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Diletantismo electoral

Betty Marroquin
06 de agosto, 2015

Viendo las entrevistas de los candidatos a diputados, honestamente, dan ganas de llorar. Desde la falta de seriedad en su apariencia hasta la falta de seriedad en su forma de expresarse, dejan mucho que desear como futuros “padres de la patria”. Es como si la dignidad de ser un Diputado estuviera a la par de cualquier otra profesión. Y no es que menosprecie otras profesiones, es que el Diputado tiene una responsabilidad infinitas veces mayor a la que tenemos usted y yo, amigo lector, que nos dedicamos a nuestra actividad privada. Los Diputados, cuando no son diputiteres ni padrastros de la patria, tienen nada más y nada menos que la responsabilidad de legislar. Tristemente, pareciera como si el hacer las leyes bajo las cuales regimos nuestro actuar fuera un tema insignificante.   Leyendo los múltiples comentarios en Twitter a raíz de las entrevistas en los medios, es claro que ese malestar es generalizado y compartido por ciudadanos de todas las edades, estratos sociales, y grupos étnicos.   Pocos son los que se presentan con seriedad, y responden de igual forma. La gran mayoría balbucea, cuando les preguntan sobre su experiencia es nula cuando no trivial, nimia.

Casi todos los que se están postulando por la enésima vez, tienen tan mala reputación que me parece increíble que no comprendan que la gente no los ve con el respeto y dignidad que su representatividad debiera conllevar, sino más bien, con total desdén y desconfianza.  Gente poco seria, que se ha cambiado de partido como cambiarse de zapatos. Que cambian de opinión, de visión, de postura cual adolescente enamoradizo. Lejos están del concepto inicial del Senador, palabra derivada de senex que significa anciano, en un momento en que el anciano era cuasi sinónimo de sabio. Gracias a esa gran mayoría de congresistas que hemos tenido, el ser Diputado se ha desprestigiado a tal punto que quienes debieran postularse no lo hacen para no caer en la misma categoría. Aquí, se le tiene tan poco respeto al Congreso, que delincuentes convictos vienen postulados. Es hora que se retiren a sus casas, y es una pena que nuestro sistema electoral no nos permite salvar a los pocos que merecerían quedarse de los 158 diputados actuales (Alemania tiene 99).   El sistema de elección de diputados debiera ser una de las reformas a la Ley Electoral. Está bien elegir por listado, cuando el respeto a la dignidad del cargo es tal, como en Alemania, que cada listado está conformado en su gran mayoría por personas idóneas. Obviamente, no es el caso de Guatemala. Aquí debiera ser nominal.

Ante semejante realidad, como el ex Presidente Reagan me pregunto cómo hubieran sido los Diez Mandamientos si Moisés los hubiera hecho pasar por el Congreso. Si bien Reagan se refirió al muy superior Congreso de los Estados Unidos, ¡imagínese amigo lector lo que hubiera sucedido si fuera el nuestro, considerando la calidad de nuestro Congreso!

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Ahora hablemos de las nuevas camadas. A excepción de unos poquitos, contaditos con los dedos de las manos y sobran dedos, son uno más mediocre, más diletante que el siguiente. Los entrevistadores los acorralan con preguntas sobre su educación (algunos aún ni la terminan), y en cuanto a experiencia se refiere, van de la poca a la nula. Debiéramos tener claro que los representantes del pueblo que elaboran las leyes con las cuales regimos nuestra vida ciudadana debieran ser individuos de la más alta preparación, experiencia evidente, trayectoria, intachable reputación y con una fuente comprobable de ingresos. Gente que no necesite el cargo para salir de pobre, para eliminar al tradicional ladrón y parásito social que ven en el cargo público la solución a sus problemas financieros. Para ello, se necesita mucho más que tener buena letra, ser simpático, bien enganchado, o no tener antecedentes exóticos de ningún tipo. El Congreso debiera ser integrado por la gente más ilustre y excelsa, por los cerebros mejor alimentados de la nación. Guatemaltecos que tengan algo que aportar, que sepan a qué van, que entiendan la importancia y la dignidad de ocupar una curul, y que mantengan siempre presentes que sus acciones tienen consecuencias que afectan a todo el país.   Estamos como se temía Tocqueville cuando dijo que “la República (Americana, pero se nos aplica perfectamente) sobrevivirá hasta el día en que el Congreso pueda chantajear al pueblo, con el dinero del pueblo”. Lora sangre señores, llora sangre, y en esas estamos.

¿Cómo llegamos a caer en esta espiral descendiente? Los candidatos presidenciales postulan a sus amigos, a hijos de amigos o colaboradores, usan las curules para pagar deudas y compromisos de campaña. Los partidos usan las curules como medio de chantaje al candidato para darle la nominación en el partido, obligándolo a veces a aceptar ineptos absolutos o gente de reputación cuestionable en sus listados. Y así, los listados terminan por estar conformados por nombres de gente poco merecedora del honor que debiera ser servir al país. Gente que sólo busca enriquecerse fácilmente, abusar de su poder para fomentar el nepotismo, delinquir con la pluma y a veces la pistola, favorecer a todos menos al pueblo al que debieran servir.

Y si tenemos claro cuál es el problema, ¿qué haremos para resolverlo? Lo más patético es que al punto al que hemos llegado, como dice John Stewart, si “con” es el opuesto de “pro”, congreso viene a ser el opuesto de progreso. Si como dice Thomas Hobbes, la prudencia consiste en la habilidad de sacar conclusiones prácticas de experiencias pasadas, es hora que los guatemaltecos mostremos un grado de prudencia, y de una vez por todas, demostremos que queremos en las urnas. Así que amigo lector, ¡vote por favor con prudencia y razonado!

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