Como en cualquier discordia, existen tres versiones de los hechos. En este caso existe nuestra versión, la versión de los beliceños y seguramente una versión intermedia que refleja la realidad. Que si el presidente Serrano cedió o no ciertas áreas, que si los ingleses se extralimitaron o no, etcétera. Aquí el punto no es quién tiene la razón, sino resolver de una vez por todas este conflicto.

Guatemala y Belice han tenido una relación política conflictiva desde hace más de un siglo. Todo comenzó al otorgar una concesión forestal a Inglaterra en 1783. Dicha concesión fue aprovechada para ir ocupando Belice hasta declararlo colonia inglesa en 1789 y nuevamente en 1862. Sin embargo, el Belice inicial abarcaba hasta el río Sibún y el eventual hasta el río Sarstún. La diferencia no es chica ya que representa más de la mitad de la antigua colonia británica. La disputa data desde 1859, cuando se firma el acuerdo anglo-guatemalteco que posteriormente fue declarado como nulo por Guatemala, aduciendo incumplimiento de los ingleses. Belice finalmente se independizó en 1981. Once años después, Guatemala reconoció dicha independencia, pero dejó pendiente el asunto del diferendo territorial.

La disputa territorial continúa hasta el día de hoy. Guatemala firmó un Acuerdo Compromisorio con Belice, con el fin de encontrarle una solución jurídica y pacífica al conflicto territorial. Se buscó una solución basada en Derecho Internacional, a través de mecanismos de la ONU y la OEA. A pesar de haber agotado todas las partes de la etapa política de solución de controversias, no se llegó a ningún acuerdo. En el 2000 ambos países suscribieron las “Medidas de Fomento de la Confianza”, cuyo objetivo era disminuir roces y conflictos, sobretodo en el área llamada “zona de adyacencia”. Cinco años después, se acordó actualizar dichas medidas y en crear el “Acuerdo sobre un Marco de Negociación y Medidas de fomento de la confianza”, pero no se estableció ningún compromiso. Guatemala pedía de vuelta su territorio a lo que Belice respondió que no le devolvería “ni una pulgada”.

En ese momento, el caso fue sometido a la Corte Internacional de Justicia (CIJ), organismo principal judicial de la Naciones Unidas, nuevamente aspirando a encontrar una solución apegada a derecho internacional. En noviembre de 2011 se celebró una reunión Ministerial en la sede de la OEA en Washington D.C, en la que ambos países acordaron celebrar consultas populares en el segundo semestre del año 2013. Tales consultas no se llevaron a cabo, ya que Belice cambió su ley de referéndum en plenas negociaciones con Guatemala. El tiempo pasó y la tensión entre ambos llegó a su pico el año pasado por la muerte de un adolescente guatemalteco a manos de tropas beliceñas en la zona de adyacencia.

Sin duda esta disputa ha sido desgastante para ambos países. Sin embargo, someternos a la corte internacional es la única salida viable, ni siquiera elegante sino viable, para resolver este diferendo según las constituciones de ambos países. Debemos partir por reconocer que la resolución del diferendo está en nuestro mejor interés como país. Independientemente del resultado, la resolución de un conflicto con nuestros hermanos beliceños es importante por muchísimas razones. A lo largo de los últimos años, se ha hecho evidente el efecto nocivo del diferendo en distintos ámbitos: en las Naciones Unidas sistemáticamente nos bloquean países aliados al Reino Unido, en nuestra relación diplomática y comercial con nuestros vecinos beliceños, y se hace sentir en que dejamos de aprovechar el gran potencial turístico que tendríamos al integrarnos como una región turística.

Aunque existen ciertas excepciones recientes como Brexit, en términos generales el mundo continúa su proceso de convergencia hacia su integración en bloques regionales. El tema que realmente debería ser prioridad para los guatemaltecos es cómo lograr esa integración comercial y turística entre Belice, Guatemala, Honduras y El Salvador, que tanto bien nos haría. Sin embargo, más allá de ello, debemos resolver este conflicto por el bien de nuestros hijos. No les heredemos un problema más. Parece que la única oportunidad que tendremos para resolver este conflicto está a la vuelta de la esquina, ¡no la desaprovechemos!

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