Los físicos quánticos nos explican que en su extraño mundo coexisten simultáneamente todos los posibles futuros hasta el momento en que nosotros como observadores, hacemos presencia.  Es entonces, con nuestra participación, que todas las posibilidades se colapsan en una sola variable, en una realidad definida. Del mismo modo, es simplista o tal vez idealista hablar del futuro de Cuba como una eventualidad singular ya determinada. Es más adecuado imaginar los posibles futuros que pudieran evolucionar como consecuencia directa de nuestras decisiones.

La Cuba de hoy puede ser descrita como un “país imposible”, con estructuras económicas y sociopolíticas insostenibles. Para el pueblo cubano, la experiencia de vivir por más de medio siglo bajo un régimen totalitario y una fallida economía de orden y mando  significa un legado de atraso económico, social, político y civil.  El economista y disidente cubano Oscar Espinosa Chepe, destaco el impacto del sistema económico cubano en la sociedad civil: “Estos años de profunda y prolongada crisis han generado una enorme pérdida de valores espirituales en grandes segmentos de la población. El egoísmo, la mentira, la doble moral, y los métodos ilegales de supervivencia se han multiplicado a niveles increíbles”.

Para la mayoría de los cubanos de hoy, el trabajo ha dejado de ser la fuente principal de ingresos. Los cubanos,  imposibilitados  de vivir de los resultados de sus trabajos legítimos han desarrollado una cuasi ética, que lo  justifica todo. Esta es una manera de vivir con la  incoherencia de la vida en Cuba. La sociedad civil ha cometido una especie de suicidio filosófico y ético para escapar de un absurdo futuro sin posibilidades.

Los cubanos de hoy, no se atreven a soñar o a tener esperanza, salvo cuando aspiran a  abandonar la isla. La desesperación y la angustia diaria de los cubanos son captadas conmovedoramente por la  blogger cubana Yoani Sánchez: ” Los ojos de los jóvenes buscan en el exterior, porque ven que no pueden lograr un mínimo cambio en su país. Ellos desean tomar un avión a Miami o Europa y en diez horas, cambiar sus vidas por completo”.

En vista que la era de los hermanos Castro llega a su fin, debemos reconocer estas condiciones adversas y buscar soluciones políticas y económicas para el futuro de Cuba afincadas en incentivar a los individuos y no generalizadas en la actual naturaleza de la población.  La salida a la problemática cubana no radica solamente en combatir las deplorables condiciones económicas. Las potencialidades de Cuba como nación, dependerán más de las libertades individuales y la autonomía personal  que en un determinado conjunto de reformas económicas.

Librarse del miedo tiene que ser el primer paso para lograr una transición genuina y exitosa porque esa libertad es una condición necesaria para revertir la apatía política. Librarse del miedo se destaca simultáneamente como una herramienta y un objetivo.  Lamentablemente, los cubanos han olvidado la sensación de sentirse libre.  Y cualquier esfuerzo reformista que pretenda dejar a la sociedad civil inarticulada e incapaz de responsabilizar a sus funcionarios esta ignorando que una sociedad moderna no puede funcionar en el mejor interés de los ciudadanos, sin un sistema eficaz de controles y equilibrios.

Los posibles escenarios  futuros para Cuba se podrán  desencadenar en dos maneras fundamentales: en forma de transición o en forma de sucesión. Esto sucederá en dependencia de si los cubanos abrazan una filosofía de gobierno que reconoce los derechos humanos y las libertades individuales como factores  esenciales para el desarrollo sostenido. O si se asocian a una  visión que subordine todo  a la supremacía de las medidas económicas, incluso si estas medidas se realizan fuera del marco de poder democrático.

El primer camino conduce a la promoción de políticas que ayudaran a una rápida transición democrática, con el fortalecimiento de la sociedad civil y sus instituciones. La otra vía conduce a una espera indefinida antes de llegar el momento  que las reformas democráticas puedan ser instituidas.

De una forma elemental, dos sistemas opuestos de valores están en juego. Uno en el que priman los derechos humanos, las libertades y la democracia, y otro  en que la prioridad descansa en la prosperidad económica. Estas alternativas son trascendentales ya que el camino elegido cristalizara la narrativa de la Cuba pos-Castro y  por generaciones venideras. La reconstrucción de la nación cubana no puede tener lugar en medio de un vacío político,  o dentro de un marco totalitario, y menos sin restaurar las libertades civiles y derechos políticos  que permitan la practica de la tolerancia y la sabiduría política.

La Cuba pos-Castro tendrá que reconstruir mucho mas que  su economía, también tendrá  que reconstruir su identidad nacional. Un punto de partida es reconocer plenamente que el sistema político-económico cubano no es reformable, como un  proceso evolutivo darviniano. Para ser exitoso  el proceso de reforma cubano  deberá ser de base amplia, completo y llevado  a cabo rápidamente y no  un programa de reformas graduales y tímidas. Es necesaria una filosofía que potencie el sentimiento ciudadano  para recuperar las energías individuales e iniciar la recuperación de la  responsabilidad individual sobre el  colectivismo asocial impuesto por el castrismo.  Un cambio de sistema es sobre todo un  proceso auto catalítico. Corresponde que, aunque la ampliación del contorno político es una condición necesaria, los requisitos de la democracia deben tener prioridad y supremacía.

Para evitar un estancamiento político o el caos en Cuba después de Castro, hay que afirmar el resurgir de una nueva forma de percibir el futuro y del comportamiento ciudadano. Culturas políticas  divergentes, como escorpiones atrapados en una botella, no pueden evitar batallar de forma permanente. Sin embargo, las culturas políticas, a diferencia de los escorpiones, no necesitan comprometerse a una lucha de eliminación hasta el final. Culturas políticas  divergentes pueden coexistir en un ambiente democrático y participativo, siempre que todos los participantes acepten la vía democrática para ventilar sus hostilidades. Sin embargo, para que esto suceda, el gobierno cubano de transición no puede ser una extensión ideológica directa del castrismo. La transición en Cuba no puede ser una mutación más pragmática del castrismo. Tiene que ser su antítesis.

Esta nueva forma de percibir el futuro debe basarse en la noción  que las experiencias sociales tácitas de las personas facultadas para decidir libremente  son una mejor guía para gobernar  que  la presunta racionalidad de los reyes-filósofos mesiánicos.

Por otra parte, las libertades individuales y la autonomía personal  son esenciales para vivir plenamente. Son fundamentales para el confort mental que da dignidad a la existencia humana. Para reflejar coherentemente sobre el futuro de Cuba, es necesario entender que las potencialidades del país están sujetas, no sólo a condiciones macroeconómicas, sino sujetas a las decisiones individuales de la población. Es decir, que cambios económicos, no centralizados de antemano en libertades individuales, y el fortalecimiento de la sociedad  a través de  elecciones pluralistas, libres y justas; condenarían a la sociedad cubana a vivir una existencia provisional de límite desconocido.

Esta es una condición que lesiona el espíritu  humano y no promueve el desarrollo de los valores democráticos de la sociedad. Las personas que no logran ver el fin de su existencia provisional enduran una existencia sin futuro y no pueden  convertirse en ciudadanos que sostengan un estado democrático.

Los derechos políticos y libertades civiles no son un lujo superfluo para ser añadido al fin de  un programa de reformas económicas. Ellos son la esencia misma del progreso que le otorga a una ciudadanía el poder para corregir errores, expresar descontento, y provocar cambios en el liderazgo de la nación. La democracia requiere un modelo de relación entre el estado y sus ciudadanos que es dramáticamente diferente del modelo de relación de un estado marxista-leninista y el pueblo. Como consecuencia, el comunismo cubano no puede ser reformado para lograr una verdadera transición democrática, con resultados aceptables.

Para despertar las aspiraciones – para aventurarse a soñar y a tener esperanza, para escapar de sus tareas diarias de Sísifo – la sociedad cubana debe exorcizar la mitología de un máximo líder mesiánico y alcanzar otros niveles de salud mental socio-política. Esto no puede tener lugar dentro de una burocracia kafkaiana con una complejidad  absurda, desorientadora y amenazante. No puede tener lugar dentro de la continuidad de un régimen autoritario disfrazado de un régimen de cambio. La nueva conversación cubana debe ser una que  explique que las causas de la prosperidad y el desarrollo se encuentran en los principios de la democracia liberal y el imperio de la ley.

Esta visión de un mañana en Cuba comienza con una idea intransigente de la libertad. Es una visión que reconoce el tortuoso camino histórico y las experiencias  de la Cuba colonial, republicana, comunista y sus legados. Pero, sobre todo, es una visión que no acepta el futuro de una Cuba condenada de antemano por su pasado. Una transición exitosa en Cuba requerirá, por encima de todo, una visión convincente de esperanza para todos los cubanos, una irrefutable realización que la vida puede recuperar su sentido a pesar de sus aspectos trágicos. Se requiere una visualización del futuro que no equiparare la dignidad de una sociedad con beneficios económicos.

En  Cuba después de los Castro, decisiones  y caminos serán tomados, esperemos que sean los de la libertad individual y la autonomía personal para que los cubanos puedan de nuevo y para  siempre sentirse libres.

 

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