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El protector*

Gabriel Arana Fuentes
20 de agosto, 2017

Capítulo 3

Jake

Al cruzar las puertas de la torre Logan no me sorprende encontrarme con un arco de seguridad y un escáner para los maletines. No obstante, si piensan que eso va a impedir que entre en el edificio con un arma es que son idiotas.

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Me coloco junto a una espectacular mujer de rasgos hispanos y me dirijo a la zona de control con la mirada fija en el guardia de seguridad. ¿En serio? Se han gastado una fortuna en equipamiento de última generación y ¿contratan a este vejestorio para que lo supervise todo? Sacudo la cabeza incrédulo. Este hombre debe de estar a punto de jubilarse y no le quita ojo a la mujer en vez de fijarse en el tipo de metro noventa y cinco vestido de traje que oculta una HecklerVP9.

Bueno, vale, no seré tan duro con el pobre y babeante guardia de seguridad. Él no sabe que llevo un arma escondida, pero está claro que soy un peligro mucho más evidente que la diminuta preciosidad que me está rozando el brazo en este momento, del todo ajena a las miradas lujuriosas del guardia porque sus ojos están clavados en mí.

Me acerco un poco más a ella, que contiene el aliento. Luego ejecuto mi movimiento a la perfección. Me detengo con brusquedad y me vuelvo como si me hubiera olvidado de algo, aprovechando así para tirarle el bolso al suelo.

Todo sale como si lo hubiéramos ensayado.

Ella grita, soltando el bolso y tambaleándose hacia atrás. La agarro por el brazo y la estabilizo antes de soltarla. El contenido del bolso se desparrama por el suelo y me agacho como un perfecto caballero. Ella está ya casi convencida de que lo soy.

Lo siento — digo de forma mecánica mientras recojo algunas de sus cosas.

Noto que se agacha a mi lado, tal como había previsto, y que pasa más tiempo colocándose bien la falda que recogiendo objetos. También me fijo en la tela ajustada que rodea lo que sin duda deben de ser unas tetas bien sabrosas.

No pasa nada — replica con entusiasmo, justo cuando el guardia de seguridad se une a nosotros, arriesgándose a romperse un hueso ante la posibilidad de que la preciosa morena le dirija algún halago.

Joder, si lo hubiera planificado no habría salido mejor. Me llevo la mano a la espalda y saco la pistola. Miro con disimulo a mi alrededor y la hago deslizar por el suelo de mármol con la fuerza precisa para que vaya a parar al otro extremo del escáner para equipajes.

Tome. — Le doy el bolso a la dama y acabo mi caballerosa actuación ayudando a levantarse al vejestorio—. ¿Todo bien? — le pregunto.

Estupendamente — responde él riendo, hinchando el pecho y librándose de mi mano.

Por dentro sonrío, y es una sonrisa auténtica. Ese tipo me ve como a un competidor. Ese sesentón con sobrepeso me ve a mí — famoso guardaespaldas con tableta de chocolate y en la flor de la vida— como una amenaza. Qué entrañable.

Después de usted —digo invitando a la mujer a que me preceda cuando el guardia de seguridad vuelve a ocupar su posición.

Menuda sonrisa me dirige. Si hubiera sido de madrugada y hubiera llevado veinte copas encima, tal vez habría aceptado su descarado ofrecimiento. Me meto las manos en los bolsillos mientras ella se acerca al escáner moviendo las caderas de manera que su generoso culo se menea seductoramente a lado y lado.

Me aguanto la risa, pero disfruto del espectáculo mientras dura. Luego la sigo y coloco el móvil, las llaves y la cartera en la bandeja para los objetos personales. Paso con tranquilidad bajo el arco de seguridad detrás de ella. El viejales ni siquiera me mira; probablemente si sonara la alarma no le haría ni caso. Está del todo hipnotizado por el culo redondo que se dirige a los ascensores.

Todo en orden —murmura mirándome un instante antes de regresar a su taburete y dejarse caer en él con un gruñido.

¿En orden? No tiene ni idea. Recojo mis cosas y luego me agacho para atarme el cordón del zapato, momento que aprovecho para recuperar la pistola y volver a guardarla en su sitio. Me dirijo a los ascensores y me reúno con la preciosa mujer con las manos cruzadas a la espalda mientras levanto la mirada hacia el indicador de piso.

Bonita corbata —susurra ella acariciando la seda de arriba abajo.

No logro disimular la sonrisa mientras bajo la vista y observo cómo sus dedos acarician la suave tela.

Una mujer que sabe lo que quiere —replico en voz baja mirándola a los ojos—. A algunos hombres les gusta.

Ella se muerde el labio inferior, saca pecho discretamente y suelta la corbata.

¿Ah,sí?

Contengo la risa ante su intento de aparentar inocencia.

Eso parece. —Las puertas del ascensor de la izquierda se abren y entro antes que ella. Ya no necesito fingir que soy un caballero. Ya ha cumplido su función. Me vuelvo y pulso el botón de la planta 50—. Lástima que yo no sea uno de ellos. Ha sido un placer.

Le guiño el ojo con descaro, viendo su mirada asombrada en los espejos que cubren las puertas justo antes de que se cierren. Una mujer más que piensa que soy un cabrón. No vendrá de una. Es la historia de mi vida; al menos, desde hace cuatro años.

El ascensor me lleva con rapidez a lo más alto de la torre Logan. Salgo al espacio minimalista y veo blanco por todas partes. Siento frío. Los suelos son de mármol blanco; las paredes, del mismo color —el blanco sólo roto por unos cuantos cuadros abstractos igual de fríos—, como también el enorme mostrador donde se encuentra la recepcionista.

Señor —su voz aguda y alegre llama mi atención—, ¿puedo ayudarlo?

Tengo cita a las tres con el señor Logan.

Examino el área, fijándome en las cámaras que hay en todas las esquinas. Apostaría algo a que me está observando en este momento. Enderezo los hombros y cruzo las manos a la espalda mientras vuelvo a mirar a la recepcionista.

Ella también se endereza y coge el teléfono.

Señor Logan, tengo aquí al señor… —Se interrumpe al darse cuenta de su error. Parece avergonzada, y las cosas empeoran cuando un hombre empieza a gritaral otro lado de la línea. Haciendo una mueca, cubre el auricular y me dice—: No he oído su nombre, señor…

Porque no se lo he dicho. —Guardo silencio y veo que la recepcionista quiere morirse allí mismo.

¿Su nombre, por favor?

Señalo el ordenador con el dedo.

¿No se lo ha chivado ese trasto?

No, no aparece en el sistema —responde perdiendo la paciencia, y yo sonrío por dentro por segunda vez en el mismo día.

Jake Sharp—digo al fin apiadándome de la recepcionista, que levanta la mano del auricular aliviada.

https://republica.gt/2017/07/23/diario-de-guantanamo-detenido/

El señor Sharp, señor. Jake Sharp. —La mujer pega tal brinco en el asiento que el auricular se le cae al suelo. La reputación de Logan lo precede. Sentiría lástima por su empleada si fuera un tipo compasivo, pero no lo soy. A continuación, gatea para recuperar el teléfono y exclama—:¡Sí, señor!—Cuelga ruidosamente, se desploma en la silla y traga saliva cerrando los ojos—. La última puerta a la izquierda— me indica señalando pasillo abajo.

Mientras camino, examino los cuadros colgados en la pared y arrugo la nariz ante la falta de gusto del infame hombre de negocios. Todos me parecen hechos como si el artista hubiera lanzado sobre el lienzo agua sucia de varios colores. Estoy seguro de que los amantes del arte pondrían el grito en el cielo si me oyeran, pero yo digo lo que veo, y lo que veo es un cuadro, pero en el mal sentido.

Cuando alzo el puño para llamar a la sólida puerta de caoba, oigo que alguien dice:

¡Pase!

Bajo la mano y miro por encima del hombro. Efectivamente, hay una cámara a mi espalda.

Como si estuviéramos en Gran Hermano, joder —murmuro abriendo la puerta.

No sé si sentirme halagado o insultado al ver que el tipo está flanqueado por dos gorilas.

Buenas tardes —saludo con tranquilidad, examinando a las enormes bestias que me observan con desconfianza. Logan señala una silla frente a él.

Siéntese, Sharp.

Cierro la puerta muy despacio, en un movimiento calculado para que los dos gorilas se relajen, y me acerco a la mesa con calma y la mirada puesta en el señor Logan pero sin perder detalle de mi entorno.

Me desabrocho la chaqueta del traje y me subo un poco las perneras del pantalón antes de sentarme con parsimonia. A los gorilas no les dedico siquiera una mirada de reojo. Eso les haría creer que me siento amenazado por ellos y no es así. Sólo son dos sacos de músculos, pero no tienen cerebro, y estoy convencido de que ninguno de los dos podría esprintar durante más de cinco segundos.

Encantado —miento acomodándome en la silla. La hostilidad que emana de los dos matones me perfora la piel. No les gusto. Bien; no estoy aquí para gustar a nadie.

Su reputación es impresionante. —Logan coge una carpeta y pasa unos papeles, haciéndome creer que están llenos de información sobre mí.

Siento vergüenza ajena. En la carpeta no hay nada, pero hacérselo notar a ese idiota sería una tontería. Me va a pagar, y muy bien.

*Fragmento del libro El protector, de Jodi Ellen Malpas, publicado en el sello Planeta, © 2017, Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

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