“Mi nombre es Juan Sebastián Marroquín Santos. Ser hijo de mi padre es mi negocio.” Así podrían haber presentado al arquitecto y diseñador industrial que abarrotó uno de los pabellones del Forum Majadas en los que se lleva a cabo la Feria Internacional del Libro en Guatemala (Filgua), pero no lo hicieron. Primero, porque casi nadie lo conoce por ese nombre; luego, porque casi todos lo conocemos por el de su padre.

Los carteles promocionales que han puesto por toda la ciudad llevan impreso el rostro del Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias; la mente de muchos de los que fuimos el pasado domingo tenía escrito el título In Fraganti, que fue como detuvieron a Pablo, el padre de Sebastián.

Los stands de las librerías más conocidas estaban llenos; los de las editoriales universitarias parecían de relleno; los puestos extranjeros casi solo exhibían libros de turismo, que parecía ser lo que estaban haciendo sus dependientes con el poco trabajo que tenían. En la cafetería había poco espacio para sentarse, aunque había menos en el show de un payaso que amenizaba en la entrada del galerón. Era lindo inhalar las vibras de un ambiente tan cultural, pero en la “atracción principal” apenas se podía respirar.

La sala estaba a tope; habían citado a las 4 pm, o sea, a las cinco menos diez. El suelo se convirtió en silla, y las sillas en taburetes y plataformas. Dijo el presentador que “el libro cuenta la historia de Don Pablo”, quien no es (era) Marroquín, sino Escobar.

La media centuria del Nobel de Asturias y las bodas de plata del de Menchú (cuyos libros también estaban resaltados para la ocasión) quedaron opacados ante el nuevo ídolo de masas. Ese que pasó de estar hasta arriba en la lista de los más buscados por la DEA a ocupar la tercera posición mundial en el recuento de las series más vistas en Netflix. Juan Pablo (el nombre de nacimiento de Sebastián) ha desenterrado a un demonio y el público lo ha convertido en héroe.

Me parece muy bien que la gente tenga tanto interés en conocer los detalles de una de las historias más crudas de Latinoamérica, pero el motivo por el que la mayoría de los ahí presentes ha comprado y leído los libros de Marroquín (o sea, Escobar) no es el de llenar su “matate de pan”, sino el morbo, la emoción y el anhelo con el que ven las vidas de los criminales a través de los ojos de la ficción televisiva.

Las historias de caballería, de las que Cervantes se burla en el Quijote, han evolucionado en las narcoseries; y los Rodrigo Díaz de Vivar, Roldán, Beowulf y Sigrifido ahora se llaman Escobar, Guzmán, Casillas y Orihuela.

Cuando Juan Pablo, o Sebastián, comenzó a hablar, no sonó “Tuyo” de Rodrigo Amarante, sino un murmullo de gente ansiosa por oír al hijo de su semidiós. Desde donde yo estaba no se le entendía nada, así que me fui a recorrer el resto de la feria. Otras tres obras estaban siendo presentadas, y un militar estaba firmando su recién lanzado libro. Un par de biombos eran expuestos como homenaje al único Nobel de Literatura que ha tenido Guatemala… y casi nadie estaba ahí para presenciarlo. Se ve que Netflix tiene tirón.

Tras la presentación, firma de libros. A juzgar por la longitud de la fila y la cantidad de gente que llevaba en sus manos ejemplares recién comprados de los libros de Escobar, creo que la frase con la que el propio Juan Pablo, o Sebastián, podría haber cerrado sería: “plata y pluma”.

 

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