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Redacción
23 de mayo, 2014

En la última semana la oposición ha sido la protagonista del acontecer político en Venezuela al decidir congelar su diálogo con el gobierno, argumentando que no es posible proseguir los encuentros mientras el régimen reprima las protestas encabezadas por los estudiantes y otros sectores de la sociedad civil.

En este contexto, es importante aclarar que no toda la oposición estuvo de acuerdo con ir al diálogo en las condiciones planteadas. Sobre todo, porque precisamente antes del diálogo el gobierno ya estaba reprimiendo y violando derechos humanos y no había mostrado la menor intención de rectificar su proceder. Por el contrario, lo justificaba y lo incitaba olvidando -convenientemente- que el monopolio de la fuerza lo detenta el Estado. 
Llegados a este punto, muchos han caído en la trampa del orgullo y decir ‘se los dije’. Aún y cuando es valedero sostener que, en efecto, ir al diálogo en las condiciones planteadas constituyó una equivocación (y una equivocación que se pagará caro puesto que le brindó oxígeno y legitimidad a la administración de Nicolás Maduro) la oposición no puede fundamentar su comunicación basándose en la idea de la culpa. 
Nos encontramos en eso que algunos expertos en negociación llaman el estadio del qué pasó. Tenemos un desacuerdo sobre lo que pasó o debió pasar en cuanto a la forma, medios, principios y estrategia para enfrentar al gobierno venezolano y, con base en ello, invertimos nuestro tiempo intentando dar respuestas a preguntas tales como ¿Quién dijo y quién hizo qué? ¿Quién tiene la razón? ¿Quién quería decir qué? y, tal vez la pregunta más hiriente de todas, ¿Quién tuvo la culpa? 
Al igual que las relaciones personales se fracturan y difícilmente se recomponen como consecuencia de invertir el tiempo buscando culpables, el capital político opositor pierde su horizonte al pretender imponer su criterio sobre el resto de la disidencia. 
Antes de sentarse a dialogar con el gobierno, la oposición debe sentarse a dialogar consigo misma. Es imperativo establecer un criterio objetivo y consensuado que cree bases mínimas de entendimiento en torno a cómo enfrentar al gobierno venezolano. Lamentablemente hoy no existe ni siquiera simetría en cuanto a qué debe considerarse como una protesta válida, o si la violación de derechos humanos es relevante o no para la acción política. 
Si no es posible ponerse de acuerdo en temas tan esenciales, ¿cómo aspirar a debatir otros aspectos que también son cruciales para el destino del país? ¿Es viable proponer un debate sobre política petrolera? ¿Cómo enfrentar la fuerte corriente tendiente al populismo y la demagogia que impera en los socialistas de oposición? 
Dada la situación del país, creemos viable que todos reconozcamos una dura realidad: nos encontramos en un hoyo profundo, oscuro y nada alentador. Pero podemos escoger seguir hundiéndonos o comenzar a buscar las herramientas que nos permitan salir hacia la luz. 
Este esfuerzo requiere sin lugar a dudas dejar a un lado la miopía intelectual de la que hemos sido víctimas todos estos años. Requiere a su vez sincerar qué es lo que realmente queremos como política, si nos conformamos con cambiar al gobierno o sustituir el sistema imperante. Si la nuestra es una batalla por la defensa de principios o el acceso a meras prebendas leguleyas. Si el futuro no se construye en el presente y si no es acaso necesario replantearse incluso también la conciencia de país. 
Todas estas preguntas trascienden la retórica y constituyen tal vez el punto de inicio para un cambio. Porque hoy más congelada que el diálogo con el gobierno está la convicción de la oposición de creer en un país distinto.
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