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En memoria de la doctora Nochéz (i)

Redacción
04 de junio, 2014

Me he enfermado y he llamado a mi doctora pero ya no está. Se marchó de forma repentina hace algunos meses, no me enteré, no se despidió. Los médicos de ahora (en su mayoría) reciben al paciente y distraídos, al mismo tiempo que aquel les relata los síntomas, llenan la hoja del laboratorio (del cual reciben una comisión). Cobran y programan una próxima visita. Regresa el paciente tan solo para que le recetan medicamentos (por lo que también reciben comisión de las grandes farmacéuticas). Sin tan siquiera ser acompañado a la puerta por su médico sale el paciente cabizbajo, receta en mano. Las dos consultas juntas no duran a veces ni diez minutos. La relación médico-paciente es ahora, llanamente, un acto de comercio y lo más honesto y apropiado sería que los médicos se inscribiesen en el Registro Mercantil. Mi doctora no era así. A ella dedico esta columna. ¿Cómo la conocí? Esta es la historia. 

En cierta ocasión, para estas épocas de lluvia, hace algunos años, enfermé gravemente. No lo digo a la ligera, fue algo serio. Una noche, luego de asistir al “toque” de la banda de un amigo en un bar, fuimos a comer a lo que se supone es un restaurante decente, de esos que tienen licencia sanitaria. Ordenamos: hamburguesas y refrescos. Al día siguiente mis intestinos se quejaron. Fue transcurriendo el día y mi estado fue empeorando. Fui al hospital, uno de esos en la zona 10. 
Al entrar allí lo primero que hizo el personal fue despojarme de mi documento de identificación. Llegó la enfermera, midió presión y temperatura, preguntó por los síntomas. Después apareció el médico residente, midió presión y temperatura, preguntó por los síntomas. Luego, el médico de turno, midió presión y temperatura, preguntó por los síntomas. Ordenó exámenes de laboratorio y se marchó (a ver tele quizá). Entregué la muestra. Al cabo de unos minutos volvió el médico de turno, me diagnosticó, se trataba de un parásito intestinal. Me recetó. “¿Y los resultados de los exámenes?” Pregunté. “Ya se los darán”. Se marchó. Como la función de estos hospitales privados es lucrar y no sanar me pasaron a la caja. Me pidieron que firmara algunos documentos y se notó que se incomodaron porque decidí leerlos antes de firmarlos. Alcancé a leer que el Hospital X es una sociedad mercantil con fines de lucro y no se hacen responsables de absolutamente nada. 
No era la imagen que yo tenía del mundo de la medicina. Yo, muchacho ingenuo e inocente aun, pensaba que lo que los médicos querían en la vida era curar gente, así como los bomberos quieren apagar incendios o los policías quieren atrapar ladrones. Revisé los gastos, la consulta del médico ascendía a Q.600 (me pareció que exageraba pero, bueno, la salud es la máxima felicidad), aproximadamente Q.175 eran por el uso de la emergencia (tomar la presión y la temperatura tiene sus costos), Q.X por los exámenes de laboratorio (¿qué pasaría con esos?) y Q.12 por el termómetro. ¿¡Qué!? ¿¡Me estaban cobrando el termómetro!? Esto era inaudito. Reclamé. “¿Qué? ¿Acaso no le dieron su termómetro?” “No” “Bueno, pase por él, pídalo a las enfermeras.” Pasé por el termómetro. La enfermera abrió una gaveta, llena de termómetros y me dio uno al azar. Ese no fue el que yo me metí a la boca, pensé.
 Se disculpó por su descuido. “Perdón, se me olvidó dárselo” (y gesticuló una sonrisita hipócrita, tan guatemalteca). Sí, claro. No importa, algo aprendí: no debo olvidar el termómetro, para la próxima. Salía, ahora sí, con termómetro y factura en mano, listo para recuperar mi documento de identificación cuando… 
[continuará]
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