bebe-mano-maternidad-duelo

¿Se puede superar la pérdida de tus hijas, aunque no hayan nacido? … aún no lo sé.  Ya pasaron tres meses desde que ingresé de emergencia al hospital. Fue un sábado, celebrábamos el Día del Padre y, en cuestión de horas, se volvió un día gris, un día triste.

Recuerdo que uno de los doctores que me atendió me recomendó recibir terapia emocional, ahora lo recuerdo, pero la verdad no creí necesitarla. Fue cuando pensé en escribir este texto, que me di cuenta de que sería la oportunidad de sacar ese dolor que había guardado para mí. Esta sería mi terapia.

Meses antes de ese 17 de junio, con mi esposo recibimos la noticia: venían dos bebés en camino. Después de años de pensarlo y de que nuestro hijo lo pidiera a diario, decidimos darle un hermanito. La idea de ser el hermano mayor fue una alegría tan grande para Andrés, que nos convencimos que había sido una buena decisión.

Nunca nos imaginamos que, en lugar de darle un hermano, le daríamos dos. En ambas familias no se había dado un embarazo gemelar. Mi mamá fue la primera en sorprenderse con la noticia.

El más emocionado fue mi papá. No se cansaba de decirme lo feliz que era con la llegada de dos bebés.

Reconozco que lloré del susto cuando mi doctora me lo dijo. Ese día fui sola a la consulta porque mi esposo tenía una reunión de trabajo. Salí llorando, asustada, pensaba en cómo iba a cuidar a dos bebés siendo una mamá que trabaja tiempo completo. Después de todo soy periodista.

Llamé por teléfono a mi esposo llorando y cuando le dije que eran dos hizo una pausa, imagino que del susto, pero segundos después me dijo: “No te preocupes mi amor, todo va a salir bien”.

A partir de entonces todo fue planes. Primero fue elegir sus nombres. En mi primer embarazo busqué un nombre que tuviera un significado especial. Fue así como elegí Andrés que significa “Hombre Valiente”.

Quise hacerlo igual pero no encontré nombres con significados que llamaran mi atención. Así que no me compliqué y me incliné por Javier y Alejandro de ser varones y en caso de ser nenas, Fátima y Sofía, este último es el nombre favorito de mi esposo. No pasó mucho tiempo para que nos confirmaran que serían nenas.

Mi hermana y algunas amigas cercanas me hablaron de hacerme un baby shower para celebrar su llegada. En ese momento olvidé el susto que había sentido al inicio, y todo parecía fácil. Estaba feliz.

En el trabajo los compañeros me acompañaron en mi embarazo. Incluso me celebraron un baby junto a Gaby y Lesly, quienes también esperaban la llegada de sus nenas.

Pero conforme mi embarazo avanzaba noté que mi vientre crecía de forma tal que algunas personas creían que ya estaba por dar a luz. Al principio pensé que era normal ya que eran dos, pero una visita a mi doctora me confirmó que las cosas no marchaban bien.

Fátima no había formado su estómago. Esa condición hizo que no tragara líquido. Ahora sé que los bebés se encargan de regular la cantidad de líquido amniótico en el vientre.

Y aunque ese problema podía corregirse al momento de nacer, el ultrasonido mostró otra dificultad. La misma nena también tenía un cordón umbilical de apenas tres centímetros, cuando el promedio supera los 30 centímetros.

Ese fue el primer golpe que recibimos en la familia. Las posibilidades que esa nena naciera con vida eran casi nulas, tocaba esperar que el embarazo pudiera llegar a término para que su hermana pudiera nacer.

Me aferré a eso, pero la esperanza terminó el 17 de junio, en la semana 21 de gestación. Dolores en el vientre me alertaron que había empezado el trabajo de parto, mi doctora se encargó de que me recibieran en el hospital y cuando llegué, la persona que me atendió fue clara en decirme que las nenas no tenían posibilidades y que todos los esfuerzos estarían en salvar mi vida.

Esas horas fueron difíciles. Ahora sé que hay un dolor más grande que el del parto, el dolor de dar a luz a dos nenas a las que no les latía el corazón. Aún puedo ver como la enfermera sostenía a una de ellas y pude observarla, pedí ver a las dos, lloraba por tenerlas en mis brazos.

Al tenerlas cerca y como pude, logré susurrarles cuánto las había esperado y con un las amo, me despedí.

Verlas fue duro, pero creo que decirles adiós es lo que me ha permitido salir adelante. Desde ese día valoré aún más a mi hijo. Y aunque siempre lo beso en las noches diciéndole cuánto lo amo, ahora lo hago con más sentimiento porque sé que conoce mi dolor y yo el suyo.

Mi esposo es mi otra fortaleza. Me sostiene de la mano para que no caiga, después de todo, los dos perdimos a nuestras hijas ese día.

Mantengo la esperanza de que el tiempo sea mi aliado. Escribir sobre cómo perdí a Fátima y a Sofia busca ser mi consuelo, mi terapia para no llorar cuando vea a un recién nacido o me tope con una embarazada. Mi terapia para no quebrarme por dentro cuando alguien me pregunte qué pasó con mis bebés.

* Agradezco a la Dra. Anabella Ovando y al Dr. Nery Peláez por salvar mi vida.