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Foto: Ronny Roma

En el blog de historias urbanas escribe José Vicente Solórzano Aguilar.

Cuando muchacho me gustaba mucho el programa radial Hablemos de Guatemala, dirigido a dos micrófonos por el locutor César García Cáceres y el periodista Héctor Gaitán. Lo transmitían los domingos por Radio Ranchera, de doce del mediodía a dos de la tarde. La primera mitad la dedicaban a comentar las costumbres, el folklore y las fiestas populares del país.

La segunda, mucho mejor y más emocionante, era la recreación de los cuentos de espantos y aparecidos. Locutores al mando de García Cáceres recreaban las historias legadas por la tradición oral guatemalteca, con certero manejo de la tensión y la trama.

Con eso tenía para no atreverme a andar por el corredor a oscuras cuando sentía ganas de ir al baño, hasta el fondo y a la derecha. No quería que se me atravesara la Llorona y su clamor desesperado por los hijitos que ahogó en el río para ocultar su infidelidad matrimonial. Si el alarido se escuchaba cerca es que andaba lejos, pero si lo oía quedito, como si fuera un susurro, la tendría a la par mía, lista para ganarme el alma si el tercer grito me sorprendía paralizado del miedo en el mismo lugar.

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De tiempo en tiempo me pregunto «¿será que los espantos siguen apareciendo? ¿El Cadejo negro sigue cuidando a los borrachos, el Duende acosa a las patojas de pelo largo y ojos grandes, la Siguanaba aún embarranca a los hombres que la siguen atraídos por la rica figura que se entrevé entre el camisón blanco que lleva puesto, sin que su larga cabellera, o más bien crin, permita entrever su verdadero rostro de caballo?».

En esas estaba cuando recibí correo electrónico de mi amigo Ronny Roma, quien trabaja investigaciones para su doctorado por la Universidad Autónoma de México en plantaciones de cacao situadas en el cantón de Guatuso, provincia de Alajuela, Costa Rica. El contenido resultó contestando mis preguntas y le pedí permiso para publicarlo. Los espantos y aparecidos siguen manifestándose en la era del celular, el internet y demás avances tecnológicos:

«Hoy regresé de Guatuso y alrededores.

Me comentaron que a fines del año pasado se dio la aparición de duendes en la escuela de la localidad de Buenos Aires. Varios niños los vieron.

»Hablé con uno de ellos, y me dijo que era chiquito, con las patas anchas, verdes, orejones, ojos rasgados, chatos, y de menos de 50 centímetros de altura. También hay otra descripción con pantalón rojo.

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Foto: Ronny Roma

»En el caso del duende verde, estaba viendo a los niños jugar fut, se escondió tras un palo pues el balón cayó cerca, y se le quedó viendo al niño que fue, y este les dijo a sus cuates, “muchá, acá hay un duende”. Todos van a ver, y cuando lo miran se caen del susto. No vieron si los pies los tenían al revés, ni si tenían boca o no.

»Dicen que estos duendes verdes se aparecen seguido en esa escuela, pues al parecer se construyó sobre lo que era un cementerio indígena y está cerca de una ceiba que piensan es su casa… y me dicen que desde hace más de 50 años hay apariciones de duendes verdes en la zona.

»Al duende de pantalones rojos lo vieron en un cementerio, llamando a un niño, y el niño se asustó y no fue con él. Se sabe de historias de niños que los siguen y nunca aparecen, es decir se los ganan. Hace tiempo no han desaparecido patojos en el área, pero hacía rato que no los miraban tan de cerca.

»Les dije que hagan como los h’men en Yucatán,

que les ponen tabaco y guaro a los aluxes para que se tranquilicen y pedirles perdón por haberlos molestado sin saberlo.

»Después una muchacha de origen nicaragüense me contó que su papá vio a la Sigua, la Siguamonta en un arroyo, y que él, como no creía en espantos, se dejó ir por el arroyo y solo sintió que el bulto blanco con cara de yegua se le acercó, le echó su aliento, y este cayó desmayado, y lo encontraron hasta ocho días después. Sobrevivió pues al parecer sabía de las malas artes y se curó. Su poder lo obtenía de comerse siete cabezas de víbora».

Al buscar el significado de h’men, averigüé que alude a los sabios y curanderos de los mayas asentados en la península de Yucatán. Y encontré más. Según reportaron agencias de noticias, un turista murió por robarse el juguete propiedad de un alux. El viajero entró a las grutas de Calcehtok en compañía de tres amigos, a finales de 2012, y le llamó la atención una piedra redonda, casi una pelotita. Se la llevó como recuerdo, regresó a su país, y un mes después sus compañeros organizaron una ceremonia de desagravio, dirigida por un sacerdote indígena.

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Foto: Ronny Roma

Aparte de sucederle cosas extrañas –el cable no las especifica–,

el viajero se enfermó sin que los médicos acertaran con el diagnóstico. Sus amigos relacionaron lo sucedido con el robo de la reliquia, pero murió antes de que la devolvieran. Al verla, el sacerdote supo que era la prenda favorita del alux. El castigo atravesó los mares para alcanzar al responsable.

Nada, que si veo a un duende observándome entre el monte termino de encanecer o me ensucio los pantalones. Y la próxima vez que visite un sitio arqueológico, me guardaré de embolsarme cualquier piedrecita o pedazo de cerámica que encuentre. Porque no hay que creer, ni dejar de creer.

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