
Hasta cierto punto, esto es una forma de adoctrinar, en la que ver al musulmán como el malo de la película es de lo más común. Y, añadido a eso, es un mensaje con el que los jóvenes vamos conviviendo y creciendo, a través de las redes sociales.
El atentado terrorista nos iluminó, como la superluna, a sobremanera, como no ocurría, quizá, desde el fatídico 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, o desde las explosiones en los trenes de Madrid en 2004. Nosotros, al igual que el fotógrafo de la gasolinera con la Luna, decidimos dirigir nuestro lente hacia el atentado, pero no lo hemos enfocado del todo bien. En lugar de prestar total atención al suceso, a esa “superluna”, nuestro lente ha decidio detenerse en un árbol seco y viejo que interfiere; y no solo eso, sino que le hemos hecho zoom a tope y lo hemos iluminado con una luz artificial especial.
Cuando ellos generalizaron decidieron atacar a nuestras ciudades y a nuestra gente. Entonces, ¿Qué pasa cuando nosotros generalizamos?
Año uno después de Bataclan; la Superluna.

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