Por Jorge Alvarado

La imagen física del presidente de México, Enrique Peña Nieto (EPN), goza de muy buena aceptación. En comparación con sus antecesores, rompe el esquema típico de un presidente. Desde su imagen física, EPN representaba para México una propuesta fresca, juvenil, empática y hasta cierto punto carismática, que se acuñó con otra imagen pública, Angélica Rivera (La Gaviota), una reconocida artista del mundo de las telenovelas, algo que generó una combinación que reunía sus capitales más altos: alta popularidad y reconocimiento considerable; a esto se le puede denominar la fórmula de la imagen por asociación.

Dos liderazgos de diferentes ámbitos se unieron para conquistar un único objetivo: llegar a Los Pinos. La mezcla de ambos, mercadológicamente hablando, resultó en una buena combinación para crear una marca eleccionaria, que no provenía de la fortaleza institucional de los partidos políticos, sino de iconos en busca de poder, es decir que el éxito electoral y mediático fue de EPN y no del PRI, como venía sucediendo hacía décadas.

Cuando se habla de la Imagen no se puede evitar hablar de la comunicación, lo cual genera el eterno dilema; puede haber un mal gobierno que tenga buena comunicación o un buen gobierno con mala comunicación. El hecho es que la comunicación tan importante en la familia, como en las instituciones, debe ser un ejercicio cotidiano en el que se logre, sobre todo, ejercer cierto tipo de liderazgo positivo guiado por una agenda que traduzca las acciones políticas en resultados mediáticos. No debe perderse de vista que una figura presidencial será objeto de críticas de todo tipo –eso es ineludible e innegable– el dilema es qué hacer con la crítica. ¿La ignoro, valoro o me alineo al sistema para mostrar indiferencia ante todo señalamiento?

La posición de cualquier presidente siempre es difícil, pues estará expuesto mediáticamente en todo momento y sujeto a cualquier riesgo o crisis. La pregunta se repite, ¿qué hago con el riesgo o con la crisis? Es ahí donde se muestra la entereza y el liderazgo de un presidente que está determinado, no solo a construir las buenas percepciones constantemente, sino a saber administrarlas, y primordialmente a reponerse de inmediato de la crisis y los daños causados a su imagen por algún suceso o entramado de alto impacto.

En el caso de EPN su imagen vino de más a menos, y sigue en picada por los desaciertos en su comunicación política, de los cuales no ha logrado apropiarse de lecciones para la siguiente crisis.

Las crisis de EPN

El señor presidente, Enrique Peña Nieto (EPN), ha enfrentado crisis de todo tipo que han dañado su imagen, podemos empezar por mencionar la famosa “Casa Blanca” un suceso que evidenció un opaco manejo del patrimonio y un conflicto de intereses, sumado a la idea colectiva sobre el tráfico de influencias. Se debe mencionar el caso de la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, que indujo al pensamiento popular la idea del contubernio entre poderes paralelos y el Gobierno, ya sea por omisión o por acción; una mancha indeleble para la gestión de EPN debido a su incapacidad de resolver el problema, y menos aún, de entregar alguna respuesta concreta. Luego pasa por otro suceso traumático para el mandato de EPN, como lo fue la fuga del Chapo Guzmán, que género una percepción sobre lo putrefacto y corrupto de un estado penitenciario, acuñado por el más alto nivel político. Después, los más recientes escándalos como el apartamento de Miami, que creó la idea de tráfico de influencias y la falta de transparencia en la tercerización del patrimonio de la pareja presidencial. Por último dos temas, el tema del plagio de su tesis en la Universidad Panamericana, que propició el hartazgo en la población y significó su caída a la lona, comunicacionalmente hablando, pues desde que asumió el poder estuvo mil veces más expuesto al riesgo y a la crisis de lo que todos pensaban. El segundo tiene que ver con la estrategia de recibir a Donald Trump en México a través de una invitación del gobernante Peña Nieto lo cual hoy en día podría traducirse en un acción política con rédito, pero un desastre mediáticamente. Estos sucesos, que son los más notorios, han tenido como desenlace un daño irreversible para la imagen de EPN, ya que muchos expertos opinan que ha resultado ser solo un producto del mercadeo y de la comunicación, algo parecido al síndrome de Ottinger, que consiste en la inadecuación de la imagen pública de un político versus su identidad real.

Comprender las crisis de EPN

Existe una respuesta de tajo: “el silencio”, que es terrible para la comunicación política en este contexto porque explica por sí mismo un tema de complicidad, de poca transparencia, que genera efectos como la falta de credibilidad, desconfianza y hasta la especulación de muchos otros problemas que todavía no salen a luz.

El problema de EPN es que no ha tenido una vocería proactiva y ha evitado hacerle frente a sus desaciertos, no ha asumido la responsabilidad ni atacado de frente a todas esas ventanas de crisis que se han abierto en su contra, lo que ha sintetizado otro instrumento para la comunicación institucional en este contexto, es decir “el rumor”, que es aprovechado por terceros para lacerar una imagen que no tiene capacidad de respuesta. Al no asumir su propia vocería, abre la puerta para que otros sigan vulnerando su imagen ya desgastada. La figura política de EPN ha pagado el precio de lo que parece ser un mal gobierno, con una pésima comunicación, a menos que sea un buen gobierno que no ha logrado comunicar sus aciertos y posicionar sus acciones políticas en mensajes concretos que le acrediten algún tipo de valor simbólico y de gestión.

En suma, la palabra déficit que se utiliza en el ámbito económico para explicar que el gasto supera los ingresos, con respecto a la imagen de EPN se puede utilizar con propiedad, porque su gestión tiene más crisis que logros para obtener una buena percepción, pero sobre todo una comunicación política efectiva.

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