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La aduana del infierno

Redacción República
26 de agosto, 2014

Oí decir a alguien que es más fácil pasar
el camello por el ojo de una aguja que pasar un vehículo por la frontera de la
Hachadura. Este recinto aduanero y migratorio, ubicado sobre el litoral de la
costa del pacífico, es uno de los 3 puntos de trasiego de personas y
mercaderías entre El Salvador y Guatemala, y uno de los centros asignados para
el paso de transporte de carga entre ambos países. La sola aproximación a la
frontera, unos 5 kilómetros atrás, comienza a anunciar el calvario al que se
expondrán turistas y comerciantes.


Varias cosas llaman poderosamente la
atención de este lugar infernal. Primero la cola interminable de camiones de
carga que pacientemente hacen fila, no en las cunetas de la vía sino sobre la
misma carretera, obligando a los vehículos a tener que hacer colas por turnos
para dejar pasar a quien viene enfrente y teniendo luego que sortear camiones,
piedras, hoyos y bicicletas con el objetivo de poder finalmente llegar a las
instalaciones fronterizas. Esto cuando bien les va. Más de una vez por semana,
algún cabezal se atraviesa en toda la ruta, para evitar que otros conductores
de carga se les adelanten, causando con ello un atasco completo.


Un segundo aspecto de este “descensos ad ínferos”, es la llegada
misma a la frontera. Con unas
instalaciones que no han cambiado en los últimos 40 años, salvo los
funcionarios y los calendarios que cuelgan de las paredes, al turista o
comerciante le toca encontrar un espacio para parquear y hacer una infamante
cola. El trámite es un absoluto sin sentido. Entregar los documentos de
identificación para que se registren en una base de datos no compartida entre
ambos gobiernos, obliga a hacer el exactamente
el mismo trámite del otro lado. Más de algún desesperado simplemente obvia el
trámite y se interna en territorio vecino, sin posibilidad de control alguno
por las autoridades, pues la “falta de sistemas” que afecta a las autoridades
migratorias de ambos países se extiende a los mismos retenes policíacos que se
encuentran en el camino.

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Un tercer detalle es la ausencia completa
de autoridad. Sin Policía Nacional Civil, sin autoridades que ordenen o
informen (los únicos son los convenientemente parapetados tras la vieja
ventanilla de la oficina migratoria), cada quien puede hacer lo que le venga en
gana. El camionero se cuela, otro le bloquea el paso, el turista se pasa la
frontera, otros tapan el parqueo, en fin, cada quien de acuerdo a su gusto. Esta última vez, un funcionario de
la SAT apareció, asoleado y jadeante, con un
paquete de formularios de aduana que repartió con gran solemnidad entre
los turistas, pidiendo que estas formas se llenaran de inmediato “porque les
serían requeridos”. Todavía hoy muchos los llevan en las guanteras de su
vehículo.


Es verdaderamente triste ver este
espectáculo. Guatemala y El Salvador son los países que mayor relación tienen
entre sí en todo el territorio centroamericano. Lazos comerciales, turísticos y
hasta familiares hacen de estas dos naciones casi un mismo espacio geográfico. El vuelo en
avión entre las dos capitales (cuando el aeropuerto estaba en Ilopango) era el
más corto entre dos capitales en el mundo. Para los sectores empresariales de
ambos lados es una razón de estado fomentar el comercio con su vecino. No hay
razón para que este “paralelo 38” continúe dividiendo a nuestros países. Casi
con cinismo se ven ya las promesas de amor eterno que los gobiernos de ambos
lados se juran, cuando suscriben entendimientos de facilitación comercial, cada
4 o 5 años.


Propongo que un arranque de sensatez ambos
gobiernos decidan un día sustituir los papeles por los tractores y demoler de
una vez por todas esas vergonzosas casetas migratorias, que nos recuerdan todos
los días que tenemos fronteras quizá peores que aquellos países que están en
guerra. Quizá los costos derivados de las esperas en fronteras, en
combustibles, en salarios de transportistas, en desgaste de maquinaria, en
corrupción, puedan ponerse al servicio de una especie de “complejo migratorio
binacional”, en el que siguiendo el modelo de los peajes, facilite en un solo
punto entre ambos países, el pase simultáneo, ágil y moderno de turistas y
vehículos familiares, y a su vez genere recintos amplios que dé condiciones
dignas para el tránsito de bienes y mercaderías. Esto supone y eso es quizá lo
más complejo, la decisión política de las autoridades, pero también el romper
los paradigmas que muchas veces al otro lado de la frontera existen entre
comerciantes o negocios, que desean preservar para sí el consumo de sus
nacionales, buscando evitar que los consumos se trasladen el país vecino .
Mientras estas “casetas mentales” no las logremos derribar, siempre existirá el
político con la excusa perfecta para que nadie cambie.

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