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Este es un testimonio sobre el despertar de la sexualidad juvenil en el peor lugar posible. Un convento. Esta es la historia de una ex aspirante a monja.

Rumbo al convento

Mis papás no quedaron muy felices cuando, a los 16 años, les dije que me quería volver monja. Ellos no eran religiosos fanáticos; nadie de mi familia lo era. Tomé clases de catecismo y crisma, algo que es normal en un país católico como Brasil, pero después de eso me empecé a quedar en la iglesia y participé en los encuentros y retiros espirituales.

Fue por medio de estas reuniones que conocí la fraternidad franciscana y me di cuenta que ese era el camino que quería seguir por el resto de mi vida.

Mis papás estaban en contra, en especial mi papá, quien se molestó por mi deseo de seguir esta vocación. Esperé hasta cumplir 18 años para finalmente hacer mis maletas e irme de mi casa hacia el convento sin la necesidad de un permiso. Mis ganas de volverme monja venían principalmente de mi voluntad de hacer trabajo social, caridad y poder ejercer el conocimiento que adquirí en mi curso técnico de enfermería que hice paralelo a la escuela preparatoria.

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La misión de una monja

El primer lugar que me mandaron fue Londrina, en el interior del estado de Paraná. Yo no tenía ni idea de mi orientación sexual. Antes de entrar al convento sólo llegué a besar niños. Era bastante inocente.

Como todas las mujeres vivíamos juntas, en un periodo que se llamaba noviciado —que es la primera etapa para consagrarte en la Orden Franciscana— fue inevitable que formáramos amistades fuertes y sentimientos cariñosos. Yo no tenía ninguna idea, pero tal vez fue ahí donde se manifestaron las primeras señales.

Tenía una u otra amiga que quería tener más cerca, y sentía celos de su amistad con otras chicas y unas ganas inmensas de estrechar los lazos del afecto. Nunca pasó de eso en aquella época. Aunque sólo hubiera sido un lazo de amistad, este tipo de sentimientos se trataba con franqueza en el convento, como un defecto que se necesitaba superar. Además, cualquier sentimiento que estuviera ligado al sexo, obviamente, era tratado como un tabú y un pecado de tentación.

El pecado

Terminando este periodo de experiencia, me mudé a otra casa en Jaú, en el interior del estado de Sao Paulo. Ahí tuve mi primera experiencia lésbica con una hermana consagrada. La verdad, fue ahí que empecé a cuestionarme por qué empezaron a florecer mis sentimientos.

No ocurrió nada de lo que se están imaginando. Como dije, la vida en el convento no tiene lujos y nosotras dormíamos en el piso. Como era normal tener amistades, no era algo descabellado dormir cerca de la hermana que mejor te caía. En una de esas noches, mi mano tocó la de mi hermana y nos hicimos cariños.

Fue confuso y tal vez lo que me salvó era que teníamos una serie de oraciones que recitar y muchas veces tenía que despertarme en la madrugada para ir a rezar a la capilla. Aquello puso fin a esos cariños, que no pasaron de ahí, y creo que fue lo que me salvó en aquel momento. Pero ya no podía volver atrás, porque ya había empezado a cuestionarme.

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