gato, crónicas urbanas

En el blog de historias urbanas escribe José Vicente Solórzano Aguilar.

Dejamos de tener gato en casa durante años. Enterramos a tres o cuatro en el patio luego de que fueran envenenados por esa vil e infame canalla conocida como “vecinos”. Justifican sus crímenes al alegar que el gato corretea encima de sus preciosas láminas y osa penetrar en su bien cuidados jardines.

Malditos.

En ese duelo permanente estábamos cuando le regalaron un gato a mi hermana menor. Nos animamos, seguros de que esta vez no le pasará nada, y llegó a casa. El veterinario que lo revisó nos dijo que en tres meses le bajarían los testículos. Pero un día de tantos notamos que engordaba y engordaba y engordaba.

Resultó gata y estaba embarazada. Perdió la primera camada, no tenía ni seis meses cuando la preñaron. Y en lo que mi hermana decidía si la mandaba a operar, Bigoti (debe su nombre a una mancha negra que le atraviesa la cara cual mostacho) volvió a quedar en estado interesante.

Esta vez se lograron los gatitos.

Fueron cinco: nacieron el pasado Año Nuevo. Tres salieron blanquinegros, otro resultó siamés y la única hembra resultó tan peluda como una angora. Regalaron dos de los blanquinegros; los restantes siguen en casa y esperamos que estén con nosotros durante los quince o dieciocho años que demoran en gastar sus siete vidas.

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Ahí supe, hallazgo tardío, que el mestizaje también abarca a los animales domésticos. En una familia guatemalteca promedio están los morenitos, los blanquitos y los colochitos; a veces, como sucede con tres de mis primos por parte de madre, se incorporan remotos antepasados chinos que aportan más colorido al mosaico. No falta quien se olvide de la común mancha mongólica que todos poseemos al nacer, desde La Cañada a La Limonada, y privilegie a los más despigmentados. El asunto es que si ven al Zorro, el Blue y la Pelusa no se imaginarían que provienen de la misma gata con pocos minutos de diferencia.

Costó convencer a mi madre y a mi abuela de que los demás gatos se quedaran en casa. Sumaron buenas calificaciones a su favor cuando a las pocas semanas cesó la insolente invasión de ratones que padecíamos desde tiempo atrás (hasta se paseaban por el patio como inquilinos que se aferran al terreno aunque no paguen el alquiler). Tuvimos que defender su causa: algunos rincones olían a meados, o elegían la ropa recién planchada y doblada como almohada para dormir la siesta.

Cada gato tiene su personalidad.

El Blue es querendón, se contorsiona en el suelo para jugar aunque de repente tire zarpazos, pero no se deja cargar por nadie más, excepto mi hermana y yo. No podemos presumirlo ante las visitas, sale corriendo apenas ve a un extraño. La Pelusa es dormilona y busca regazo en quien esté sentado. Ablanda la barriga o las piernas con sus patitas, se enrosca y ahí permanece por horas. También le gusta pasear con su cola de ardilla en alto.

El Zorro es escurridizo y aventurero: apenas se le ve en casa y van dos noches que me lo encuentro en la calle, cuando salgo a tomar el bus que me sacará de la colonia.

Ahora me toca convencer a mi hermana de que no mande a castrar a Blue y Zorro. Con tanto avance tecnológico, ¿por qué no idean la vasectomía felina? El gato castrado engorda, arruina su fina estampa, muere su instinto y pierde distinción. Así no tienen gracia.

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