Las reformas constitucionales, si bien constituyen un debate necesario y seriamente atrasado, han puesto en evidencia (de nuevo) las profundas divisiones, prejuicios y miedos que aquejan a esta sociedad. Evidencian nuestra polarización y nuestra falta de reconocimiento del otro. Evidencian, al final, el por qué históricamente no hemos logrado consolidarnos como una nación identificada bajo una misma visión de país.

Esto no es nacionalismo barato o patriotero, es reconocer que mientras vivamos dentro de un mismo espacio geográfico tenemos el deber de recurrir a reglas mínimas de convivencia que garanticen el respeto mutuo –algo que no hemos logrado porque seguimos fracturados, divididos.

En este espacio no pretendo adentrarme en las particularidades de las reformas; más bien, es una reflexión, para todos los sectores, en la forma de abordar estos temas en los espacios públicos y privados. Entendamos todos que las diferencias de pensamiento no sólo son inherentes sino saludables porque nos instan a utilizar nuestro pensamiento crítico y a mejorar nuestros argumentos.

 Sin embargo, no debemos entrar al debate desde la intransigencia sino desde la apertura, teniendo siempre en mente que todos buscamos la mejora de un sistema incapaz de responder a las demandas de una población frustrada. El reto está, claramente, en definir lo que significa “mejorar” y llegar, tal vez, a un consenso, por más mínimo que sea.

En redes sociales, ese microcosmo en donde convergen (y luego divergen) múltiples opiniones acerca del tema, esta división ha aflorado en las últimas semanas. Entrar en generalizaciones acerca de los “bandos” que se han formado en torno a las reformas sería caer en el mismo vicio que denuncio. Que si la derecha rancia y oligarca, que si la izquierda onegera y vividora, que si los genocidas, que si los trasnochados…estas descalificaciones colectivas, prejuicios con los que iniciamos a “debatir” no nos ayudan. Que las satanizaciones colectivas no nublen nuestro deseo de diálogo.

Quizás sea ingenuo de mi parte este llamado a la prudencia argumentativa. Quizás, en una sociedad donde abunda el miedo, la ignorancia, el resentimiento y el desdén, un llamado a la conciliación no sea más que un inocente deseo.

Encontremos puntos en común en el otro que nos permitan salir adelante. Recordemos que existe una realidad más allá de nuestro espacio inmediato. Recordemos que nuestra realidad no es la absoluta y que los paradigmas míos no son necesariamente de los del resto. Esforcémonos en entender a los que nos rodean, más allá de los círculos sociales. Recordemos que polarizados, perdemos.

Jorge V. Ávila Prera

@jorgeavilaprera

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