Uno de los penúltimos inventos del ecologismo irracional, perturbador y de corte estatista ha sido el de “huella de carbono”. Al concepto subyace la idea de que el dióxido de carbono o CO2 (se lee Ceo-dos) es un gas contaminante y hasta malvado; que todo aquello que “consumas o produzcas” derivado del petróleo constituyen un daño al medio ambiente, una “huella” imborrable al planeta.

Pues bien, en esta columna defenderé la tesis contraria: el CO2 es un gas beneficioso para la vida, para los ecosistemas y hasta para el ser humano, aún y cuando este aumente en la atmósfera. Comencemos a desmontar el mito:

El dióxido de carbono es un gas no-tóxico, incoloro, indoloro (no tiene olor) y vital para la vida en la tierra. Es muy abundante en la naturaleza, no obstante en la atmósfera representa una parte muy pequeña: del 100% de los gases, entre el 1 y 2% constituyen gases de efecto invernadero, entre los que se encuentra el CO2; de esos gases, el 95% es vapor de agua…¡sí, vapor de agua! Del 5% restante, alrededor de 3.5% es (finalmente), CO2, pero de ese porcentaje, lee bien, el 96% es producido por la naturaleza, dejando para la tan afamada “huella” del ser humano, un 4%. Recuerda que el carbono, tanto como el agua o el oxígeno, está supeditado a un ciclo y por tanto las concentraciones de carbono se mantienen en constate cambio; cuando recurres a medir dichas concentraciones en Partes por millón (ppm), solo 50 de las 400 totales corresponden al ser humano. Y recuerda: esas 50 están en constante absorción-emisión-absorción.

Los primeros beneficiados son los ecosistemas vegetales (flora), ya que el dióxido de carbono constituye un componente fundamental en la fotosíntesis, o proceso mediante el cual las plantas convierten la energía lumínica (del sol) en energía química o biomasa, es decir, en raíces, tallos, hojas, flores, frutos y demás. El incremento a su vez de biomasa representa carbohidratos, los cuales son esenciales para la vida humana. Los beneficios del CO2 atmosférico ha significado que el rendimiento de los cultivos (cantidad cosechada por unidad de área) se incremente en 11.9%; y si el CO2 llegase a elevarse más allá de la famosa frontera de las 400 ppm, como temen los alarmistas del clima, el rendimiento de los cultivos podría elevarse hasta en un 25%.

El incremento en el rendimiento de los cultivos favorece la oferta de alimentos y por tanto los precios bajan; claro, esto sucedería si los mercados no fuesen intervenidos por los gobiernos, pero la realidad es que los programas de fertilizantes, aranceles, tratados de no-comercio, programas de seguridad alimentaria y cuanta dependencia inútil se inventan inhiben este fenómeno económico.

Y así como el incremento del CO2 favorece el rendimiento de los cultivos agrícolas, también favorece la productividad de los bosques; productos de ello es que actualmente el planeta es más verde.

El dióxido de carbono no es el malo de la película, como nos insisten los alarmistas del clima y los eco-estatistas. Por el contrario, el CO2 es y ha sido muy vital en la historia de la humanidad al punto de que el nivel de bienestar humano es directamente proporcional a las emisiones de CO2; no es a pesar del CO2 que hoy vivimos mejor sino es por él mismo que hoy gozamos de tantas comodidades. Por ejemplo, ¿sabias que el dióxido de carbono sirve en cirugías laparoscópicas, en procedimientos de radiología, en el tratamiento de heridas craneales y úlceras, en tratamientos estéticos, en tratamiento de problemas circulatorios, en extinguidores de incendios, en la producción de cerveza y aguas carbonatadas, en la producción de medicamentos, en chalecos salvavidas y como agente refrigerante en su estado sólido (hielo seco)?

Conviene aclarar que lo que expulsan los vehículos automotores en las ciudades es monóxido de carbono (CO) y el exceso de éste sí constituye un problema local de contaminación, principalmente en los países en desarrollo, donde no hay riqueza que permita mejores tecnologías y abundan gobiernos torpes que mantienen sistemas de transporte público en pésimas condiciones mediante subsidios.

Es por todo eso y más que hoy intento reivindicarle a través de un nuevo paradigma: el legado de carbono. Ya los profesores Paul Murtaugh and Michael Schlax han intentado algo pero bajo concepto diferente. Yo lo haré entendiendo por “legado” todo aquello que produces y transformas de la naturaleza mediante el uso del petróleo y sus derivados. Si ello lo haces respetando el principio de propiedad privada; si lo haces buscando la eficiencia de tu proceso productivo; si ello lo haces buscando ganancias por medios éticos, es decir, sin violencia ni coerción y sin privilegios (mercados libres) y si ello lo haces buscando siempre limitar las funciones de los gobiernos a su natural competencia (seguridad y justicia), entonces esas emisiones constituyen un legado positivo, un reconocimiento a tu esfuerzo y talento, un legado para los tuyos, para la humanidad y para el planeta entero.

Te invito a consultar los sitios www.co2science.org, www.desdeelexilio.com y www.plantsneedCO2.org y como yo, sentirte orgulloso de mi legado de carbono. Hoy de mis más recientes 0.85 toneladas métricas de CO2 que supuestamente emití durante mi viaje a New Orleans (EEUU), desde donde escribo estas líneas.

¡El planeta está hambriento de CO2…empecemos a celebrarlo!

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Jorge David Chapas es guatemalteco y empresario forestal. Fundador y CEO de Rana. Miembro del CEES, el PERC y el Heartland Institute. Sus artículos se publican en varios medios digitales latinoamericanos.

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