En el blog de historias urbanas hoy ofrecemos un ensayo  deJosé Vicente Solórzano Aguilar.

Soy portador de tres de las sangres asentadas en el actual territorio guatemalteco. Por parte de padre tengo cercana ascendencia xinka, proveniente de Jalapa; por parte de madre tengo un remotísimo ancestro de raza negra traído como esclavo en la época colonial.

Los dos tienen genes europeos en cantidad suficiente para que yo resultara blanco de piel, castaño de pelo y camagua de ojos; también salí lampiño como mi abuelo xinka y chato como mi ascendiente africano. Otra combinación fuera y pude tener molde colocho, moreno y ojos celestes, atavismo cortesía de mi abuelo paterno.

Y de hacerme examen de ADN, seguro que mis ramas colaterales me enlazarán con los quichés, los pocomames y los kekchíes, y allá a lo lejos con los toltecas y olmecas, según la procedencia de mis demás antepasados. No lo olvidemos: los primeros españoles arribaron sin mujer a estas tierras, “se les irguió lo caballo”

 

Y NOS SEMBRARON

a dentelladas,

a fogonazos,

a golpes calientes

de carne y hueso,

de pellejo,

de insomnio y de sueño,

de instinto sublevado,

de ayuno que traían

 

 

como lo retrató Luis Alfredo Arango en su poema “Verdadera historia”.

Prefiero definirme como mestizo antes que ladino (ladino es el castellano medieval que los judíos expulsados de España a finales del siglo XV llevaron consigo a Salónica, Sarajevo, Monastir, Belgrado, Plovdiv y Constantinopla, donde se instalaron a invitación del imperio otomano; el idioma –aderezado con palabras eslavas, griegas y turcas– se preservó hasta que la mayoría de comunidades fueron arrasadas por los nazis y sus colaboradores durante la Segunda Guerra Mundial; hoy sobrevive a duras penas en el habla y la memoria de los ancianos, mientras los jóvenes se asimilan al hebreo moderno, el francés, el turco y el búlgaro).

He indagado más acerca de mi procedencia negra; conozco la historia de los garífunas desde su génesis en la isla caribeña de San Vicente y de los jamaiquinos asentados en las plantaciones bananeras de Izabal: son mis hermanos. Eso sí, me falta salir al encuentro de mi abuelo indígena. Sé quién es; no sé cómo acercármele. Mi trato con los quichés asentados en el área metropolitana se limita a pedirles recarga telefónica en todo lugar donde abren tienda o comprarles fruta para comer antes del almuerzo.

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 Tras esta declaración paso a ocuparme de la grave cuestión que circuló entre la opinión pública local: el caso María Chula. Resumo:

1) María Andrea Flores abre una tienda virtual llamada María Chula, dedicada a la venta de blusas y vestidos inspirados en trajes indígenas;

2) el nombre es considerado ofensivo y racista por el Movimiento Nacional de Tejedoras Ruchajixik ri qana’ojbäl, y lo denuncia ante la Comisión Presidencial contra el Racismo y la Discriminación (Codisra);

3) Codisra investiga, considera válidas las pruebas presentadas por el Movimiento, emite condena y cita a Flores para que se disculpe en público ante la prensa y las cámaras de televisión;

4) los comentarios, respuestas, descalificaciones e insultos que se teclean en redes sociales volvieron a demostrar la distancia que separa al común de los guatemaltecos, donde de rato en rato aparecen destellos de sentido común, de los que leen, escriben, piensan y estudian, que todo lo intelectualizan y miran desde sus cátedras de altos estudios;

5) la publicidad involuntaria ayuda a que María Chula se posicione y aumente su clientela;

6) Codisra queda como la villana en esta historia y receptora de la desconfianza ciudadana.

Tomo aire, inflo el pecho y entro en campo minado, sin detector que me ayude a advertir la presencia de explosivos. No discuto el nombre del negocio; acepto la versión de Flores acerca de que homenajeaba a su abuela.

Para mí el pecado estuvo en que el negocio comercializa blusas inspiradas en los uniformes impuestos por las autoridades coloniales para identificar a los indígenas reasentados a la fuerza en pueblos para que no estuvieran dispersos entre montes y cerros, sin sujetarse a la corona y a la cruz.

Uniformes que fueron asimilados y dignificados como los trajes regionales de cada pueblo; recuerdo los vivaces amarillo y azul de San Andrés Sajcabajá (municipio quiché), y la austeridad del azul y el negro de San Juan Cotzal (población ixil). Uniformes que los seguidores del primer movimiento rockero del país adoptaron para reivindicar las raíces nacionales, como lo cuenta el músico y escritor Marco Antonio Luna en su novela Cuerpo y alma. Uniformes que si yo fuera natural de estas tierras, consciente de que uso la ropa que me asignó el invasor y me declarara maya antes que sipakapense, aguacateko, chortí o q’anjobal, tendría que dejar para ataviarme con el taparrabo de la época prehispánica o el largo vestido de algodón propio de las mujeres de Yucatán, Campeche y Quintana Roo según mi género.

Ante todo la fidelidad a la ideología que se predica: recuerdo que decenas de rastafaris cumplieron con los postulados de su fe y emigraron a Etiopía, la patria del emperador Haile Selassie a quien veneran como dios.

No olvido que el nombre María adquirió un significado irrespetuoso y grosero dirigido contra la mujer indígena: ese comportamiento feudal debe combatirse a través de la educación y el mutuo entendimiento entre los pueblos que conviven en escasos 108 mil 889 kilómetros cuadrados de país (los que añoran la retención de Chiapas, Soconusco y Belice no se imaginan la torre de Babel donde habitaríamos: agreguen habitaciones para tojolabales, tzetzales, tzotziles, zoques, lacandones, krioles y menonitas). Aunque Miguel Ángel Asturias le comentó al poeta español Luis López Álvarez que:

Yo creo que el valor de la palabra para nosotros es un valor religioso, es un valor sacramental. Es decir, para el indígena, la palabra es fundamental en el sentido de que uno se apropia de la cosa que señala. Por ejemplo, uno le pregunta a un indígena cómo se llama una mujer, y siempre dice: “María”. Jamás dice su verdadero nombre, porque cree que cuando alguien tenga el verdadero nombre de las cosas se habrá apropiado de las cosas mismas. (El subrayado es mío)

Pero tampoco hay que pasarse de corrección política. La cita anterior podría motivar que alguien le sume más cargos de racista a Asturias –de sobra cuestionado por la descripción y propuesta que emitió en su tesis El problema social del indio– por cosificador y denigrante.

Con ese criterio yo puedo denunciar ante Codisra a todo aquel que me diga “choco” por usar lentes: actuaré en nombre de todos los que usamos anteojos a causa de la miopía y mi acusación la respaldaré porque esa palabra, “choco”, delata la burla y el menosprecio que gran parte de la población dedica a los que somos cortos de vista. E incluso alguien podría venir y exigir la prohibición de “Negrito bailarín”, una de mis canciones favoritas del compositor Francisco Gabilondo Soler, por estrofas como:

Hey amigo, lo compré

para ver bailar a usté

Perezoso, mueva los pies

bajo los gravísimos cargos de promover la esclavitud (“lo compré”), aunque la abolieron en las provincias centroamericanas en 1824 a petición del sacerdote salvadoreño José Simeón Cañas según la romántica versión de la historia nacional, y la pronta obediencia al mandato del amo (“perezoso, mueva los pies”). De nada serviría explicarle a la parte acusadora y sus abogados que la canción alude a un juguete:

Dale cuerda

y ya verás

cómo se acuerda

y vuelve a bailar

También podría invocar el principio de extraterritorialidad para demandar al gobierno de Ciudad de México que dé el ejemplo y cambie de nombre a la estación Indios Verdes del metro. Y lanzar acusación póstuma contra el poeta, ensayista y líder guerrillero Mario Payeras por preguntarse:

¿Sobre qué vamos a escribir entonces quienes nacimos en un país indígena como Guatemala? Compartimos con los indios la calle, el camino, la escuela, el trabajo, la lucha, la cama, ¿por qué no podemos escribir sobre nuestros compatriotas? Bienvenida la novela hecha por los descendientes de los mayas y por todos los que tengan capacidad de penetrar el universo psicológico, social, natural, histórico, de los pueblos indios. No queremos hacer sólo ciencia sobre ellos; necesitamos también escribir poesía, cuento, teatro, novela, porque además de explicarnos su condición étnica y sus perspectivas sociales necesitamos expresarles solidaridad, amor. (Los subrayados son míos).

Lo cierto es que el mutuo desconocimiento, la balcanización del país y las ansias de revancha, presentes desde que los señoríos quiché y cakchiquel guerreaban entre sí, tuvieron su episodio más reciente en el caso María Chula. Solo espero que no surja un caudillo con las características funestas de Slobodan Milošević –quien alentó la supremacía de los serbios a costa de los eslovenos, croatas, musulmanes bosnios, albaneses y húngaros de la extinta República Socialista Federal de Yugoslavia con saldo de cuatro guerras, 130 mil muertos, 2.4 millones de refugiados y 2 millones de desplazados internos de 1991 a 1999– para aprovecharse de la situación e imponer su criterio en este escenario poblado de ríos desviados, lagos contaminados, montañas deforestadas, volcanes activos y temblores que sacuden sin avisar.

Bibliografía

ARANGO, Luis Alfredo, Archivador de pueblos, Editorial Universitaria, Ciudad de Guatemala, 1977

LÓPEZ ÁLVAREZ, Luis, Conversaciones con Miguel Ángel Asturias, Educa, San José, Costa Rica, 1976

PAYERAS, Mario, Fragmento sobre poesía, las ballenas y la música, Artemis Edinter, Ciudad de Guatemala, 2000

 

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