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Caminando por la Ciudad | La monja rumbera

Invitado
14 de febrero, 2021

La monja rumbera. Caminando por la Ciudad es el blog de Ángel Álvarez, quien narra historias y situaciones de los habitantes de la capital y otras ciudades.


“Me confieso que voy al cine, me escapo con mi amiga y vamos de rumba una vez al mes”. Eso se escucha en el confesionario de la capilla de la Virgen y en presencia de San Vicente de Paúl.

Sí, es Sor Maríarosa, la sonriente monja ordenada, culta y muy juvenil a pesar de sobrepasar los cuarenta años. Ella considera que debe confesarse todas las semanas. Se escapa con su amiga Irma y se van a bailar y a tomar unas copas al famoso cine Tropical de la Avenida Bolívar. No se pierden los estrenos del séptimo arte.

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Con su hábito azul y su cornete enyuquillado, se pierde entre el público de la galería donde se escuchan toda clase de comentarios. Solo quiere disfrutar del arte visual en la gran pantalla que proyecta los éxitos de moda. Luego se va a tomar un par de copitas suaves y no pierde buena bailada.

Es famosa en ciertos sitios donde le dan el privilegio de desestresarse por tanta actividad en la semana. Atiende a personas con necesidades económicas, da tutorías a sus alumnas y dedica tiempo a los quehaceres domésticos en la casa parroquial. Además, se dedica a administrar la cocina del convento lleno de hermanas y novicias principiantes.

Sor Maríarosa es una dama refinada, con buenos principios y muy piadosa. Pero cuando su amiga Irma la llega a buscar los viernes, sabe que va a descontrolarse entre buenas películas y unas copitas burbujeantes y mucho baile.

No importa si es blues, mambo, salsa, chachachá o rock and roll, del que se sabe todos los movimientos. Algunos la juzgan por su buen humor, por sus bailes y su adicción a las buenas películas.

Pero pocos conocen sus campañas para que los más pobres puedan tener algo digno qué comer, ropa para vestirse y un techo dónde habitar.

Se la pasa todos los días cargando costales de alimentos, bultos de ropa. También maneja ese duro y pesado picop de palanca al timón. En este carro lleva parales, láminas, tablas y cualquier cosa que le regalan para trasladar a los asentamientos de las orillas de la capital.

Además, en los vecindarios es famosa por la rica sazón que le da a las grandes ollas de comida que cocina junto con las amas de casa. Alimentan a ancianos, niños y desempleados.

También es bien arrecha a la hora de clavar, laminar, levantar paredes de madera. O simplemente cuidar que ninguno tome más de lo que debe, a la hora de la repartición de alimentos.

“Sor alegre”, le dicen a la monja

Todos le dicen la “sor alegre”. Pues terminadas las largas horas de trabajo, gusta bailar con los lugareños y una buena bebida fría, ya sea limonada, naranjada o agua fresca del pozo, no faltan en la reunión.

Se le ve sudorosa, agitada y pegando de gritos a los albañiles para que echen la mezcla antes que se empiece a secar.

También ayuda a pintar las casas, postes y árboles con la cal curada que ella misma prepara, según su fórmula secreta dura muchos años sin que se caiga.

Para nadie es un secreto que a veces se le salen unas cuantas malas palabras a la hora de estar en sus quehaceres. Pero como ella misma dice, “si no es así, algunos trabajadores no hacen las cosas bien”.

Debe estar con pie firme a la hora de hacer los inventarios finales de víveres, material de construcción o la ropita sobrante. Esas prendas que servirán al día siguiente para el próximo asentamiento humano que visitará.

Sus actividades no paran de lunes a viernes. Los fines de semana se transforma en la callada, metódica y sencilla hermana de la caridad. Se encarga de dar la doctrina a los niños del barrio, ayudar al cura a repartir la comunión. también administra la cocina del convento, dejando organizado el menú de toda la semana siguiente.

Por eso necesita darse sus escapadas los viernes al cine, al baile y a la tiendita donde ya saben que su amiga Irma le cuartea sus aguas gaseosas con piquete.

Así lo hace para que los juzgones no se molesten en ver a la hermana de la caridad dándose sus momentos de relajamiento.

Irma es una madre soltera que la llega a ayudar en sus quehaceres en los asentamientos y la acompaña en la búsqueda de saldos de ropa en las maquilas.

Van en busca de sobrantes de material no comercializado en las ferreterías y los menús que no salen a tiempo en restaurantes finos. Su fin es auxiliar a los necesitados.

A pesar de que Irma tiene mucha necesidad material, dice que es rica en lo espiritual porque trabaja al lado de la ayudante de Dios en los barrios más peligrosos de la ciudad.

El trato es que se van juntas a confesarse con el padre Ignacio, quien ya no sabe qué hacer para reformarlas. Por más padrenuestros y avemarías que les deje de penitencia, Irma siempre convence a sor Maríarosa de darse sus gustos y sus escapadas.

Por cierto que el taquillero del cine Tropical ya las reconoce y las deja entrar de gratis, pasados diez minutos después del comienzo de la película.

No importa si es estreno o alguna película de las que ya tienen varias semanas en cartelera. La madre superiora no sabe cómo sor Maríarosa consigue tantas “ofrendas” semana a semana y cómo tiene bien gorditos a los niños de los asentamientos.

Los hombres del barrio dicen que ella trabaja igual y más fuerte que los más recios del sector y no sale del barrio sin pasar saludando a media ciudad.

Los abrazos y apretones de mano dice que la mantienen fuerte, con energías para regresar semana tras semana acompañada de su compañera de batallas y de confesiones sacerdotales, donde ambas confiesan los mismos pecados de baile, de cine y de brindar sonrisas y abrazos a los que menos les tocó.

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