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En el nombre de algún dios…

José Carlos Ortega
02 de abril, 2016

Un par de semanas llenas de terrorismo extremista, le dicen algunos. Una bomba en la capital de Turquía, Ankara. Tres bombas en Bruselas, dos en el aeropuerto y otra en el subterráneo. Una bomba en Irak, adentro de un estadio de fútbol… Intento en Paris, frustrado. Una más en Yemen. Otra bomba en un parque infantil en Lahore, Paquistán, en medio de la celebración cristiana de la Pascua, pero en la que no había solo cristianos, lo que más había eran niños. Una bomba más en Turquía. Mientras tanto un loco, un poco diferente, tirando misiles en la península coreana y sus alrededores.
No recuerdo cuántos muertos, sé que ya son centenas. Posiblemente millares de heridos. Familias desgarradas, sociedades destruidas, que terminan con más polarización y un mundo que comienza a vivir con más miedo que cuando le teníamos miedo a la bomba atómica…
Una persona se acercó y me dijo: “no entiendo el terrorismo”. No sé si me estaba preguntando… Tal vez sólo me lo decía, y yo, quería tener las respuestas. El terrorismo no tiene ninguna lógica racional. Tampoco estratégica. El terrorismo en principio quiere causar terror, hacer creer un poder que no es verdadero. Como cuando una fiera amenaza, lo primero que quiere es que su víctima u oponente lo crea superior, infringir miedo paralizante, y así ganar sin respuesta. En los humanos infunde un miedo que hace perder la razón, la inteligencia y actuar solo por instintos.
El terror no gana adeptos, solo esclavos, siervos que a la menor oportunidad intentarán huir. Esa es una de las razones por las que la guerrilla guatemalteca fracasó. Masacraban pueblos, familias, les robaban, amenazaban y querían su apoyo. Eso no genera lealtad. Y ahora…
Al oír a los expertos en terrorismo, sobre todo éste que nace de facciones islamistas, quieren encontrar patrones: jóvenes, nacidos en los países donde sus padres fueron inmigrantes, de alguna manera se sienten excluidos, con menos oportunidades, sin los mismos valores religiosos que sus padres, con vidas más mundanas que correctas, que no conocieron los sufrimientos que sus padres tuvieron en los países de origen, las carencias, de oportunidades y de libertades, y que de repente tienen un encuentro con una religión que promete una venganza, y en medio de la venganza, su salvación personal, el paraíso, la inclusión, aceptación. Y claro, Occidente tampoco ha sido tan benévolo para sus países de origen, con intereses y sin amigos, apoyando regímenes que no respetaban a sus individuos. Exportar sus soluciones de acuerdo a sus intereses, que no son los valores con los que se fundaron (¿alguna similitud con nosotros?).
He reflexionado con amigos acerca de algo que debiera llamarse la antropología de las religiones, que me imagino el Dr. Jesús García tendrá muy bien estudiada con su equipo de la Sorbona. En esa hipótesis, que de repente alguien ya habrá estudiado, planteo que las religiones, en su crecimiento y madurez pasan por etapas de extrema violencia. Posiblemente el islamismo, en sus ramas no ortodoxas, sino en corrientes fanatizadas y hasta fuera de los valores tradicionales, tenga sectarismo que contraríe las doctrinas correctas, pero que tiene un origen en el mismo islamismo. Ya ha pasado con varias de las religiones tradicionales, que en algunos momentos históricos, han tenido expresiones de violencia significativas.
El terror se apodera del mundo, y los instintos de supervivencia afloran. Se debe colocar un muro en el sur de los Estados Unidos de América, y otro también entre Siria y Turquía. Se debe atacar con toda la fuerza. Se sospecha de vecinos, se espían teléfonos y computadoras, y no importa. El miedo hace pensar en perder libertades a cambio de la esperanza de conservar la vida. Pero también radicaliza, y así como un animal con miedo es capaz de defenderse y pelear hasta matar al enemigo, nosotros los humanos nos radicalizamos, generalizamos, discriminamos, volvemos a excluir de manera más fuerte, atropellamos los valores fundamentales: la vida de un oponente no es importante, cuanto menos su derecho a defensa o su elemental presunción de inocencia.
La humanidad ha superado esos momentos cuando ha habido más tolerancia, cuando trata a todas las personas con respeto, aceptando sus diferencias, aunque difieran en sus creencias, dando libertad de conciencia, de expresión, de culto, igualando a todos, pero en su valor como persona, en su libertad, en su igualdad, pero ante la ley. El deber de los gobiernos es defender los derechos fundamentales de los individuos a toda costa, las vidas, libertades y propiedades. La labor de los líderes eclesiales es enseñar sobre el respeto, la tolerancia, el amor. Nosotros, a crear esos ambientes de inclusión, de ser la diferencia. El llamado es para todos, pero principalmente para los líderes islamistas a enseñar los valores correctos, a llegar a esos jóvenes y explicar las razones correctas, a guiar por el camino de esa paz que resume el nombre Islam, esa bendición y paz de actuar de forma correcta.
Guatemala, un poco alejada de esa guerra, con excepción de nuestros hermanos heridos en el aeropuerto de Bruselas, necesita eso, una sociedad que se respete, que defienda los derechos fundamentales, que elimine los privilegios, porque ya no queremos un enfrentamiento que nos vuelva a polarizar y hacer surgir otra época de terror donde no gana nadie, solo los violentos.

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