El pasado 20 de septiembre, miles de guatemaltecos se reunieron en las distintas plazas de las ciudades del país para manifestar su repudio a los actos de corrupción realizados por los funcionarios desde su ejercicio de poder. La reunión se consolidó como exitosa pues logró reunir a varios sectores del país que se unen pocas veces en el año. Estos sectores fueron: la ciudadanía en general, CODECA, los jóvenes universitarios de instituciones públicas y privadas, personas de diferentes ideologías y también de distintas edades.

Desde muy temprano las personas involucradas se unieron a la marcha. Se realizó cada movimiento con un sentido de actuar cívico y en ningún momento se registraron movimientos fuertes de violencia que hicieran a los manifestantes huir. Aún cuando existen muchos miedos de la violencia que se ejerce en el país, se lograron acuerdos para garantizar que todos se sintieran seguros: los que participaron y también aquellos que no lo hicieron.

De las marchas pacíficas que en los últimos años los ciudadanos organizan, hay varias cosas que me parecen disfuncionales. En primera instancia, me desmotiva reconocer que algunos de los que asisten no saben que hay otras maneras de hacer ciudadanía más que manifestar. Por lo general en su día a día parecen ser personas que ni siquiera están comprometidas con su propio futuro, lo que pone en tela de juicio que de pronto estén preocupados hasta por el futuro del país. Además, se ha creado una tendencia en la juventud que puso de “moda” el hecho de ser patriota; de manera que muchos accedieron a la participación cívica para conseguir un nuevo status o por presión de grupo. Y una de las cosas que más me preocupa es que habiendo tanta unión ciudadana, fomentada por tantas mentes brillantes, no se cuente con una hoja de ruta o una propuesta de soluciones tangible y socializada. En el fervor del momento es fácil exigir el cumplimiento de nuestros deseos, como una renuncia por ejemplo. Pero más allá, al día siguiente, el 21 de septiembre ¿qué pasó?

No estoy de acuerdo tampoco con la postura del CACIF, me parece que por ser un grupo estrictamente favorecido por la corrupción, muchas veces se interpone en vez de apoyar a la ciudadanía. A nivel económico, claramente hay pérdidas pues muchos comercios detienen labores y muchos trabajadores interrumpen su rutina diaria; pero al final del día, el valor de los actos que los ciudadanos realizan se suma a crear un país con ciudadanos más exigentes y consientes de su realidad. Creo firmemente en que la marcha tiene valor abstracto, porque no crece la economía ni se generan cambios instantáneos. No se solucionan los problemas ni se vence a los enemigos del pueblo en un dos por tres, pero de una manera muy especial… representa para los ciudadanos una dosis de motivación. Levanta la moral del pueblo, incluye a las nuevas generaciones, nos hace despertar las conciencias y nos da un empujón para alcanzar la vida en un estado soberano. ¡La marcha une bandos y realidades como ninguna otra cosa puede hacerlo y eso vale mucho!

 

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