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El no de los escoceses

Redacción República
24 de septiembre, 2014

“Escocia dice no a la independencia”. Ese era el titular de
medios de comunicación como El País, Prensa Libre, la BBC, o, incluso, el Granmacubano
con el que anunciaban el resultado del referéndum celebrado en el territorio
escocés el pasado 18 de septiembre. Al margen de la escasa originalidad de los
editorialistas, hay un error manifiesto. No votan los países. Votan las
personas. Los países no tienen capacidad física para colocar un sobre con una
papeleta dentro de una urna. Los países no opinan, ni deciden. No sienten, ni
valoran. Son, de partida, pedazos de territorio sobre los que se mueven los
seres humanos que opinan, deciden, sienten y valoran.

Me dirán que es un uso metafórico del término Escocia para
referirse a los escoceses. No, es la supeditación de la voluntad de todos y
cada uno de los ciudadanos a un ente mayor: el Estado (en este caso no nato).
De igual manera, la mención a los escoceses también merece ser matizada. ¿Quién
es escocés? ¿El que nace allí? ¿El que reside allí al margen de donde ha
nacido? ¿El que habla el inglés como si estuviera declamando a lord Byron
continuamente? Si he nacido allí y me voy a vivir a Londres o a Ciudad del
Cabo, ¿ya no soy escocés?

Estas cuestiones de las identidades nacionales siempre son
peliagudas. Porque un escocés, al final (como un catalán, un hadramutí o un
batusí), es aquel que se define como tal. En muchos casos, imponiendo su
identidad a los demás. En otros casos, dejándose llevar por la mayoría. En muy
pocos, pasando de identidades nacionales, regionales, locales o paletas (que es
todo lo mismo).

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Porque entre los votantes de Escocia seguro que hubo muchos
escoceses, pero también ingleses, galeses o irlandeses. También hubo quien se
decía de sí mismo británico, o europeo, o miembro de la Commonwealth e,
incluso, por qué no, cosmopolita. Pero la prensa es reduccionista y ese día 19,
primer día después del fallido referéndum secesionista, esa prensa se obstinaba
en presentar a los habitantes del norte de la isla de la Gran Bretaña como
todos escoceses o, peor aún, como la voz suprema de Escocia, una vez más, un
país que, como tal, no tiene laringe, ni faringe, ni cuerdas vocales, ni boca
con la que hablar.

Tras lo ocurrido en Escocia, nos esperan nuevas aventuras
secesionistas. La más inmediata, lo que pueda ocurrir en Cataluña, y a la
espera, Bretaña, la Padania, Córcega, Flandes, el País Vasco…

¿Por qué hay tantas personas que les gusta envolverse en
banderas nacionalistas? Son patriotas, me dirán. Yo veo políticos ambiciosos,
incapaces de obtener el poder en un Estado mayor y que lo buscan en un Estado
menor donde sí tienen predicamento. Veo resentidos sociales que incapaces de
mejorar su situación han decidido que la culpa es del otro, el extranjero, el
que viene de fuera o el que se lleva la riqueza a esa “fuera” tan críptica,
como aterradora. Veo ignorantes que se aferran a una historia falsa de honores
y grandezas pasadas (no, el tiempo pasado nunca fue mejor y, si no, que se lo
pregunten a las mujeres). Veo supuestos progres que piensan que la mejor forma
de combatir el capitalismo globalizador es volviendo a las aduanas que
empobrecen, a las fronteras que excluyen y a los privilegios que marginan.

Claro que esta visión debe ser el resultado de que yo no soy
patriota.

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