Tengo que aceptarlo. No tenía idea de cómo comenzar a escribir esta columna. Supongo que hay sentimientos demasiado complejos para exteriorizar en palabras. Hay acontecimientos demasiado difíciles para inmortalizar en unos cuantos párrafos. Existen momentos en la vida del hombre en que no comprender la maldad de su propia especie se convierte en una tortura diaria.

Abramos los ojos, reflexionemos. Sintamos el dolor en nuestros corazones. Lloremos y enfurezcámonos. Solo no intentemos tapar el sol con un dedo negando los hechos: 36 niñas han muerto carbonizadas en una habitación, por una medida tomada causa de la desesperación de los abusos sexuales, psicológicos y físicos cometidos por aquellas autoridades que debían resguardarlas de los males provocados por sus propias familias, pero que hicieron todo lo contrario para demostrarnos que el ser humano, cuando es malo, es el peor de todos los seres que existen.  

¿Qué nombre le ponemos a esto que está sucediendo? ¿Irresponsabilidad y crimen de Estado? ¿Abandono de la niñez? ¿Ciudadanía pasiva? ¿Hogar inseguro? ¿Barbarie? ¿Ironía? ¿Tocar fondo? … ¿Guatemala?

Quería escribir una crónica, pero no me atreví. Me asustó tener que imaginar la realidad que vivían esos niños y el nivel de impotencia que sentían cuando eran abusados. Me escandaliza pensar en aquellos minutos transcurridos en esa habitación, donde sueños inocentes, llantos eternos, injusticias humanas, abandonos egoístas y futuros ignorados se transformaron en cenizas.

Todo esto es culpa del Estado, por supuesto. Pero tampoco nos hagamos los inocentes. Que no venga ningún ignorante a decirme que “creía que todos los hogares seguros funcionaban a la perfección” después de ver los tipos de Gobiernos asquerosos que hemos tenido. Además, La Hora y Plaza Pública denunciaron estos abusos con meses y años de antelación. La pregunta va para nosotros, los ciudadanos: ¿Qué diablos hicimos para evitar esto? Yo no vi manifestaciones en la Plaza de la Constitución hasta que fue demasiado tarde, o reacciones individuales (y me incluyo allí). ¿Leímos estos reportajes? O mejor dicho, ¿Acaso nos enteramos de lo que sucede en este país? ¿Cuántos de aquí se consideran ciudadanos capaces de fiscalizar a un Estado corrupto cuando ni siquiera se preocupan de lo que pasa alrededor de sus burbujas de tranquilidad? ¿Por qué tenemos que tocar fondo para reaccionar?

El incendio sucedió unas horas antes del 6-1 del Barcelona contra el PSG. Irónicamente, todos recordamos el bendito partido. Lo hayamos visto o no, inmediatamente las redes sociales estallaron con opiniones del partido, celebraciones y hasta “live videos” de comentaristas “impactados de semejante encuentro histórico”. Todo esto mientras niñas gritaban por quemaduras, madres lloraban a los pies de la policía y un humo negro con olor a carne inundaba San José Pinula. Guatemaltecos, ¿Dónde están nuestra prioridades? ¿Se dan cuenta?

Estoy harto de escribirlo en casi cada columna, pero tengo que repetirlo: ¡Informémonos de lo que sucede en nuestro país para ser capaces de evitar este tipo de tragedias! Si, es cierto, el Estado es cobarde e irresponsable, pero a mi no se me olvida la frase “cada pueblo tiene el gobierno que se merece”. Nos faltan 36 niñas y nos seguirán faltando más si no cambiamos esos hábitos inútiles de vivir desinformados esperando a que las tragedias nos despierten por un par de días para luego regresar a nuestra cueva de ignorancia.

La muerte de las niñas y los abusos de las 800 almas en desgracia que pasaron por el “Hogar Seguro Virgen de la Asunción” (cuyo nombre es otra ironía, incluso) están en la conciencia del Estado de Guatemala y en la Secretaría de Bienestar Social coordinada por el Organismo Ejecutivo. Pero nosotros, el pueblo, también hemos fallado. Que quede en nuestra conciencia para que no vuelva a suceder. Que nuestra indiferencia no sea jamás la causa principal de una tragedia como esta. ¡Guatemala nunca más! Pero en serio.

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo