“Puedes hacer todos los planes que quieras. Puedes estar tumbado en la cama por las mañanas y llenar cuadernos enteros de proyectos e intenciones. Pero en una sola tarde, en cuestión de horas, todo lo que planeas y todo lo que has luchado por hacer de ti mismo puede quedar tan deshecho como una babosa a la que has cubierto de sal”. Estas palabras que Wallace Stegner pone en boca de Larry Morgan se hacen cada vez más actuales. Si algo tiene de característico nuestra época es la inmediatez, el cambio y la inestabilidad. Cada día una notificación de actualización, cada año un iPhone nuevo, un nuevo trabajo, un nuevo marido, una nueva vida. Las posibilidades son infinitas: a la distancia de una presión del índice viajes, hoteles, parejas, ropa y casi cualquier cosa.

Pero así como es de fácil conseguirlo, así de fácil es perderlo. Podemos hacer mil planes y llenar los próximos 40 años de ilusiones y proyectos, pero basta con un segundo para que todo se derrumbe. Y si realmente fuéramos tan maleables como nos gustaría creer nos daría igual, pero el caso es que no logramos desprendernos de ese vestigio que nos hace ansiar un poco de permanencia y eternidad. En el libro que antes citaba justamente se cuenta la historia de una pareja que encuentra su lugar seguro: se tienen el uno al otro y tienen 2 amigos. Nada más y nada más que necesitan.

Nadie sabe cuál es su lugar seguro hasta que lo tiene. Algunos se casan pensando que ahí lo han encontrado para luego darse cuenta que de ahí quieren huir. Algunos lo encuentran en un amigo, en su familia o en su grupo de los martes en la noche, sea como sea, nada más humano que añorar este refugio. El mundo digital complica la cosa porque está acabando con los lugares seguros. Los lugares seguros virtuales son inseguros, son volátiles y son superficiales, por definición no contienen los elementos de permanencia, estabilidad y confianza del verdadero lugar seguro. Y es que solo en las relaciones cara a cara, las verdaderamente humanas, podemos encontrar esas sonrisas que bien podríamos elegir para ser la última cosa que viéramos en la vida. “Es el amor y la amistad, la santidad y la celebración de nuestras relaciones, lo que no solo colabora con una buena vida, sino que crea una buena vida. A través de las amistades, encendemos e inspiramos las ambiciones del uno y del otro”.

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