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RAZONEMOS NUESTRO VOTO

Betty Marroquin
13 de julio, 2015

Las elecciones presidenciales debieran ser como una competencia de Fórmula 1, en la que gana el líder más capaz, que implementa la mejor estrategia, y que cuenta con el equipo más hábil y organizado. Para llegar a ser piloto de F1, se necesita preparación. Los pilotos no son gente improvisada, tomada al azar sólo porque saben manejar un carro. Son gente que se entrena por largo tiempo, que se hacen asesorar de personas capaces, que siguen una estrategia pensada-medida-calculada. Tienen el objetivo personal de ser el número uno, pero también de que su equipo lo sea. Y vuelven año con año a hacer lo posible por superar el año anterior. Los grandes campeones han sido gente con una meta clara de hacia dónde van, con una visión definida del objetivo, y que han pasado a la historia dejando un nombre memorable. Obviamente, los objetivos al aspirar a la Presidencia son infinitamente más complejos y el paragón se queda corto. Sin embargo, lastimosamente, los candidatos presidenciales en Guatemala y las elecciones mismas están muy lejos de tener una estructura con siquiera las esenciales características de ese mundito que es la F1.

Hablemos de la competencia por la silla máxima del país. En lugar de ser vista con la seriedad que merece, es vista como una carrera por la guayaba.   Las campañas son llevadas casi como una burla a cualquier sentido de lógica y sensatez, ofreciendo el oro y el moro, pintando hasta la última piedra y poste, apelando a las pasiones del elector y no a su cerebro, sin metas definidas dignas (la única meta clara que tienen es salir de pobres y/o de deudas), cual piñata con todo y sorpresas. Lo que menos tienen es la característica de ser tomadas como lo que son: el camino para llegar a tomar el liderazgo de una nación, con responsabilidad, civismo y sentido profundo de servicio.

Los candidatos tienden a ser gente improvisada. Cuando mucho, han ocupado algún cargo público y casi nadie recuerda si lo hicieron bien o no. Hemos visto de todo. Desde candidatos que no saben ni cuantos ministerios tiene el gabinete, hasta candidatos que no saben cuántas etnias indígenas tiene Guatemala. Hemos escuchado ofrecimientos que van desde empleo para todos, hasta construir una gran carretera que comunique puntos vitales del país (que obviamente no viene construida, o la construyen sobrevaluándola al máximo para sacar sus tajadas, y en algunos casos, tan mal construida que sólo dura un par de años).

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Durante todas y cada una de las campañas electorales en las que he ejercido mi deber y mi derecho a votar, he observado la misma cosa: alianzas van, alianzas vienen, y con la amnesia se sostienen. Pareciera como si nuestro pueblo, y no me refiero solamente a la masa votante en el interior del país, sino también a la que se considera pensante en las zonas urbanas, olvidaran los abusos, las faltas, los errores e inclusive, los delitos cometidos por los aspirantes a la guayaba. Es evidente que cancelamos de la memoria los discursos contradictorios y las declaraciones controversiales.   Y me pregunto, ¿por qué en Guatemala nos pasa esto una y otra vez?

En estos tiempos, en que el clamor popular se ha despertado y pareciera iniciar una corriente de pensamiento que busca un cambio real para Guatemala, quizás sea el momento para que finalmente cuaje un voto razonado. Es indispensable cultivar esa corriente, fortalecerla, incentivarla. Debemos estimularnos a nosotros mismos y a quienes nos están en torno a mantenernos informados, a conocer mejor las propuestas electorales, cuando existen. Es importante escuchar a los candidatos, ver como se expresan, si son coherentes con sus conceptos, si lo que proponen no suena demasiado bueno para ser verdad, si es factible o ilusorio. Y también es fundamental que refresquemos nuestra memoria sobre la trayectoria de los personajes. ¿Qué han hecho en el pasado? ¿Qué tipo de servidor público han sido? ¿Se les ha imputado alguna falta? ¿Suena el río que hayan robado? Y de igual forma, debiéramos saber quién financia al candidato. Que deudas tiene, y con quién.

Son preguntas válidas. Quizás un día en Guatemala podamos tener los parámetros que se usan en países del primer mundo, para evitar que personas no idóneas aspiren a la máxima magistratura del Estado. Parámetros como una transparente y comprobable trayectoria profesional y educativa. Que sea verificable que han logrado en la vida. Transparencia en sus ingresos, comprobables. Y sin duda, tener la certeza de que quienes contribuyen a su campaña no pasaran la factura al país como se ha hecho y se hace hasta la fecha.

Despertemos, amigo lector. Leamos la letra chica, no votemos por quien nos sea simpático, o contra quien nos resulte antipático. Votemos por quien esté mejor preparado o preparada para el cargo, por quien tenga algo que demuestre su vocación de servicio al país. Votemos por alguien que no sea improvisado, que posea las cualidades de liderazgo para gobernar una nación. Votemos con el cerebro, no con el corazón ni con el hígado. Seamos objetivos, nuestro futuro y el de nuestros hijos depende de ello.

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