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Rafael Correa, caudillo populista y visionario modernizante

Redacción
25 de abril, 2014

La modernidad y los viejos vicios políticos latinoamericanos se dan cita en el presidente de Ecuador, Rafael Correa, sin solución de continuidad. Impulsa de forma paralela una “revolución educativa” modernizante a la vez que instaura en Ecuador un caudillismo populista a la antigua usanza. 

El modelo de Correa es la eficiente y tecnologizada Corea del Sur, pero de forma simultánea su estilo de gobierno se asemeja más a los tradicionales líderes populistas latinoamericanos, autoritarios, que buscaban la continua reelección. Recuerda tanto a su admirado Eloy Alfaro como a Gabriel García Moreno. Ambos caudillos autoritarios ecuatorianos, que se autoconsideraban indispensables y eternos a la vez que buscaban la modernización del país apostando por la educación. 
Para Rafael Correa la reforma educativa es su proyecto estrella, el más emblemático pues asegura que la “revolución en la educación es lo más importante que estamos haciendo. Más importante que las carreteras, las hidroeléctricas, los aeropuertos, puertos, los hospitales mismo”. 
El presidente ha llegado a comentar que si hubiera una crisis económica por una caída del precio del petróleo y el Gobierno tuviese que introducir recortes en sus políticas públicas, sacrificaría todo excepto la educación: “La base de la democracia y de un proyecto social, es una educación pública, de acceso gratuito, masivo y de excelente calidad”. 
Correa inauguró recientemente la primera universidad de Tecnología de Investigación Experimental “Yachay“, su proyecto estrella (un complejo de 4.489 hectáreas que acoge por ahora a 187 estudiantes ecuatorianos con una planta docente integrada por 40 profesores nacionales y extranjeros de alto nivel académico y muy bien pagados). La viabilidad de este proyecto se basa en los ingresos provenientes de la exportación petrolera por lo que se trata de una fuente de financiación volátil lo que no deja de generar dudas sobre su consistencia. 
El propio Correa admite de donde vienen los recursos: “Renegociamos exitosamente la deuda interna, renegociamos duramente los contratos petroleros. Antes, en los 90, por cada barril nos daban 5 o 6 dólares cuando costaba 16. Pero luego subió el crudo a 60 y seguían dándonos lo mismo. Hoy es lo contrario, nosotros les pagamos a las compañías petroleras 10 o 12 dólares por barril y nos quedamos el resto. Así pues hemos aumentado la recaudación por eficiencia y por lucha contra la corrupción, algo sin precedentes en América Latina”. 
Pero a la vez que impulsa estas transformaciones modernizadoras, Correa es un típico caudillo latinoamericano, que se considera imprescindible e insustituible.
Tras ganar las elecciones de 2006, destruir en 2007 el sistema político ecuatoriano, nacido en 1982, y ver aprobada una nueva constitución (2008) que permite dos reelecciones consecutivas, fue reelegido en 2009 y de nuevo en 2013.
Siempre dijo que acataría el nuevo marco constitucional y que no se presentaría a la reelección en 2017. 
Sin embargo, nada más ganar en 2013 empezaron los rumores que ahora, tras los golpes políticos recibidos en las elecciones locales de 2014, ya se han hecho realidad. Ha visto como el correísmo perdía Quito y volvía ser derrotado en Guayaquil: ha quedado claro que sin Correa como candidato su movimiento pierde fuerza y se hace vulnerable. El presidente teme que su “Revolución ciudadana” no le sobreviva y permanecer en la presidencia se ha vuelto así una necesidad. 
Rafael Correa ya ha anunciado que se replanteará su decisión de no presentarse a una nueva reelección en los comicios de 2017 y evalúa la posibilidad de reformar la restricción constitucional que por ahora le impide buscar un nuevo mandato: “Es mi deber revisar la sincera decisión de no lanzarme a la reelección…creo que hay que pensarlo seriamente y hay que dejar la puerta abierta en caso de que esos nubarrones se hagan más grandes… (esos) nubarrones, en el horizonte de la Revolución Ciudadana”. 
Si algo demuestra la historia (y el caso de Correa lo confirma) es que no se puede confiar en los caudillos populistas (ni siquiera en los más modernizantes) porque siempre anteponen sus propios intereses a los de la nación y atropellan las instituciones en aras de permanecer en el poder.