En el blog de historias urbanas participa José Vicente Solórzano Aguilar y República lo publicará los domingos

 

Self-destroyer, wreck your health

Destroy friends, destroy yourself

The time device of self-destruction

Lie and confuse yourself eruption

Ray Davies, “Destroyer”

 

Desde que me asaltaron la primera vez, desconfío de todo hombre que vista sudadero con capucha, pantalones flojos y tenis tan blancos e inmaculados como las vestimentas del papa. La desconfianza pasa al temor si anda en pareja, el temor muta al miedo si se suben al bus.

 

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Entonces trato de ponerle humor al asunto y me digo que han de cultivar una relación amorosa. Seguro que el más bajito de los dos será el activo y el pasivo es el grandote con aspecto fiero. De nada sirve: el resto del trayecto me la paso tenso, pensando si mejor me bajo o me resigno a que uno se ponga atrás, el otro adelante, saquen sus pistolas, las somaten contra el techo y anuncien que estamos siendo asaltados. Mi familia por parte de papá está expuesta a la diabetes; la materna registra varios casos de presión alta. Una de estas dos enfermedades, si no es que las dos juntas, se me está desarrollando cortesía de estos temores.

 

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Da lo mismo que estén a la moda de su tiempo y se ganen la vida como mecánicos, mensajeros, choferes o maquileros. No es tranquilizador verlos, sobre todo en la madrugada, camino del trabajo, o por la noche, de regreso a casa. Son veinteañeros, aunque no falta el treintañero curtido y el cuarentón que respire su segundo o tercer aire. El atuendo va aliado a las miradas entre hurañas, desconfiadas y bravas que suelen emitir a su alrededor. Esas miradas productos de la supervivencia, de las cuentas que no cuadran, de las responsabilidades que no se pueden cumplir, “y cuidado te me quedás viendo porque te vuelo riata, cabrón”.

 

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Siento tranquilidad en mínima dosis si conversan acerca del último partido del Real Madrid o el Barcelona. Mejor que se la pasen hablando de los goles que fallaron, de las jugadas que debieron hacer y de las posibilidades que tienen de alzarse con el título de la Liga de Campeones. Aguzo el oído si se enfocan en compañeros de trabajo o en conocidos suyos. Ahí sí me inquieto: utilizan lo mejor del repertorio guatemalteco de insultos para referirse a la gente que les cae mal. Eso sucedió la penúltima vez que me asaltaron.

 

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En esos momentos me digo que no debo aferrarme a lo material. Pienso en los celulares, esos distractores que terminaron por volverse necesarios para avisarle a la familia que se llegará pasada las once de la noche a casa. Pero la verdad cuesta. Cansa tener que llamar a la compañía de teléfonos para que bloquee el número, ir ante la Policía o el Ministerio Público a poner la denuncia del robo del celular, y el gasto adicional de comprar un aparato con las mismas funciones que el robado. Pensé en eso la vez más reciente que me asaltaron. Lo deslicé dentro de la mochila, logré colocarla debajo del asiento, y esperé con billete en mano a que pasara el recolector del botín. De haberme registrado, seguro me pega un tiro o me saca un chichón con la cacha de la pistola.

 

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Todo eso lo vivo en mi imaginación hasta que la pareja baja. Más adelante sube otra. De regreso a la inquietud, a tratar de controlar mi respiración y evitar que el miedo desemboque en la diabetes, la presión alta o las dos a la vez.

 

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