Los derechos de propiedad, o la ausencia de ellos, son centrales en toda la filosofía política contemporánea. Los marxistas rechazan totalmente los derechos de propiedad, como explica Karl Marx en el segundo capítulo del “Manifiesto Comunista”: “…la teoría de los comunistas puede resumirse en una simple frase: abolición de la propiedad privada”.

Aun dentro de la familia de pensamientos políticos democráticamente fundamentados -liberalismo clásico, socialdemocracia y democracia cristiana- el tema de los derechos de propiedad recibe interpretaciones dramáticamente diferentes. Intentemos examinar brevemente este complejo tema.

El liberalismo clásico no es nada ambiguo sobre los derechos de propiedad como fueron expresados en el siglo XVII por el filósofo británico y padre del liberalismo clásico, John Locke:

“Cada hombre es Propietario de su propia Persona. El Trabajo de su cuerpo, las obras de sus Manos, podríamos decir, son auténticamente suyas. Entonces, todo aquello que obtenga del estado en que la naturaleza lo ha producido y dejado, y lo mezcle con su Trabajo, lo une a algo que le pertenece, y por lo tanto lo convierte en su Propiedad”.

Para Locke los derechos de propiedad tienen una necesaria implicación de propiedad personal. Por ejemplo, si yo tomo una hoja de papel que es mía y la doblo cuidadosamente para hacer un barquito de papel, ese barquito de papel es mío. He unido mi trabajo con mi hoja de papel, convirtiendo el bote confeccionado en propiedad mía. Bautizo inmediatamente mi botecito de papel como “Libertad” y lo lanzo a la piscina.

Los socialdemócratas lo ven diferente. Durante finales del siglo XIX y comienzos del XX los movimientos socialdemócratas, profundamente influenciados por el marxismo, pretendían reemplazar la propiedad privada con la propiedad social de los medios de producción. En su versión actual la socialdemocracia puede definirse como una ideología política que aboga por intervenciones económicas y sociales del Estado (por ejemplo, regulación de la economía, redistribución de riquezas) dentro de una economía capitalista fomentando justicia social. Su objetivo final es promover una transición evolucionista de la sociedad, del capitalismo al socialismo, utilizando procesos políticos establecidos.

Como los socialdemócratas lo ven, ellos podrían expropiar legítimamente mi barquito de papel en nombre de la justicia social, porque mi barquito no es legítimamente mío. La hoja de papel que yo utilicé vino de un árbol que, en la naturaleza, es parte de la herencia común de la humanidad, y por consiguiente el derivado del árbol -la hoja de papel que yo compré- no es propiamente mía. Pertenece a todos nosotros.

Similarmente, el trabajo y la tecnología que utilicé -mis habilidades para elaborar el barquito- se desarrollaron mientras asistía a una escuela pública financiada por la comunidad. Entonces, arguyen los socialdemócratas, dado que la materia prima y el trabajo que utilicé haciendo mi barquito de papel tiene sus orígenes en la sociedad, ese barquito de papel, o una parte de él, pertenece a la comunidad.

En este tema los demócrata-cristianos arriban más o menos a la misma conclusión, pero desde una perspectiva filosófica diferente. La democracia cristiana puede rastrear sus raíces filosóficas hasta Tomás de Aquino, pero surgió como movimiento político al final del siglo XIX, influenciado por la enseñanza social Católica.

Como los demócrata-cristianos lo ven, el barquito de papel no es mío solamente. La hoja de papel que utilicé vino de un árbol creado por Dios, y por lo tanto pertenece a todos nosotros. Mis habilidades para hacer el barquito son dadas por Dios, y Dios desea que yo utilice su árbol y los talentos que Él me dio en beneficio de la humanidad.

Mientras socialdemócratas y demócrata-cristianos difieren en muchas otras dimensiones, comparten el énfasis en la regulación de las fuerzas del mercado, la justicia social, y apoyan el Estado de Bienestar. En América Latina, por ejemplo, mientras tienden a la derecha en temas sociales, en temas económicos los demócrata-cristianos acompañan ideológicamente en la izquierda a los socialdemócratas.

Ambas ortodoxias proponen utilizar la fuerza coactiva del Estado para dar tijera al papel y cortar mi barquito de papel en dos partes, de manera que, en nombre de la justicia social, una parte pueda ser compartida con la comunidad. Aunque no me hayan convencido con sus argumentos de que el barquito no es realmente mío, no tengo otra opción que cortarlo por la mitad.

Lo hice, y cuando volví a colocarlo en el agua, “Libertad” inmediatamente se hundió.

 

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