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Sujetos a juicio

Redacción
04 de junio, 2014

La globalización indiscutiblemente está alcanzando todas las esferas de la actividad humana, tanto en los ámbitos de la economía y la comunicación como en el ejercicio de la soberanía de cada nación, al transformarse los criterios que predominaban hasta poco tiempo atrás, en una tenue línea que fácilmente se borra cuando se persigue una causa popular. 

Ya la injerencia de instancias y naciones extranjeras, han venido acentuando las alteraciones en las reglas del juego que colocan a la población en una situación de inestabilidad que conlleva al perjuicio generalizado, de cualquier “orden” interno, de por sí desordenado.
La idea que se forman del país y de sus ciudadanos depende casi exclusivamente de la información que se proyectan los operadores de las distintas organizaciones políticas, sociales, académicas y de los propios medios de comunicación, motivados cada vez más por la particular visión que predomina en sus cuadros. 
Fácil señalar y criticar desde la perspectiva de quienes han nacido, crecido y se han desenvuelto en ambientes más homogéneos, con sistemas estables y respetuosos de la ley y la igualdad de derechos, donde se abren muchas oportunidades y el desafío es la competencia con los semejantes. 
No imaginan ellos, las condiciones en extremo adversas ante la falta de seguridad, la extrema polarización rayana en el odio, el manoseo institucional y el predominio de la mentira como instrumento de publicidad. 
No conocen la vulnerabilidad de quien sabe que puede ser linchado o condenado a perpetuidad porque se limita su derecho a la defensa y se incumplen los principios del debido proceso; porque todo depende de quién sea y de la etiqueta que se le haya colgado para que se le declare culpable o inocente. Pero aun desconociendo la realidad nacional, al menos debieran considerar aspectos objetivos como es el hecho de que Guatemala con todas sus deficiencias y limitaciones, progresivamente y a partir de 1985 ha sido capaz de apegarse al principio original que caracteriza una democracia republicana y representativa, que parte de la elección popular, libre y mayoritaria de sus máximas autoridades y que hasta hoy, 29 años ha respetado el pluralismo y la alternabilidad en el poder. 
Por supuesto es una nación que enfrenta enormes rezagos, en parte debido a esa idiosincrasia compleja antes descrita y en parte por la ausencia de preparación y concepción ética en el servicio público que ha impedido el desarrollo integral de la nación. Un conflicto interno que sitió al Estado que durante mas de dos décadas se vio forzado privilegiar sus recursos en la lucha antisubversiva; una débil institucionalidad que ha facilitado la penetración de organizaciones del crimen organizado y de narcotraficantes y pandilleros, de donde se originan muchos los execrables hechos de violencia que hoy golpean a la población. 
Este último embate de las bandas criminales ha debilitado a la nación que de por sí, ya era vista despectivamente por los países desarrollados (institucionalmente fuertes, políticamente estables y con índices de desarrollo superiores), algunos de los cuales precisamente han logrado alcanzar altos índices de desarrollo precisamente acogiendo la explotación minera y recursos naturales (petróleo). Pero a Guatemala le recetan el conflicto social para impedir que aquí se aproveche la riqueza natural dentro de un marco de sensatez y verificación que prevenga la contaminación ambiental contribuyendo con ello a mantener la pobreza de la población. 
Y qué decir de los representantes de esas naciones que en un ambiente en el que imperan las opiniones divididas, han decidido inmiscuirse para inclinar la balanza en favor de unos y en desprecio de otros, y peor aún, en detrimento de la independencia del sistema de justicia del país a quienes coartan el ejercicio legítimo de su autoridad. 
Todo ello explica el desprecio con el que se trata al país y a sus ciudadanos como lo ha puesto en evidencia el proceso seguido en Suiza contra Erwin Sperissen.