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La crónica del hambre histórica

Redacción
04 de marzo, 2016

La desnutrición es un eufemismo de los expertos para no hablar de hambre. Por eso hay que llamarla como tal: todos los tipos de desnutrición, sea aguda, crónica o global, implican experiencias largas o cortas de hambre.
Distinguir los tipos de hambre importa en tanto cada uno tiene secuelas distintas. Sin embargo, todos tienen la pobreza y la injusticia como sus causas básicas.
La desnutrición aguda, retraso del peso para la talla, corresponde al “hambre aguda”; la desnutrición crónica, retraso de la talla para la edad, corresponde al “hambre crónica”; y en Guatemala, además, hay graves carencias de micronutrientes como hierro, zinc y calcio, un problema denominado “hambre oculta”, derivado de la mono dieta de la gente. ¿Qué come una familia pobre en una comunidad rural? Su dieta consiste en maíz, frijol y algunas hierbas.
Aunque ninguna de las tres modalidades de desnutrición debería existir en un país con el nivel de ingreso de Guatemala de renta media, es visible que la situación ha tendido a mejorar pero a un ritmo lentísimo e inaceptable. La desnutrición venía bajando lento pero constantemente en 1 punto porcentual durante el período de los gobiernos de Oscar Berger y Alvaro Colom, hasta llegar a una desaceleración de 0.66 puntos porcentuales en el periodo del ex presidente Perez. En síntesis: el país no solo avanza demasiado despacio sino que retrocedió.
Pero los datos anteriores corresponden a promedios nacionales. Cuando se mira más de cerca a las poblaciones vulnerables, como los niños y niñas más pequeños, desagregando las áreas rurales y urbanas, subregiones y departamentos, las cifras son más altas y muestran lo que esconden los promedios. La desnutrición crónica entre menores de 5 años en las zonas rurales es mayor que en las urbanas. El ciclo de vida de la desnutrición crónica empieza y termina en la mirada de una mujer pobre que vive en alguna comunidad rural. Las más afectadas son siempre las poblaciones más frágiles, como los niños y niñas más pequeños, los más pobres, y las regiones donde están los indígenas campesinos.
¿Cuáles son las verdaderas causas y las verdaderas soluciones? Ayer asistí a la presentación pública de la nueva apuesta gubernamental para combatir la desnutrición crónica, y plantea ganar velocidad en la prevención de la DCI mediante un menor enfoque territorial (menos área geográfica a ser atendida) e intensificando el abordaje en 15 acciones.
Sin embargo, cuando hablamos de cifras, acciones, soluciones, programas, proyectos y propuestas, pienso en esa mujer pobre y en sus hijos, pienso en un padre que tuvo que migrar forzado por la pobreza y la falta de oportunidades para ganarse la vida decentemente, y pienso que todos debemos aspirar a que los derechos de nacer bien, crecer sano, aprender sin problema y optar a buenos trabajos son derechos universales.
Sin entrar a hablar sobre la seguridad alimentaria, el punto es que el hambre se cura con el acceso a alimentos. Los alimentos se producen o se compran, y eso requiere de dinero, o sea, se necesita tener ingresos suficientes para satisfacer esa ingesta calórica básica.
El BID ha publicado su nueva teoría del cambio llamado “Crecimiento Inclusivo”, y dice claramente que cualquier plan o programa en el campo de lo social debe ir acompañado, sino es que impulsado, por una política económica correcta, audaz, y que genere ingresos para propiciar el llamado progreso social. Esto es el derecho un trabajo digno para tener seguridad alimentaria y nutricional de manera autónoma. En vez de eso – y cuando más- el gobierno hasta diciembre 2015, los asistía con programas de ayuda alimentaria que son solo paliativos, muy costosos, y vulnerables a prácticas de corrupción y clientelismo político.
Urgen soluciones integrales, no asistenciales. Remedios estructurales, no puntuales. Opciones reales de desarrollo con las poblaciones, desde el territorio y su gente.

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