Hemos tratado a esta niñez sin ningún derecho, sus vidas, sus libertades, su dignidad… El problema es que en la sociedad donde hay descartables, todos terminamos siendo descartables.

El sociólogo y economista español, Manuel Castells, en un arranque de enojo contra el capitalismo voraz, globalizador, que envés de seguir respetando los derechos individuales de los individuos se ha convertido en la tiranía de los mercantilistas, que manipulan leyes y gobiernos a su sabor y antojo, acuña el término del cuarto mundo, a diferencia de ese primer mundo desarrollado, industrializado y cercano a la era informática, de esos países en vías de desarrollo (segundo mundo), y de los países tercermundistas o “emergentes”. El cuarto mundo para Castells no necesariamente es una nación o un país determinado, se puede vivir en un país desarrollado o en un país donde parte de su país tiene niveles muy desarrollados, pero estar excluido, desprotegido, marginalizado o en riesgo social, en resumen, los “excluidos”, los “marginados”.

Indudablemente que en nuestro bello país (todavía tengo esperanza), hay muchas personas, grupos que concuerdan con la definición de Castells. Pero peor que eso, y aunque sin duda él mismo les catalogaría en este cuarto mundo, yo creo que nosotros aún tenemos frente a nosotros a otro mundo, los quintomundistas – los “descartables”.

Estos descartables no tienen ningún derecho, y en las sociedades donde la persona (humana) no es vista como el centro, sino el materialismo, las relaciones económicas, el puesto relativo dentro de la sociedad, donde se me puede comparar a un objeto o aun a un animal, una planta o una cosa, donde mi valor es relativo a mi status, a mis creencias, a mis asociaciones y mis ideologías, donde no se respeta mi dignidad como persona individual y no comunitaria, mis derechos individuales y fundamentales, mi vida, mi libertad, mi propiedad y mi familia, donde mi valor es relativo, allí en realidad no se respeta a nadie.

Los hogares del horror, a los que todos durante años les volteamos la cara, venían funcionando como todo en este país, de mal en peor. Con la idea de que el Estado puede y debe solucionar los problemas de esa niñez desprotegida, abandonada, abusada y violentada, el Estado “debe” proveerles techo, abrigo, vestido, alimentación, educación, salud, orientación vocacional, emocional y psicológica. ¡No se puede! El modelo, el sistema es una utopía enfermiza, seguir soñando pesadillas, recursos ilimitados que no llegan a escasos.

Como nuestra forma de convivir no privilegia los derechos individuales, estos niños que vienen de hogares desintegrados, con padres, la mayoría, y madres que los abandonan, que ya han sido abusados sicológica, emocional y físicamente en sus entornos, que han cometido faltas a la sociedad; se les confina en espacios que con un cúmulo de buenas intenciones, pero sin recursos económicos, ni morales, ni de protección a sus derechos, ni con el sentido común que da la práctica y las soluciones sencillas, se les abandona, en manos de cuidadores sin especialización, sin paciencia, sin humanidad, que los ven como un número, o como un estorbo.

Es como dejar a las gallinas al cuidado de los lobos.

No hay ningún sistema o institución que funcione sin pesos y contrapesos, sin fiscalización vinculante, sin “check and balances” de la república. Estos hogares del horror incluían historias de abusos sexuales, de violaciones, de redes de tratas de personas, de prácticas de pedofilia y de incitación a homosexualismo, de violencia física, intimidación, reclutamiento delincuencial, torturas y provocar la muerte de algunos, etc.

Desde hace años, desde varios periodos de gobierno, se conoce de lo decadente de este sistema. No se puede arreglar con ideas utópicas. Debe enfrentarse desde el origen, la responsabilidad de padre y madre, de la familia cercana, de prevenir que sean abusados en sus casas, familias y comunidades, hasta buscar soluciones que vayan desde la noble institución de la adopción, de hogares temporales subsidiados – donde un niño pueda ser acogido por una familia, y desarrollarse dentro de ella, sin necesidad de volverse parte de ella, hogares administrados por iniciativa privada, con vigilancia institucional.

La culpa – la tenemos todos. Desde hace años sabemos de los abusos, niños que “se escapan” de los hogares “seguros”, cuando en realidad son echados de los mismos, por no convenir a los celadores, a los directores o para presentar solo a los que han acogido los programas de desarrollo. No se necesita que todos los funcionarios sean malos, se necesita sólo de uno en el momento y lugar oportuno. De hecho hay muchos buenos. Los policías que durante años han abusado de las niñas – que no son señoritas todavía – y también de niños, a veces provocándoles la muerte. De funcionarios en escritorios desde donde han planeado sus actos de corrupción. De jueces que no se interesan por el tema, igual que la PGN, PDH, MP y muchos más. La culpa, la tenemos todos por haber apartado nuestros ojos y nuestras acciones. Al final, eran los descartables. (Aún pude ver en redes sociales como algunos comentaban que mejor los hubieran abortado o aprobaban que hubieran muerto porque eran delincuentes o delincuentes en potencia.) Las acciones de los funcionarios de los hogares del horror son demasiado sospechosas: ¡No haber aceptado la presencia de una juez de turno para un Habeas Corpus! ¡Salones cerrados con candados! La falta de listados… la lentitud de la información, y la terrible sospecha de materiales combustibles e ignitores…

Hace tres semanas tuve el privilegio de compartir con estas niñas y niños de los hogares del horror. Fui invitado a dar una pequeña charla de autoestima, de decisiones para ser feliz. Cuando iba caminando hacia el recinto donde fueron confinados los hombrecitos este terrible 7 de marzo, en el auditorio, me rodearon varios al ver el sostenedor de tela típica para mis lentes. Me contaron que ellos podían hacer eso, y dos de ellos me regalaron las pulseras que con tanto esfuerzo habían hecho. Dos de los mejores regalos de mi vida. A los minutos nos abrazábamos y platicábamos como si fuéramos conocidos de toda la vida. Más tarde di mi plática… Me siento privilegiado de haber estado con ellos.

El problema es que en la sociedad donde hay descartables, todos terminamos siendo descartables. Te asesinan por un celular, por alzar la voz, por defender tus derechos de propiedad o de justicia, por un accidente o un lío de tráfico… Si tan solo nos viéramos todos como iguales.

@josekrlos

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo