“Sí, pero las mujeres y hombres son limpios y gozan de plena salud. La limpieza es una virtud nacional norteamericana. … Encuentro placer en mirar cuerpos hermosos, sanos, fortalecidos por el ejercicio físico. … Ese cuerpo de los Estados Unidos –lo he dibujado a menudo: grandes manos, espaldas de titán, pies como zócalos de puente –,” escribió Le Corbusier en Cuando las Catedrales eran Blancas, el libro que narra su experiencia por los Estados Unidos de Norteamérica.

De lo que Le Corbusier fue testigo es de la tradición de la práctica de estas virtudes, heredadas a los americanos por los padres fundadores, quienes las aprendieron junto con la teoría de los derechos individuales, del filósofo político John Locke. Éste se basó, no sólo en las enseñanzas de los clásicos, sino que en las teorías educativas de los humanistas renacentistas –como la de Hieronymus Mercurialis, quien escribió De Arte Gymnastica en 1569–  que gustaban a los aristócratas y que rechazaban la escolástica y simulaban el sistema educativo de los antiguos atenienses.

John Locke sostuvo que nacemos “tabula rasa”, es decir, como una tableta en blanco, sin conocimiento innato, pero con la capacidad de aprender, por lo que el conocimiento debe ser enseñado. Locke plasmó sus ideas sobre la filosofía de la educación en su “Ensayo Concerniente a la Educación” (Essay Concerning Education). Este ensayo fue originalmente una serie de cartas que Locke escribió a un amigo para asistirlo con la educación de su hijo. Posteriormente, convencido de que sus ideas podían servir para ayudar a otros, las publicó.

La primera idea que estableció Locke es que la buena salud física es esencial para lograr una buena educación. Parafraseando la frase de Juvenal mens sana in corpore sano, Locke escribió que “una mente sana en un cuerpo sano, es en pocas palabras, una descripción completa de un estado feliz en este mundo”. Aquí estableció Locke que los niños necesitan dormir bastante, tener una buena dieta, y mucho ejercicio al aire libre para poder aprender.

El niño, de los siete a catorce años, dijo Locke, debe dormir ocho horas diarias. Benjamín Franklin, quien fue un musculoso atleta de casi un metro ochenta de estatura, también enfatizó la necesidad de dormir ocho horas diarias: “El irse temprano a la cama y levantarse temprano hace al hombre sano, rico y sabio.”

El otro aspecto de la salud que Locke consideró es la dieta. Su recomendación fue que el niño debería comer muchos vegetales y carne sólo con mesura. La dieta debiera ser sencilla y simple. Esta dieta alta en fibra tenía la intención de facilitar la evacuación regular. Dado que Locke era médico, entendía la importancia de mantener el aparato digestivo de una persona en óptimas condiciones. La comida debiera elegirse por su valor nutritivo.

Franklin también insistió en que pusiéramos atención a nuestro peso y a lo que comemos, recomendando la frugalidad y moderación al comer. Si uno está gordo, debe comer menos, dijo. Y si por el contrario, uno está muy delgado, debe comer más.

Según nos cuenta Locke, los niños pasaban mucho tiemplo frente a la chimenea. Parece que el problema es viejo –sólo que ahora es la televisión o el teléfono celular. Su recomendación fue que se ejercitaran al aire libre bajo el sol. El humano necesita la vitamina D y el oxígeno que se obtiene al jugar al aire libre. De esa manera, dijo Locke, los niños tendrán la oportunidad de quemar la energía excesiva y podrán desarrollar músculos y huesos fuertes y sanos.

Propuso Locke que se les enseñara a los niños a nadar y a bailar. La natación es una forma de ejercicio excelente, pues desarrolla la musculatura y la resistencia. Eso, sin mencionar el hecho de que saber nadar les puede salvar la vida. El aprender a bailar, sostuvo Locke, le proporciona al niño gracia, elegancia, coordinación motriz.

Franklin también recomendó la natación. El practicó la natación, caminar, saltar, levantar y balancear pesas toda su vida. De hecho, Franklin es el único padre fundador que está en el Salón de La Fama de Natación. Su estilo de vida balanceado y moderado le permitió vivir hasta los ochenta y cuatro años, unos treinta y cinco más que el promedio en su época.

Y Thomas Jefferson que recomendó caminar como el mejor ejercicio escribió a su sobrino, Peter Carr, lo siguiente:

“Fomenta todas tus disposiciones virtuosas, y ejercítalas cuando surja la oportunidad, estando seguro que se fortalecerán por el ejercicio al igual que lo hace un miembro del cuerpo, y que el ejercicio las hará habituales… Dedica dos horas cada día al ejercicio; porque la salud no debe sacrificarse por el aprendizaje. Un cuerpo fuerte hace una mente fuerte.”

Según Jefferson, caminar es el mejor ejercicio posible. Uno de los objetivos de caminar, dijo, es relajar la mente, por lo que recomendó observar todo aquello que nos rodee mientras paseamos. Importante es, sugirió, hacer largas caminatas por la tarde, y una breve de media hora por la mañana, recién levantados, para despejarse y empezar bien el día.

Hoy sabemos por estudios científicos que los antiguos helenos tenían razón, que la falta de ejercicio físico disminuye la irrigación sanguínea en ocho regiones del cerebro, afectando nuestra capacidad de formación de memoria, almacenaje y recuperación de información. Por esto el ejercicio regular es crucial para mantenerse en forma, mental y físicamente, conforme envejecemos.

Con una imagen de esa tradición virtuosa norteamericana inicia la novela de Ayn Rand El Manantial, donde presenta a Howard Roark –alto, esbelto, algo angular, de líneas rectas, ángulos rectos, fuertes músculos– en un lago:

“Howard Roark se echo a reír. Estaba desnudo, al borde de un acantilado. Muy abajo se encontraba el lago. … Avanzó hasta el borde, levantó los brazos y se zambulló en el cielo, allá abajo. Cruzó el lago en forma recta en dirección a la orilla opuesta, y llegó a las rocas donde había dejado su ropa. … Durante tres años, desde que vivía en Stanton, siempre que tenía una hora libre (cosa que no sucedía a menudo) había ido allí para relajarse, nadar, descansar, meditar, estar solo y sentirse vivo.”

MENS SANA IN CORPORE SANO.

 

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