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¿Hacia dónde va Costa Rica?

Redacción
02 de mayo, 2014

Este 8 de mayo Luis Guillermo Solís se convierte en el nuevo Presidente de Costa Rica. Su llegada al palacio presidencial rompe toda una tradición histórica de gobiernos del socialdemócrata PLN o del socialcristiano PUSC y por primera vez un partido como el PAC, recién nacido (a principios de la década pasada como una escisión de las otras dos grandes fuerza en especial del PLN), alcanza el poder. 

Solís encarna un deseo generalizado en la sociedad costarricense de cambio, sobre todo de clase política, pero también existe una aspiración a que la nación tome un rumbo nítido y claro frente a administraciones que no han poseído una clara idea de país. Llega muy respaldado con la mayor votación recibida nunca por un candidato pero con importantes lastres también. 
Pero qué es y que representa Solís. Y sobre todo, ¿podrá llevar a cabo sus proyectos de reforma, cambio y transformación? Varios son los aspectos a tener en cuenta en este sentido. 
En primer lugar, Solís es un hombre de izquierdas, no chavista, que cree en el papel de un Estado fuerte e intervencionista de matiz keynesiano. No es un fundamentalista y es capaz de tender puentes y dialogar con unos y con otros. En temas internacionales (su especialidad como académico que es) se trata de un convencido del proyecto de integración centroamericana. 
En segundo lugar, su proyecto es bastante pragmático. No aspira a convertir en tabula rasa con lo hecho por los gobiernos de Óscar Arias y Laura Chinchilla desde 2006 a 2014. Mantendrá la política de combate a la inseguridad que tan buenos resultados está dando, así como el esfuerzo que en educación está haciendo el país y respetará, si bien no aumentará, los tratados de libre comercio firmados hasta ahora, a pesar de que su partido abanderó la lucha contra el TLC con EEUU. Sus cambios pretenden ser, en líneas generales, paulatinos y no traumáticos. 
En tercer lugar, el grave problema de Solís es que no tiene fuerza política para impulsar esos planes de cambio, reforma y transformación. No es el líder natural –lo es Ottón Solís- de su partido (el PAC) que además se encuentra dividido y fragmentado en varias corrientes. Tiene 13 diputados de 57 posibles y está muy lejos de la mayoría (29). Su margen de maniobra no es muy amplio: el PLN, la fuerza mayoritaria, aspira a hacerle una oposición muy dura y el Movimiento Libertario se encuentra en las antípodas de la nueva administración. Pactar con los rivales del PLN (el izquierdista Frente Amplio o el socialcristiano PUSC) servirá para momentos coyunturales pero no para mantener una administración coherente. Ejemplo nítido de ello ha sido el pacto contranatura que ha tejido para conformar las autoridades del legislativo: ha logrado apoyos de la izquierda (Frente Amplio), del centroizquierda (PAC), del centroderecha (PUSC) y de la derecha evangélica (Renovación Costarricense). Y esto ha causado que el colectivo homosexual, que se inclinó por PAC, reaccione de forma virulenta ya que el oficialismo logró el respaldo evangélico a cambio de posponer la legislación a favor de los derechos de los homosexuales. Finalmente el PAC dio marcha atrás presionado por el Frente Amplio. Todo un aviso para navegantes sobre lo que puede venir en adelante (un gobierno débil, sujeto a presiones de la calle y de sus aliados coyunturales). 
Con esos escasos mimbres, a fuerza de lograr pactos legislativos con tanto esfuerzo y desgaste, impulsar un proyecto de país, una idea coherente de nación, se percibe como algo casi quimérico. Mucho más incluso afrontar los graves problemas que padece el país de tipo económico (un déficit del 6%), comerciales y de malas infraestructuras. El riesgo es muy alto para Costa Rica: no se trata solo de perder cuatro años con un gobierno paralizado y sin herramientas para gobernar sino dejar pasar el tren de la historia y de la modernización.
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