En el blog de historias urbanas escribe José Vicente Solórzano Aguilar.

Las variantes del español habladas en Guatemala y Nicaragua comparten un adjetivo, arrecho, que adquiere distintos significados según el país. Para los guatemaltecos describe a una persona esforzada y trabajadora. Para el nicaragüense representa el enojo y el encabronamiento.

Eso se refleja en el carácter. El guatemalteco es indolente: soporta cualquier ofensa por temor a perder su trabajo, acepta que le arrebaten la galleta de la refacción en el recreo y se resigna ante los abusos del poder terrenal.

Solo le queda murmurar y burlarse a espaldas del enemigo. En cambio, cuando ya tuvo suficiente, el nicaragüense se agrupa en las rotondas, bloquea las carreteras y arranca los adoquines de las calles para alzar barricadas.

Lo hizo contra la guardia nacional que resguardó a la dinastía fundada por Anastasio Somoza García; lo hace contra las turbas que defienden a la pareja presidencial formada por Daniel Ortega y Rosario Murillo.

La lucha es desigual, han muerto demasiados jóvenes –los héroes de Nicaragua siempre tendrán quince años–, pero la población resiste segura de que esta vez no hay marcha atrás. Vigilan que no se infiltren ladrones y pandilleros; si ocurren saqueos en supermercados, recuperan cuanta mercadería robada pueden y la devuelven.

No se creen el cuento de que los manifestantes causan desórdenes e incendian los mercados. Y si atrapan a un paramilitar, como sucedió en el barrio indígena de Monimbó, cercano a la ciudad de Masaya –recién arrasada por los orteguistas–, lo devuelven de una pieza a su familia.

En respuesta, el régimen impone el miedo sobre la población, estrechan el sitio contra los estudiantes atrincherados en la Universidad Politécnica –a quienes acusan de almacenar armas y municiones de guerra–, e intenta restarles crédito a las protestas.

El recuento de víctimas ronda las 72 mientras escribo estas líneas y centenares resultaron heridos, sea en enfrentamientos, sea cazados a mansalva por francotiradores, sea por balas perdidas.

El diálogo convocado por la Conferencia Episcopal nicaragüense ocurrió en dos planos distintos: mientras Ortega lamentó que los tranques impiden la libre movilización de trabajadores, con gravísimas consecuencias para la economía del país, el dirigente estudiantil Lesther Alemán le exigió que ordenara el cese de la represión contra la gente.

¿No le hizo caso; tampoco se inmutó cuando la universitaria Madelaine Caracas le leyó los nombres y apellidos de los difuntos.

Entonces los tranques y caminatas siguieron en Managua, León, Jinotepe, Matagalpa, Jinotega y Diriamba; los participantes saben que la mal llamada juventud sandinista los acecha fusil en mano, al amparo de la Policía. Pero Nicaragua sigue arrecha.

Y justo me encontré con los versos de «La roca y la ola», escritos por el poeta griego Aristóteles Valaoritis (Leucada, 1824-1879). Compuestos para celebrar la devolución de las islas del Heptaneso a la soberanía helena, tras permanecer bajo protectorado inglés de 1815 a 1863, resultan un mensaje enviado desde el siglo XIX a la Nicaragua insurrecta:

«¡A un lado, deja pasar!» –grita la valiente ola
a la roca en la playa–:
A un lado porque mi pecho, antes muerto y frío,
revive hoy con el tormentoso viento del norte.

Mi espuma no es mi arma,
mi vacío silencio es mi grito de guerra,
llevo en mí ríos de sangre
y la maldición de un pueblo harto
me ha hecho engendrar una frase llena de vigor:
¡Roca: ahora caerás, tu hora ha llegado!
Los agravios son demasiados y se fueron acumulando uno por uno:
El tiempo me ha alimentado con hiel y odio;
crecí con dolor,
fui una lágrima, un día.
Pero sonó la hora de resistir: primero son unos pocos; después son multitud
agrupada en la calle y las rotondas:
¡Veme ahora!
¡Me he convertido en un mar!
¡Cae a mis pies y adórame!
En mi corazón no hay plantas marinas,
llevo una nube de almas,
soledad y condena.
¡Despierta! Los pasos de mi Hades te persiguen…

Llevan el recuento de cada hijo muerto, cada muchacho torturado, cada herido que no recibió atención médica en los hospitales aunque se desangrara a la vista de los médicos, todas las seis mil hectáreas de bosque de la reserva boscosa Indio Maíz que ardieron junto con sus animales silvestres ante la indolencia de las autoridades y la negativa a recibir ayuda de bomberos costarricenses.

E incluye la zozobra en que miles de inmigrantes, entre estudiantes becados, profesionales y trabajadores, viven al saber el diario peligro que enfrentan sus familiares en la tierra natal:

Me convertiste en una cama de muerte…
acumulando cadáveres sobre mí…
me enviaste a lejanas playas…
y muchos se rieron de mi agonía,
muchos se regocijaron con mi muerte,
y con el perdón envenenaron mi alma.

¡A un lado, roca! ¡Voy a pasar!

A pesar de las pérdidas sufridas, del dolor que rebosa por aquellos que partieron antes de tiempo, e indignada por la ceguera, la obstinación y la necedad de los que se creen gobernantes a perpetuidad, el nicaragüense se pone de pie y grita recio, al unísono con el poema de Valaoritis, para que se entienda aquí, allá y en todas partes:

¡A un lado, roca! ¡Voy a pasar!  Nicaragua está arrecha y no se va a detener hasta pulverizarla.
Nicaragua está insurrecta y tengo fe que ninguna instancia nacional de consenso intente llamarla a la moderación.

Si no le hacen caso, se va a encachimbar y hasta puede enturcarse. Eso ya es palabra mayor. Prueben a enojar a un nicaragüense y me cuentan. La tierra de lagos y volcanes, característica común a Guatemala, lo demanda y lo merece.

Posdata Minutos después de mandar esta nota a mi editor, me enteré de la muerte del cineasta guatemalteco Eduardo Spiegeler al caerle encima un «árbol de la vida» –esas estructuras de lata mandadas a sembrar en toda Managua por orden de Rosario Murillo; el humor popular los bautizó «chayopalos»–, mientras filmaba las protestas cerca del centro comercial Metrocentro, Managua. Extiendo mis condolencias a su familia y amigos; gente que me es cercana lo recuerda con afecto y aprecio.

Cita bibliográfica
La guerra de las montañas. Antología de poetas griegos del siglo XIX, estudio, selección y traducción de Cayetano Cantú, Ediciones El Tucán de Virginia y Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México DF, 1998.

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