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En el blog de historias urbanas escribe José Vicente Solórzano Aguilar.

Tuve dos jefes. El uno anda encorvado como araña que sobrevivió al chancletazo, el otro parece bandido escapado con todo y sarape de la revolución mexicana. Nadie los recuerda con gratitud y los dos coinciden en su devoción por las canciones de Pink Floyd cuando estuvo bajo el control de Roger Waters, tirano de garra y fuste. Sus métodos laborales guardan parentesco muy cercano.

Según el testimonio de David Gilmour, la crítica de Waters al desempeño del tecladista Richard Wright fue tan acerba que lo hizo dudar de sus capacidades como músico; terminó echándolo a media grabación de The Wall. Gilmour libró pulso cerrado contra Waters –producto de esa tensión surgió «Comfortably Numb», el tema más hermoso del canon floydiano aunque «Wish You Were Here» se le acerca, se le acerca– hasta que lo redujeron a simple comparsa durante las sesiones de The Final Cut. Nick Mason, amigo cercano de Waters, lo miraba todo desde su batería.

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Los mentados exjefes incurrían en idéntico proceder: a todo le encontraban mil tachas, gustaban de tender celadas al incauto y se declaraban anonadados si no les captaban sus métodos. No se les niega inteligencia, por algo llegaron a la posición que ocuparon, pero dedicaron a sus subordinados la misma atención que los profesores retratados por Waters en «The Happiest Day of Our Lives» tuvieron por sus alumnos:

When we grew up and went to school

There were certain teachers who would

Hurt the children any way they could

By pouring their derision

Upon anything we did

Declaro que no puse mayor cosa de mi parte; de nada servía esmerarme porque me hacían voltear la playera cuantas veces se les ocurriera hasta reventarle las costuras. En un lugar me despidieron y en el otro me cambiaron de puesto.

Perdón no significa olvido, gestos y palabras hirientes corroen por años. No se me olvida la incomodidad que sudaba la cara de Gilmour cuando la reunión de Pink Floyd. Todo el tiempo se la pasó viendo a las cuerdas de su guitarra, al suelo o allá lejos, entre los espectadores congregados en el Hyde Park de Londres. Waters se estuvo risa y risa, bajo en ristre, como si bastara un toquecito en la espalda para suprimir rencores. Lo mismo me sucede al toparme con los citados exjefes: me pregunto cuánto tiempo tendré que esperar para ver sus funerales frente a mi casa. Ahí andan, de lo más campantes, como paseándose en terreno reconquistado.

Es irónico: las letras que Roger Waters escribió acerca de la locura y la separación del individuo respecto a las masas fueron utilizadas en contra de sistemas autoritarios. «Another Brick In The Wall part 2» resultó demasiado subversiva para el régimen racista de Sudáfrica y el Comité Federal de Radiodifusión la juzgó inapropiada para menores durante la dictadura militar que asoló la Argentina. Durante años se contó que los primeros versos de «Each Small Candle» (no registrada en estudio, solo tocada en concierto durante la gira In The Flesh 2000-2002) fueron escritos por un preso político en algún país de Sudamérica; la investigación de seguidores daneses demostró que provienen de la primera estrofa del poema «Ikke Bødlen» («Ni siquiera el torturador», según traducción del músico Juan Carlos Gómez, residente en Noruega), firmado por Halfdan Rasmussen.

Y en 2006, Waters se encontró frente a la pared que aprieta a Cisjordania:

Bajo la protección de las Naciones Unidas visité Jerusalén y Belén. Nada podía haberme preparado para lo que vi ese día. El muro es un edificio repulsivo. Está custodiado por jóvenes soldados israelíes que me trataron, observador casual de un mundo lejano, con una agresión llena de desprecio. Si así fue conmigo, un extranjero, imaginen lo que debe ser con los palestinos, con los campesinos y los trabajadores, con los portadores de permisos. Supe entonces que mi conciencia no me permitiría apartarme de ese muro, del destino de los palestinos que conocí, personas cuyas vidas son aplastadas diariamente de mil y una maneras por la ocupación de Israel. En solidaridad, y de alguna forma por impotencia, escribí en el muro, aquel día: «No necesitamos el control de las ideas». (1)

Nunca vi esa consideración en los mentados exjefes: podían dedicarse a sus negocios particulares mientras los obreros a su cargo padecían turnos de hasta doce horas consecutivas. Siempre tenían al alcance de los labios el dark sarcasm in the classroom, ejercieron el thought control a gusto. Gozaron de la inmortalidad atribuida a la mala hierba; permanecieron anclados a sus puestos hasta el final. Detrás, los cadáveres que dejaron regados.

Menos mal que Roger Waters mide seis pies y dos pulgadas de estatura (1.86m). No quiero pensar cómo se hubiera comportado de alzarse a 1 metro y 68 centímetros del suelo, altura promedio de los citados exjefes.                                                     

(1) http://www.palestinalibre.org/articulo.php?a=31488

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