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¿Qué nos pasa?

Betty Marroquin
12 de diciembre, 2016

Ayer tuve la dicha de asistir al estadio para ver a mi selección ganar un partido difícil con una de las selecciones más populares de Guatemala. Me refiero a la victoria de los Panza Verdes contra los Cremas. Ir al estadio debiera ser una actividad positiva, que uno celebra entre amigos, o con frecuencia, entre padres e hijos. Se supone que practicar un deporte o apoyar un equipo debiera ser algo sano y agradable. Para mí es un motivo de alegría, un buen modo de bajar el stress, de reír, de gritar y emocionarme. Se vale ser mal hablado y cuando frustrado gritar algún improperio. Con eso no es que se haga mayor daño, es una cretinada aceptable para la gran mayoría de personas en el estadio. Lo que no se vale bajo ningún punto de vista, es ser violento.

Ayer, al final del primer tiempo, según parece, unos fanáticos de los Cremas fueron agredidos por unos fanáticos Panza Verdes, y tuvieron que intervenir las fuerzas del orden. Una pena, innecesaria, una situación que realmente no deja nada bueno. Como seguidora del Antigua, me sentí apenada por semejante conducta troglodita e injustificable.

Pero lo que se debiera llevar definitivamente la desaprobación generalizada es la conducta deplorable de algunos seguidores de los Cremas. Dañar el estadio es atentar contra el patrimonio de la comunidad, motivo suficiente para pasar unas buenas noches en prisión porque es ilegal, punto y basta.

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Cómo si eso no fuese suficiente, algunos hinchas cremas, completamente borrachos, atacaron a los panza verdes cuando salíamos del juego. Afortunadamente no nos pasó nada, si bien trataron de lanzar una patada que gracias al alcohol no me llegó más que a rozar las botas, porque íbamos en moto. Gracias al cielo pasamos por la calle de salida para volver al casco de la ciudad, justo antes de que se desatara el desastre. Los mismos señores etílicos presos de sus obtusas y evidentemente obscuras pasiones, por alguna razón absurda e ilógica que no entiendo, decidieron romper los vidrios de cuanto carro tuvieron frente a ellos, pensando que eran antigueños.

Deplorable actitud, es decir poco. Nos burlamos de los hooligans en Europa, los criticamos por comportarse como Neanderthals, y vamos y hacemos lo mismo o peor. De dónde viene tanta violencia, es la pregunta. Este episodio no es una excepción. Salimos furiosos a manejar, histéricos por el tráfico infernal que tenemos, y quienes manejan carros grandes con frecuencia le tiran el carro, literalmente, al carro pequeño al que le quieren rebasar sí o sí. No tenemos mucha paciencia con quienes nos sirven, y tristemente noto que siempre hay gente que olvida decir “por favor” y “gracias”, como si fuera tan difícil ser cortés con el prójimo, por mera buena educación. Ya no digamos saludar al entrar a un lugar.

Guatemala tiene diez mil problemas, retos sumamente complejos y que no se resolverán en un año de gobierno, porque vienen enraizados luego de décadas de malos gobiernos. Pero y ¿cuál es la excusa de la sociedad para comportarse tan prepotente y violentamente?

Sigo creyendo firmemente que todo empieza por casa. Tratar bien a nuestros semejantes, ser amables con todo mundo incluyendo quienes nos sirven y atienden, el intentar ser civilizados, y sobre todo, personas maduras que se comporten con dignidad y buena educación, no es tan difícil.

Se refleja en todo, en nuestro actuar como sector productivo, como masa laboral, o como gobierno. Intentémoslo, los reto a que sean amables hoy con todo aquel que cruce sus caminos, y luego me cuenta como les fue.

Guate quiere gente de bien, gente considerada del prójimo, gente que reaccione con la cabeza, no con el hígado, gente que use su raciocinio. Ojalá algún día nuestro país sea ese remanso de serenidad y prosperidad, que puede llegar a ser, aprendamos a responsabilizarnos de nuestros actos, a practicar la consideración y el respeto a todo aquel que cruce nuestro camino, y con ello, construir una Guatemala mejor. ¡Animo, si se puede!

Republicagt es ajena a la opinión expresada en este artículo

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