“Hay una razón por la que el Realismo Mágico nació en Colombia”, y es que, como narra Boyd Holbrook en boca del agente de la DEA Steve Murphy en la introducción de la serie Narcos (dirigida por el brasileño José Padilha), en ese país ocurrían (¿u ocurren todavía?) cosas “demasiado extrañas para ser verdad”. En Guatemala no nos quedamos atrás con el realismo mágico; incluso nuestro único Nobel de Literatura fue uno de sus máximos exponentes.
Pero estoy seguro de que los creadores de la serie (estadounidenses) no estaban pensando precisamente en Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez cuando decidieron incluir esa frase en el primer episodio de la serie… sobre todo porque la historia gira en torno al fundador del Cártel de Medellín, Pablo Escobar.
Siguiendo esa línea, la de una realidad inverosímil, también vemos en Guatemala noticias que son dignas de aparecer en cualquier relato de Miguel Ángel Asturias. Solamente hay que ver la actualidad del Sistema Penitenciario para entender a qué me refiero.
La redacción de Prensa Libre titulaba, el 4 de octubre, “Reos toman sector y construyen polideportivo” en una de sus noticias. Al parecer, un grupo de miembros del Barrio 18 se apropió de un terreno ajeno a su sector (el No. 11) y se construyó una cancha de fútbol y de baloncesto en plena cárcel de la zona 18. ¿Qué dijo el vocero de la Dirección General del Sistema Penitenciario? Pues que no tenía idea de la construcción; inesperada y sin autorización (¿Y es que la necesitan?).
Por cierto, el grupo que levantó este complejo deportivo es conocido por haber mantenido una plantación de marihuana de un tamaño considerable (deporte y agricultura; pensamiento “verde”).
Cuando un nuevo fichaje ingresa a uno de estos centros (en los que podrá disfrutar de recreativas actividades deportivas) presto se encontrará con que ha de pagar una pequeña cuota. Nuevamente se trata de algo que el Sistema Penitenciario no tiene autorizado, aunque sí identificado. El pago de la talacha, que es como llaman a este impuesto, se hace a cambio de un sitio para dormir y de evitarse “males mayores” con el resto de presos; además, se maneja por cuotas que varían de acuerdo con el delito que cada reo haya cometido (por lo menos entienden que hay diferencias entre un asaltante y un asesino, ¿no?).
Creo que no hace falta mencionar casos de Reos VIP en los que las celdas no tienen nada que envidiar a los hoteles de la zona 10, ni las extorsiones a ciudadanos llevadas a cabo desde dentro de las prisiones.
Cuando en julio de este año el excapitán del Ejército, Byron Lima, fue asesinado dentro de un centro penitenciario nacional, los focos volvieron a posarse sobre los hilos que manejan la red carcelaria del país, hilos que, como ha quedado en evidencia, se manejan desde las celdas y no desde las oficinas del Sistema Penitenciario.
Situaciones como esas explican por qué desde la Guardia Penitenciaria y la Policía Nacional Civil se han llevado a cabo operaciones para retomar el poder, de las cuales Don Pelayo y Publio Cornelio Escipión (el primero inició la Reconquista cristiana de la Península Ibérica; el segundo, entre otras cosas, conquistó Carthago Nova) se avergonzarían, pues acabaron con victoria para los reos. La casa siempre gana…
En el último caso que mencioné, el asesinato se perpetró con armas (granada y pistolas) que, en condiciones normales, no deberían estar en posesión de los presos. Justamente el mes pasado, durante una requisa en la Granja Penal Canadá (Escuintla) encontraron armas, municiones y celulares. Si a esto le sumamos las instalaciones extraoficiales y las cuotas de pensión, tenemos una realidad “demasiado extraña (y retorcida) para ser verdad”.
Mel Gibson situó su Get the Gringo (Atrapen al gringo; película de 2012) en México, pero tranquilamente podía haber viajado un poco más al sur para plantar la cárcel El Pueblito (que verdaderamente era un pueblito con familias, comercios y “autoridades”) en Guatemala, un país en el que la red de centros penitenciarios (como decían de la prisión de Pablo Escobar) es un Estado dentro del Estado.
“Lo real maravilloso”, decía Alejo Carpentier; “lo real nefasto”, pensamos nosotros.

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