En el mundo del fútbol es habitual escuchar a los principales protagonistas, los jugadores, recurrir a todo tipo de excusas para justificar derrotas, bajos rendimientos, pérdidas de campeonatos y fracasos varios.

“La pelota no quiso entrar”, “Dejamos todo en la cancha”, “Mojamos la camiseta”, “Nos robó el árbitro” y “Siempre favorecen a los equipos grandes”, entre otras célebres frases, son parte del folclor futbolero en todas las latitudes.

Al igual que los futbolistas, los políticos suelen ser expertos para justificar lo injustificable y utilizar frases hechas y lugares comunes para defenderse y evadir su responsabilidad, especialmente cuando reciben acusaciones de corrupción o son perseguidos por la justicia.

Los casos de Alejandro Sinibaldi, ex Ministro de Comunicaciones del procesado ex Presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, y de Julio Ligorría, ex Embajador de Guatemala en Estados Unidos durante la administración patriota, son dignos ejemplos de estas triquiñuelas comunicacionales.

En vez de “hablar dentro de la cancha” y ponerse a disposición de los tribunales, Sinibaldi y Ligorría han decidido convertirse en prófugos de la justicia y utilizar los medios de comunicación y redes sociales para intentar una pseudo defensa que ha generado conmoción, fuertes críticas, perplejidad, rabia e incluso lástima por la pobreza de los argumentos.

El ex candidato presidencial del Partido Patriota optó por publicar un extenso comunicado publicado en medios escritos y redes sociales (https://twitter.com/sinibaldilawyer/status/886951563373182976), con afirmaciones carentes de todo sustento, recordando a reconocidos futbolistas que, sin contenerse, suelen dar declaraciones “en caliente”, con el hígado y sin filtro tras un partido decisivo.

“Durante más de dos años he sido sujeto de una persecución enfermiza de la CICIG… la verdad siempre saldrá a flote… ya llegará el momento en que en Guatemala exista justicia sin los caprichos, ideologías y resentimientos de un grupo de extranjeros…  para qué tenemos en Guatemala Ministerio Público, Organismo Judicial, Magistrados, Cortes…”, expresó Sinibaldi.

En tanto, Ligorría también decidió “tirar la pelota al córner” y en su defensa mediática aseguró -a través de un campo pagado y un video difundido en redes sociales- estar siendo “objeto de difamación y persecución por razones políticas”. Sin embargo, aseguró que prestará su colaboración “hasta el esclarecimiento total de los hechos”.

Al igual que Sinibaldi, Ligorría se encuentra en paradero desconocido, fuera de Guatemala -según él- por “razones de trabajo”, desprendiéndose a partir de esta comunicación que tampoco piensa ponerse a disposición de la justicia hasta que no se le garanticen íntegramente sus derechos “en un proceso al que no he tenido acceso previo alguno”.

El lobbista hizo hincapié que siempre había apoyado expresamente las indagaciones que tanto CICIG como el Ministerio Público realizan frente a la corrupción. No obstante, en su caso particular reclama “falta de garantías”, lo que le lleva a cuestionar la diligencia y los resultados de las investigaciones en su contra.

Más allá del derecho a la presunción de inocencia que garantiza la Constitución de la República de Guatemala, los posicionamientos de ambos huelen a vil “pajas”, tal como se denominan en Guatemala a las mentiras y excusas inverosímiles.

Las palabras de Sinibaldi rayan el cinismo al nombrar una a una las instancias judiciales que existen en Guatemala. Pese a que las reconoce, no se presenta ante ellas, como cualquier ciudadano decente. En vez de ello, elige el camino fácil y dispara contra la institucionalidad legal del país recurriendo a grotescas falacias.

Por su parte, Ligorría, cual futbolista experimentado, entregó su versión de los hechos a la opinión pública de una forma más precisa y mesurada, demostrando su habilidad y conocimiento en el ámbito comunicacional.

Con todo, ambos cometen un error garrafal. El mensaje de mayor credibilidad siempre será el comportamiento recto y ético, el cumplimiento de la ley y los compromisos adquiridos. En otras palabras, hacer lo que se dice, demostrar con hechos y convertir la retórica en acciones concretas.

Por ende, Sinibaldi y Ligorría deberían entregarse a las autoridades. Tener la valentía, coraje y dignidad para jugar “el partido de sus vidas”, asumiendo su responsabilidad y respondiendo por sus actos ante la ley, en Guatemala. Si son inocentes, no hay de qué temer.

 

 

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