basura, calle, malos hábitos

En el blog de historias urbanas escribe José Vicente Solórzano Aguilar.

La esquina enfrente de mi casa volvió a amanecer repleta de bolsas de basura. Algunas fueron rotas y escarbadas por los perros en busca de huesos de pollo, hamburguesas comidas a medias y trozos de pizza. También se dieron gusto con varios pañales desechables; hasta aquí me llega la peste a bebé que no asimiló bien la leche materna.

Después de maldecir a los que vienen a dejarla tirada, me da curiosidad y trato de imaginar sus hábitos alimenticios.

Entre los restos dispersos por los perros encuentro bolsas de risitos, botellas de gaseosa de varios sabores y envolturas de chocolate. Seguro que ha de ser una familia con bastantes niños. Los patojos siempre prefieren las chucherías; han de consentirlos a cada rato. Dos o tres aguacates pasados muestran sus pepitas a la vista, como si acabaran de hacerles la autopsia. “De vez en cuando han de hacer guacamole para comerlo con tortillas o tostadas”, me digo.

Cierto orden hay en las cajas de pizzas y las latas de cerveza que las acompañan. Por más que hago memoria no me acuerdo si ayer hubo algún partido de la Liga de Campeones que convoque a la familia o a todos los cuates para sentarse frente al televisor, aplaudir al favorito, insultar al rival, maldecir al árbitro y tirar la casa abajo cuando anotan ese gol espectacular que merece la mejor exclamación del narrador.

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Ahora que me dio por comer sano (es un decir, no sé con qué agua riegan la fruta que compro en las afueras del trabajo) me digo que estos proveedores de basura estarán expuestos a la gordura, la diabetes, problemas del corazón y várices a causa de su inactividad física (con suerte los patojos han de jugar futbol todos los días).

Sus mujeres han de parecer hamburguesas que caminan, de tan anchas y aplastadas; los varones han de levantarse de la cama, la silla y donde quiera se sienten con la misma dolorosa dificultad del pastor alemán expuesto a la inutilidad de la columna vertebral y las patas traseras.

De tiempo en tiempo ha de entrarle preocupación a las señoras y se inscriben en el primer curso de zumba que impartan; los varones se hacen la promesa de ir al gimnasio y visitar al cardiólogo para ver en qué condiciones tienen “la bomba”. Pero lo dejan al tiempo y a los cuatro o cinco meses tienen que buscar ropa más holgada para acomodar sus carnes.

Quizá el único ejercicio, unido al placer de la aventura y la clandestinidad. “Vamos a tirar la basura de noche, sin que nos vean”, se han de animar. Es venir a dejar sus desperdicios acá. Si vienen en carro o en picop, logran que el escape no haga ruido que los delate. Las bolsas han de pesar, así que manos, brazos y antebrazos sacan provecho del ejercicio.

Lástima que ya no haya señoras que se dediquen a espiar por la ventana. Al menos tendríamos la descripción de los sospechosos.

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