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Historias Urbanas: A pajarear

Invitado
30 de mayo, 2021

A pajarear. Esta es la historia urbana de José Vicente Solórzano Aguilar.

Tengo simpatía por los pájaros carpinteros desde niño, gracias a ese querido personaje conocido en nuestros hogares como el Pájaro Loco. De repente me río al evocar las aventuras donde se enfrentaba, entre bromas y picotazos, contra sus enemigos Pablo Morsa y Pepe Gallinazo.

La invención del Pájaro Loco tuvo mucho de dibujo animado según lo recordó su creador, Walter Lantz. Pasaba su luna de miel con su esposa, dentro de una cabaña, y no pudieron dormir debido al pájaro carpintero que se la pasó toda la noche picoteando los maderos para abrir su nido. O extraer insectos para alimentarse.

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Tuvieron motivos para recordarse del ave al otro día, acaso le echaron pestes, cuando llovió recio y el agua se les coló por todas partes. Esas travesuras se trasladaron a la pantalla desde finales de 1940 y nos siguen acompañando.

Pajarear y caminar

Ese tableteo a pausas, que se confunde con el paso de las máquinas podadoras de césped, aún se escucha entre los árboles que bordean ciertas calles y paseos citadinos. Con un poco de paciencia, y algo de suerte, se alcanza a distinguir la inconfundible mancha roja que distingue a la cabeza de la especie conocida como cheje (Melanerpes aurifornes) desde el centro de México hasta nuestros rumbos.

Aparte de caminar temprano, también me dedico a pajarear. Aguzo el oído para reconocer las llamadas del carpintero y su repiqueteo entre los árboles. Donde encuentro un agujero abierto en el tronco, me detengo a la espera de que el dueño de casa se asome a otear el paisaje o se acerque para alimentar a sus pichones. En ocasiones los veo avanzar a brinquitos entre las ramas o volando hasta lo más alto, solos o en parejas.

Si no avisto a los carpinteros, busco los lugares donde ya anidaron. Tanteo que eligen ramas secas, o ya hendidas por el rayo, para facilitar la tarea de horadarlos. Sus condominios semejan flautas, hasta cuatro agujeros se suceden en línea recta. Están a salvo de sus depredadores, ya no se ven expuestos a las bandas de niños y adolescentes que salían al monte para afinar su puntería y cazar aves con sus hondas. Las gracias sean dadas a las distracciones que proveen los teléfonos inteligentes.

Supieron adaptarse a las modificaciones causadas por los humanos, a la introducción de árboles foráneos y a la iluminación nocturna. Desde temprano se suceden las llamadas, en distintos registros, que alertan de su presencia y de la posesión de sus territorios. Todavía no figuran en los listados de especie en peligro de extinción, comparten espacio con el cenzontle, los zanates y las ardillas. Al pajarear es un gusto encontrárselos cuando se sale de día de campo. Y siempre les digo: «ahí me saludan a Woody».

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