Hay un viejo refrán que se utiliza en comunicación política que dice:            “No podemos cambiar la realidad, pero sí podemos cambiar la percepción”. Esta parece ser la intención del expresidente Otto Pérez Molina, quien ya hizo costumbre que después de cada audiencia, improvisa una especie de conferencia de prensa donde lleva a cabo su representación maestra: un “show mediático” en el que señala, acusa y se victimiza. Es más, parece que sigue en campaña electoral o todavía peor, parece que nunca se cambió el chip electorero, por lo que continúa demostrando su pasión por el protagonismo y deleite por ser el centro de la atención pública.

Comunicación de contraste

Cada intervención pública de OPM parece encaminada a descalificar a otros. Es interesante porque todos sabemos que un procesado debe defenderse ante los tribunales y no ante los medios de comunicación, porque de lo contrario se convierte en un show mediático que hace más que obvio que el procesado no afronta su situación legal responsablemente, sino que prefiere hacer uso de los medios para justificarse, y poner en evidencia lo que no puede demostrar con pruebas, lanzando una serie de mensajes al ambiente.

Ahora bien, parece que OPM actúa descabelladamente dando declaraciones irresponsables, pero en realidad no es así. Esto responde a una estrategia de comunicación política que se llama comunicación de contraste. Esta se da cuando el ícono político trata de equilibrar la comunicación, es decir, oponer su propia versión de los hechos a lo que se dice de él. Esta estrategia funciona muy bien en la comunicación cuando estamos conscientes de que debemos comunicar todo el tiempo, y no dejar esa prerrogativa en manos de terceros, porque entonces otros hablarán por nosotros y obviamente, lo harán de forma negativa. Ante esta circunstancia el manual nos dice que más que responder preguntas, hay que dedicarse a posicionar mensajes en la mente del público.

El mundo de las percepciones

La comunicación de contraste tiene como objetivo presentar mi propia versión de los hechos para que el público no se crea un solo enfoque, sino que tenga al menos dos opciones para elegir una, que acepte contundentemente.

La estrategia que se encuentra detrás de este tipo de comunicación es la construcción de percepciones a favor, para contrarrestar las ideas en contra. De nuevo pareciera algo inaudito, sin embargo, la intencionalidad manifiesta cobra sentido cuando al menos una parte del público, por mínimo que sea, cree su versión. En este caso en particular, ya se escucha a algunas personas diciendo: “Es que si él fuera culpable no estaría diciendo lo que dice”, o “Es que habla con tanta seguridad que seguramente es la víctima”, y “No puedo creer que hable así y sea culpable”. Es ahí cuando empezamos a ver el efecto real de la comunicación de contraste, incluso ya es ganancia otorgarle el llano beneficio de la duda, pues significa que en el imaginario colectivo existe la división de opiniones y no una solitaria versión dominante.

No hay lecciones aprendidas

Se sigue dañando la institucionalidad, pues si OPM pudiera hacer un análisis comunicacional de sus últimos meses y semanas en el poder, se daría cuenta como primer punto que sufrió un desgaste innecesario al negarse a renunciar cuando tenía una solicitud de antejuicio. En lugar de mostrar obstinación, debió prestarse voluntariamente a solventar su situación jurídica y ponerse a disposición de los tribunales. No haber tomado esa medida a tiempo dañó la institucionalidad del Organismo Ejecutivo, porque tuvimos a un presidente en funciones señalado por el Ministerio Público por sospechas de su participación en la estructura de defraudación aduanera “La Línea”, de la cual se presume era el cabecilla, junto a la exvicepresidenta, Roxana Baldetti.

Como segundo punto, es evidente que sigue lacerando su ya deteriorada imagen. A esta altura debe aceptar este daño como irreversible, ya que siendo presidente en funciones, bajo sospecha justificada y con un antejuicio aprobado por la Corte Suprema de Justicia y la Corte de Constitucionalidad, recalcaba que terminaría su mandato y que jamás renunciaría, igual que otras afirmaciones que no pudo cumplir; lo cual nos muestra que OPM ha terminado haciendo todo lo que dijo que no haría, alcanzando el grado de masoquismo en contra de su propia reputación y credibilidad.

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