En un país en el que el 60% del empleo es creado gracias al emprendedurismo informal individual, todo el mundo pareciera tener claro que, aun el puesto de trabajo de quien recorre barrios en bicicleta, pregonando a voz en cuello el servicio de arreglar zapatos, o con el sonido peculiar de un  silbato si su servicio es afilar cuchillos, requiere de una inversión que, en la mayoría de los casos, agota el capital familiar con la esperanza de que rendirá, por lo menos, para tener techo y poner comida en la mesa.

Este creador de su personal y dignísimo empleo tiene muy claro que debe cuidar la inversión: las herramientas y la bicicleta que eventualmente habrá que reponer o sustituir, el mínimo inventario de materias primas. Cuidar a sus clientes, sus rutas, su prestigio como artesano confiable.

Esa claridad con relación a la inversión se desdibuja para el trabajador en relación de dependencia que labora para una fábrica o para una oficina, para un taller o para una empresa de transporte.  Y no es que ignore que para que exista su plaza tiene que haber habido una inversión importante.  Si la fuente de ésta fue un préstamo o se trata de un negocio familiar que viene de generaciones, su percepción va siendo relativizada según su posición en la empresa y el nivel de pertenencia que se le sepa generar.

Las grandes empresas han avanzado en la inducción de sentimiento de pertenencia y lealtad con técnicas de administración de las habilidades y talentos, acompañadas de manuales, reglas y procedimientos para no haya dudas sobre que cada quien está haciendo lo que tiene que hacer, con los recursos oportunos y suficientes.

Y cuando el generador del empleo es el estado, ¿qué pasa?

¿Cuál es la relación que tiene el empleado público con ese aparato que le permite gozar de un empleo?  Percibe acaso quien trabaja en el nivel 17 del edificio del Ministerio de Finanzas, o en el vecino Banco de Guatemala, o enfrente en la Muni o en el IGSS, que esos edificios son producto de una cuantiosa inversión de recursos del estado?

¿Sera que la percibe mejor y, consecuentemente, la valora más quien trabaja para el estado educando niños o cuidando enfermos?  ¿Sera quizás por las carencias que enfrenta diariamente?

La administración eficiente de los recursos del Estado constituye el reto mayor y pasa, necesariamente, por lograr que el empleado público sienta la necesidad de, a falta de mística y deseo de servicio, cuidar su puesto, su sueldo.  Por lo menos.

 

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