“En reconocimiento por su trabajo (…) por la reconciliación étnico-cultural”. Por eso, en 1992, se le entregó a Rigoberta  Menchú Tum, o Li M’in, el Premio Nobel de la Paz. 16 años después, en Burgos, dijo que “ahora hablamos del reconocimiento de la diversidad”. Parece una causa lógica para quien ha crecido en un país pluricultural, como Guatemala, en el que conviven 25 lenguas oficiales de igual número de pueblos con tradiciones e historias diferentes; más aún si fue en tiempos de un conflicto armado que duró 36 años, con especial efecto en las zonas indígenas.

La diversidad es algo enriquecedor para un país; los conocimientos de un pueblo que convergen con los de otro pueden resultar en una amalgama extraordinaria. Además, supone un atractivo turístico grandioso el poder sentir aires tan distintos contenidos en un territorio tan pequeño. Seguramente la señora Menchú, o Li M’in, que nació en Chimel (a veces Laj Chimel, cuando se hace pequeñito) estará de acuerdo conmigo, pues esa ha sido una de las consignas de su lucha.

Estará de acuerdo, sí, pero solo para Guatemala.

Hace pocos días di en internet con una campaña llamada “Let Catalans Vote”, o lo que es igual, “Dejen votar a los catalanes”. Es probable que para muchos en Guatemala (y en el resto de América Latina) Catalunya solo sea algo que tiene que ver con el FC Barcelona. Visca el Barҫa i visca Catalunya! Y hasta ahí, no parece ser otra cosa que un grito de guerra deportivo. La verdad esto no me parece nada mal, pues al menos me deja ver que de este lado del Atlántico no se ha politizado.

Sin embargo, esta campaña no tiene que ver con uno de los clubes más grandes de la historia del fútbol. Varios grupos, entidades (incluyendo al Barҫa) y movimientos han promovido la celebración de un referendo en el que se le pregunte a la población catalana si quiere seguir siendo parte de España o no. Uno de los argumentos para excusar la secesión es que son un pueblo con raíces diferentes, una historia independiente y una lengua propia.

Tienen razón.

Es claro que existen diferencias culturales; un catalán no tiene las mismas costumbres que un gallego, ni los mismos dejes que un andaluz. Cuentan con su propio idioma, el cual tiene una gran complejidad gramatical, y ha sido bien cultivado por grandes literatos como Ramón Llull, Narcís Oller o Josep Pla. Las tradiciones de la región son únicas y de gran interés turístico, por lo cultural y por lo estético.

¿Desencaja esto dentro de un país que está formado por otros tantos grupos con lengua, tradiciones y caracteres propios? Por supuesto que no, porque la diversidad es buena. España es, como Guatemala, un país plurilingüe y pluricultural. Li M’in no lo cree así.

Junto a, por ejemplo, Peter Gabriel o Yoko Ono, aparece su nombre (Rigoberta) entre las grandes personalidades internacionales que han firmado la campaña Deixin votar els catalans (Dejen votar a los catalanes), y en una breve cita que aparece en uno de los videos promocionales, alude a la libre determinación y autonomía de los pueblos.

¿Qué vio en Catalunya y no en el pueblo Quiché, del que es originario, para defender intereses opuestos en uno y en otro? Probablemente se dio cuenta de que hay batallas que se “pelean” mejor desde la distancia, y verdades que desde adentro no son tan crudas.

Diversidad, buena; diversidad, mala. Heta’an, buena; diversitat, mala. Y, mientras tanto, la señora Menchú (o Li M’in) algo recibirá de la Senyera (que es la bandera catalana).

 

República es ajena a la opinión expresada en este artículo