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El legado de Hayek

Redacción
03 de abril, 2015

Friedrich von Hayek, escritor de economía, derecho y política. El único miembro de la Escuela Austriaca en obtener un Premio Nobel de Economía (1974); curiosamente, lo compartió con Gunnar Myrdal, economista con una visión de su ciencia opuesta a la de Hayek.

La Escuela Austriaca es una tradición de pensamiento económico. Sin duda son los más ortodoxos en cuanto a la defensa del capitalismo y dentro de sus filas hay radicales de radicales como Rothbard y Huerta de Soto, críticos del liberalismo clásico y abogados de la erradicación del monopolio público de las armas y la justicia.

Pero de entre todas las grandes mentes de la Escuela Austriaca, Hayek destaca por haber tratado la economía desde un enfoque no económico, enfoque que creo yo es el más importante de todos: la política y el derecho. La vida de Hayek se puede dividir en dos momentos: antes y después de la II Guerra Mundial. Antes de la Guerra se dedicó a escribir sobre teoría económica partiendo de la metodología de los austriacos: la acción humana. En 1944, cerca del fin de la Guerra, publicó Camino de servidumbre, un análisis de los fundamentos del nazismo –muy parecidos a los del comunismo soviético–, fundamentos que Hayek temía se estaban replicando en los países libres como EE.UU e Inglaterra. Se refería a la excesiva confianza en el poder del Estado para solucionar todos los problemas de la vida y la sociedad. Este libro sería el punto de partida del nuevo objeto de estudio del intelectual de Viena.

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Sus dos libros insignia sobre filosofía política son Los fundamentos de la libertad y Derecho, legislación y libertad. Sin embargo en uno y otro hay un Hayek totalmente diferente. En el primero muestra su respeto por la tradición de la rule of law inglesa que luego heredó EE.UU. y sostiene que esos países son lo más fieles representantes del liberalismo. Luego habla de la experiencia francesa y el liberalismo continental, incluida la codificación, y aunque no se porta tímido en las críticas, también reconoce sus méritos para construir un Estado limitado.

En Derecho, legislación y libertad ya no se muestra tolerante a la tradición liberal continental. Critica severamente la idea de la codificación, culpa al Corpus Iuris de Justiniano por haber creado la equivocada idea que todo el derecho es el invento de la mente de un príncipe o de una legislatura y culpa al derecho natural racionalista por sostener que la razón es tan poderosa que puede organizar a la sociedad como un ingeniero construye una máquina bien aceitada. Su conclusión: la common law, la tradición anglosajona del derecho y su respeto por la costumbre, es el mejor sistema para preservar la libertad.

Otro gran libro suyo es La contrarrevolución de la ciencia. Según Peter Boettke es su mejor trabajo. En él Hayek la hace de detective: va en busca de los orígenes intelectuales del socialismo y, en general, de los totalitarismos del siglo XX, y los encuentra en la Francia posrevolucionaria. El racionalismo francés y el triunfo de las ciencias naturales hicieron creer a los hombres de la época que la razón era capaz de crear una sociedad de nueva planta y organizarla según los métodos de las ciencias duras. La historia mostró la imposibilidad de ello, pero también mostró que tratar de hacerlo implica la destrucción absoluta de la libertad: los hombres no somos máquinas que disciplinan sus actos según las órdenes del operador.

En la próxima columna haré unas críticas al trabajo de Hayek, claro está, con la prudencia con que un humilde aprendiz se dirigiría a su maestro erudito.