Ah, los reglamentos, este es el tema de hoy en el Blog de Historias Urbanas de José Vicente Solórzano Aguilar.

Siempre habrá gente que se ciñe al mandato de la letra escrita. Veneran el cumplimiento estricto de lo fijado en leyes, estatutos y códigos. No se atreven a cuestionarlos, menos a razonar el contenido e interpretarlo. Cada artículo, inciso y considerando están cincelados en mármol, para complacencia de los dioses y obediencia de los súbditos. Toda transgresión se sanciona con veredictos inapelables.

De acuerdo, los reglamentos ayudan a fijar la conducta y mantener el orden en todo conglomerado social. Pero debiera existir una excepción que permita saltarlos en caso de emergencia. Fue lo que tuvieron que hacer los judíos cuando se rebelaron contra las costumbres helenizantes que pretendió imponerles el rey Antíoco IV Epífanes, quien gobernó Siria entre los años 175 y 164 antes de Cristo. Cerca de mil personas, entre hombres, mujeres y niños, se refugiaron en el desierto para mantener sus ritos y observar la Ley mosaica. Las tropas de ocupación acantonadas en Jerusalén salieron a perseguirlos y los cercaron. Al exigirles que salieran, los sitiados se negaron: era día sábado, reposo obligatorio fijado por el Señor, y no se moverían de ahí. Tampoco se defendieron. Los soldados los mataron a todos, ganado incluido.

Al enterarse, la familia que armó la resistencia conocida como los Macabeos decretó duelo. «Sin embargo», cita el Primer Libro de los Macabeos, capítulo 2, versículos 40 a 41, «se dijeron: “No podemos hacer como nuestros hermanos, sino que debemos luchar contra los paganos para defender nuestra vida y nuestras costumbres. De otra manera, pronto nos habrán exterminado”. Aquel día resolvieron defenderse contra quien los atacara en día sábado, y no dejar que los asesinaran, como había pasado con sus hermanos en aquellos refugios». (El subrayado es mío).

Ese se me ocurre ante la tardía activación de protocolos para recibir ayuda internacional destinada a los sobrevivientes de la erupción del volcán de Fuego. Camiones con alimentos procedentes de El Salvador y Honduras fueron retenidos en las fronteras; la embajada de Guatemala en México no daba información a quienes se acercaban con el deseo de aportar. Los aduaneros y los diplomáticos carecían de instrucciones; tampoco quisieron saltarse el reglamento: cuesta conseguir trabajo y la necesidad no se cubre con menciones de honor en redes sociales.

Tuvieron que pasar cinco días para que el Ministerio de Relaciones Exteriores y la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres abrieran cuentas bancarias para recibir donaciones en dólares y en euros. Lejos de hacer puntos ante la ciudadanía, causan desconfianza por el posible desvío de recursos a cuentas de funcionarios y paniaguados. Lo peor: reflejaron indolencia, cercana a la insolencia, mientras la gente se volcaba para ayudar con todo lo que pudiera.

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