El despido de 500,000 trabajadores estatales ordenado por el gobierno cubano es visto por algunos observadores como una señal esperanzadora de que finalmente Cuba se está dirigiendo hacia una economía de mercado. Otros analistas ven los despidos con considerable escepticismo y los marxistas como una horrorosa traición a la ortodoxia comunista

Irónicamente, el anuncio oficial de los despidos fue hecho por la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), el sindicato único y oficial de la nación, controlado por el partido comunista. En cualquier nación, excepto en los estados totalitarios controlados por regimenes represivos, el despido del 10% de la empleomanía del gobierno provocaría protestas masivas y la indignación internacional generalmente asociadas con medidas de austeridad auspiciadas por el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional.

Si añadimos a esto el aparente lapsus freudiano de Fidel Castro cuando dijo que “el modelo cubano ya ni siquiera trabaja para nosotros” nos encontramos ante confusión ideológica, parálisis burocrática, oportunismo, incertidumbre, formulación de políticas absurdas, y más.

En la versión cubana del doble sentido orwelliano, las medidas de despido se califican como una “actualización del socialismo”. La declaración oficial señaló que “Hay que revitalizar el principio de distribución socialista, de pagar a cada cual según la cantidad y calidad del trabajo aportado”. ¿Como?

También, es interesante observar que, en el doble sentido cubano, el gobierno otorgará permisos para que los trabajadores que sean despedidos intenten ganarse la vida “fuera del sector estatal”. No hay reconocimiento de un sector privado y un permiso estatal es requerido hasta para limpiar zapatos. Tampoco está claro cómo es que las personas que van a ser cesanteadas serán seleccionadas; basado en antigüedad, clientelismo, amistad, pureza ideológica, o algún tipo de mérito capitalista o socialista. ¿Que papel jugara el sexo o la raza en la selección de los cesanteados? ¿Se enfocarán los despidos desproporcionadamente en las personas que reciben ayuda del extranjero?

Los despidos no revelan cambios anclados en el deseo de reformas político-económicas diseñadas para ayudar al pueblo cubano, sino más bien, se centran en promover la supervivencia del régimen. La insensibilidad y la insuficiencia de las medidas son ignoradas por algunos en el desmesurado afán de interpretar cualquier cambio procedente de los hermanos Castro como algo positivo y de representar todas sus acciones como orientadas hacia una reforma verdadera.

En una economía de mercado con sectores privados desarrollados y competitivos, empleados cesanteados de una empresa tienen grandes posibilidades de obtener empleo en otra empresa. Pero en el sistema económico de Cuba, donde el gobierno controla la mayoría de la actividad económica, los cesanteados tendrán que valerse por sí mismos. No hay sector privado capaz de absorber a los desempleados. ¿Dónde van a encontrar empleo en una economía como la de Cuba en la que el estado emplea 85% de los 5 millones de personas en la fuerza laboral?

La medida de despido parece asumir que todas las personas poseen la aptitud y habilidad para ser empresarios capaces de ganarse la vida en actividades muy distintas a su experiencia laboral y formación profesional.

El gobierno cubano está apostando a que el ingenio y el espíritu empresarial del pueblo cubano proveerá de alguna manera un  reemplazo para las ineficiencias del sector estatal y que lo hará sin acceso a efectivo, crédito, materias primas, equipos, tecnología, u otros insumos necesarios para producir mercancías y servicios. Irónicamente, el origen más probable de estos insumos será la Diáspora cubana ansiosa de ayudar a sus familiares y  amigos que queden sin empleo. Esta elaboración puede motivar al gobierno Cubano a concentrar los despidos asimétricamente en aquellos con familiares fuera del país.

Los cubanos resolverán de alguna manera, pero en términos de desarrollo económico real, estas medidas no funcionarán; no son medidas diseñadas para ayudar  al desarrollo del país. Pero por si acaso, el gobierno pretende cobrar impuestos onerosos, del 25% para la seguridad social y hasta del 40% sobre los ingresos dependiendo de la actividad económica (por ejemplo, la producción de alimentos se tributará al 40%, los artesanos, al  30%, etc.). Las intenciones del gobierno se vislumbran claramente  en las proyecciones gubernamentales que prevén un aumento del 400% en los impuestos que serán recaudados de los empleados despedidos convertidos ahora en empresarios.

Esto parece ser un cálculo basado en lo que los economistas llaman “el efecto aritmético”  de la curva de Laffer que supone que los ingresos fiscales generados consisten  de los ingresos brutos producidos por la empresa (la base imponible) multiplicados por la tasa de impuestos. Pero lo más probable en Cuba será el llamado “efecto económico” que sugiere que la tasa de impuestos aplicada tendrá un impacto en la base imponible que será reportada. En otras palabras, en respuesta a estas altas tasaciones de impuestos contraproducentes, los cubanos encontrarán formas de eludir el pago de impuestos, incorporándose al mercado negro para estas actividades económicas.

Si las intenciones del gobierno cubano fueran esbozadas a iniciar un cambio importante hacia una economía de mercado, no limitarían las actividades económicas permitidas a solamente 178 ocupaciones casi todas de carácter  individual (por ejemplo, servicio de niñera, limpiabotas, lavado de ropa, etc.) ni insistirían en  imponer impuestos y regulaciones asfixiantes. Se  requiere una  imaginación  de soñador muy vívida para divisar en estos despidos del gobierno de Castro una evolución hacia una economía de libre mercado.

Una lección a aprender de la historia de las transiciones de los países que formaban parte de la Unión Soviética es que reformas exitosas requieren ubicar  las libertades individuales y  el otorgamiento de poderes ciudadanos a la cabeza de las reformas. Esto no es lo que  Cuba persigue con su “actualización del socialismo”.

Por ahora, los despidos solo demuestran el funesto estado del modelo económico cubano, resumido en la vieja broma Soviética que explicaba el sistema económico de planificación centralizada como uno en el que “nosotros pretendemos trabajar y ellos pretenden que nos pagan”. El sistema cubano, fracasado e insolvente, ya ni siquiera puede pretender pagar a sus trabajadores. Por lo tanto, ahora se maquilla como un capitalismo de fantasía.

 

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