Fredy Portillo es el nuevo columnista de literatura, y República lo publicará los domingos.

La novela latinoamericana, como tal, da comienzo en 1568, cuando Bernal Díaz del Castillo, soldado español que luchó junto a Hernán Cortéz en la conquista, escribió la Verdadera Relación de la Conquista de La Nueva España y Guatemala.

Su intención al escribirla nunca fue la de satisfacer sus aspiraciones literarias, sino que más bien, pretendía aclarar toda la serie de falsos y desviados hechos y circunstancias que sobre el proceso de conquista de América se escribían en las cartas reales y las crónicas que se enviaban al imperio.

No obstante, la capacidad para alinear las ideas y darle un orden narrativo a los hechos de los que ya habían transcurrido antes, hacen que el texto, tenga los elementos suficientes para ser considerada una obra literaria.

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Pero más allá de las clasificaciones teóricas, el escrito nos revela de manera subyacente los temas que estuvieron presentes en las tradiciones orales prehispánicas, las cuales de alguna manera marcaron las batallas bélicas y culturales que debieron librar los pueblos originarios con los invasores.

A su vez, estos temas como la angustia existencial ante las fuerzas extrañas que surgen de la naturaleza humana; la magia y lo real maravilloso; mezcla de barroco y surrealismo son elementos que también impregnarán todo el posterior desarrollo de letras latinoamericanas de habla castellana y portuguesa.

De estas ideas parte Carlos Fuentes para introducirnos en su largo ensayo La Gran Novela Latinoamericana (Alfaguara, 2011), publicado un año antes de su muerte, en la cual nos lleva a dar un recorrido histórico de la literatura del nuevo continente.

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Sin pretensiones teóricas ni académica, el autor de Aura discurre por las diversos caminos y vericuetos que tomaron los distintos momentos de la narrativa a lo largo de casi dos siglos.

La tarea no resulta fácil dada la extensa cantidad de elementos que conformaron la cultura americana gracias al mestizaje violento entre lenguajes y costumbres disímiles que provinieron desde regiones europeas, asiáticas y africanas, por lo que Fuentes recurre a la sencillez del relato para revelarnos la sustancia de lo que ha sido nuestra novela y por ende la evolución de nuestras sociedades.

Ello convierte a la obra en una fuente de consulta obligatoria para indagar en una fuente alternativa a las historia oficial de la literatura, pues ofrece un nuevo panorama para realizar un análisis exhaustivo o simplemente por el placer de encarar una lectura de los mejores prosistas del continente.

Basado en este ensayo, me ocuparé semanalmente en este espacio, algunos textos de ese enorme caudal que se llama Literatura Hispanoamericana, para hacer referencia a estos elementos que componen nuestra narrativa y que de forma dispersa en cada libro nos ayudan a armar el rompecabezas de nuestra conciencia histórica.

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