Política
Política
Empresa
Empresa
Investigación y Análisis
Investigación y Análisis
Internacional
Internacional
Opinión
Opinión
Inmobiliaria
Inmobiliaria
Agenda Empresarial
Agenda Empresarial

¡Bommerang!

Redacción
13 de marzo, 2016

Suponga que tiene fuertes dolores y su médico le indica que debe someterse a una cirugía. Esta será la primera vez que estará bajo el bisturí en un quirófano y decide evaluar a distintos cirujanos para buscar elevar las probabilidades que la cirugía sea exitosa. Encuentra que en su municipio hay únicamente 2 cirujanos con la capacidad de efectuar esta cirugía. Al investigarlos se da cuenta que el cirujano más veterano ha realizado esta operación unas 50 veces, pero al indagar más, encuentra que 4 de cada 10 pacientes fallecen en la mesa de operaciones. Rápidamente piensa que por lo menos 60% de los pacientes sobreviven la operación. El segundo cirujano es más joven y aunque solo ha realizado esta operación la mitad de las veces que el cirujano veterano, 9 de cada 10 de sus pacientes sobreviven la operación. Ambos cirujanos están comprometidos con su trabajo y tratan de hacerlo lo mejor posible. ¿A qué cirujano elegiría? ¿Al veterano a quien se le mueren el 40% de los pacientes y tiene una tasa de éxito del 60%? ¿O al cirujano más joven al cuál se le han muerto únicamente el 10% de los pacientes, pero tiene menos experiencia que el veterano?

Yo elegiría al cirujano más joven pero cuya tasa de éxito es del 90%. Me sentiría más confiado de poder sobrevivir la operación y en definitiva, no quisiera poner mi vida en juego.

Llevemos el mismo ejemplo al aula: Si en vez de cirujanos estuviéramos hablando de docentes, ¿cuál de los dos creería que tendría más éxito en el aprendizaje de sus alumnos?

SUSCRIBITE A NUESTRO NEWSLETTER

Cuando un docente evalúa a sus estudiantes, en la superficie fácilmente puede pensarse que está evaluando qué tanto aprendieron. Sin embargo al profundizar un poco resulta que los resultados de los estudiantes son en realidad una evaluación respecto al trabajo del mismo docente. Bajo el supuesto que la evaluación fue elaborada a conciencia por el docente para evaluar a sus estudiantes sobre lo que enseñó, más que medir que tanto aprendieron los estudiantes, la evaluación refleja que tan bien o no el docente estimuló el aprendizaje de sus alumnos.

Según el Diccionario de la Real Academia Española, “enseñar” es “instruir, doctrinar, amaestrar con reglas o preceptos” y la definición de “aprendizaje” es “adquisición por la práctica de una conducta duradera”. Comprendiendo estas definiciones es más fácil darse cuenta que la labor del docente no se limita es enseñar sino a estimular el aprendizaje de sus alumnos, y cuando los evalúa, los resultados de la evaluación reflejarán su labor como docente.

A pesar de esto, hay docentes empecinados en creer que mientras más difícil se perciba su clase o menos alumnos ganen sus cursos, mejor será su labor docente. En realidad es todo lo contrario. Las clases que son más entretenidas estimulan el aprendizaje y aquel docente que logra que el aprendizaje de sus alumnos se refleje en mejores calificaciones está demostrando que ha sido más capaz de facilitar el aprendizaje. Las evaluaciones deben servir más como una herramienta para que el docente adapte sus clases en función de cómo están logrando aprender sus estudiantes y apalancarse en distintas herramientas de evaluación – tales como rúbricas, co evaluación, hetero evaluación, lista de cotejo y otras herramientas para llevar a cabo una evaluación integral. Sin embargo, no es mi propósito hablar de herramientas de evaluación sino de lo que su resultado refleja respecto al aprendizaje de los alumnos y la labor del docente.

El rol del docente debe ser – más que el de un transmisor de conocimiento – el de un facilitador de aprendizaje que reta el pensamiento de sus alumnos. Catalogar a los alumnos por sus resultados:  “estudiosos” a los que obtienen buenas calificaciones y “haraganes” o “problemáticos” a quienes no, aleja al docente de su rol de facilitador.