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Con la Conciencia Tranquila

José Carlos Ortega
18 de junio, 2016

Estamos viviendo tiempos históricos, dicen varios connotados analistas. Por supuesto, todos los tiempos presentes serán históricos mañana. Pero la connotación señala que estamos en medio de un tiempo que es indispensable vivirlo, no pasarlo dormido, ayudar a edificarlo, construirlo, ser parte de él. Los “tiempos históricos” se pueden pasar dormidos, se pueden construir positivamente, pero también se pueden destruir. De muestra tenemos todas las “oportunidades” de países vecinos, de “Primaveras Árabes” que terminan en desiertos árabes, insolados, solos, sin esperanza, acalorados y destruidos. La invitación es una ineludible, hay que participar para construir sobre los asuntos comunes. En este momento lo que importa son los principios, no los nombres, no los apellidos, no el dinero, importa los principios y aquello que valoramos. No se equivoca el que vive por principios.
En medio de acaloradas discusiones, la indignación se desborda. Varios foros, grupos de amigos, ideas diferentes pero siempre indignación. ¡Queremos ver resultados! Se ven algunos avances pero se espera rapidez, contundencia, veracidad, indudabilidad, certeza. Hay algunas cosas que tristemente no se podrán ver: devolución total de los dineros, penas o condenas proporcionales al daño causado, más inculpados (o todos) y por asuntos que estaban desde antes señalados. Esperamos que sea por la impotencia, no por parcialidad, que el Ministerio Público y la CICIG tomen decisiones de persecución. Impotencias que sólo pueden aceptarse por incapacidad de encontrar evidencias por asuntos de orden temporal, geográficos o de prescripción, no por interés. La justicia debe ser ciega: no ve y no distingue las diferencias de los investigados e imputados, no se asombra, no privilegia…
Platicábamos hace unos pocos años con un representante de la Fundación del Partido Popular español, y al final de su magnífica presentación, que llamaba a la clase política a cambiar su accionar, tal como ellos lo hacían desde los años posteriores a la muerte del Generalísimo Franco. Me atreví a preguntar, en medio del escándalo del tesorero del partido, sobre unos sobresueldos pagados a varios de los funcionarios del partido y respondía con indignación de los montos que habían sido objeto de corrupción. Siendo un país desarrollado, los montos eran aproximadamente de €3 millones. Nos reíamos, bromeando obviamente, con cinismo, al mejor estilo chapín ante sus desgracias, y le decíamos que debió venir a aprender a Guatemala. ¡Tanto gobierno corrupto! ¡Tanto descaro! Pero no empezó con el PP. Esto se vino degenerando, “corregidos y aumentados” y al final, la Doña, con total descaro y desfachatez, se creyó Ángel de Luz, que su puesto brillaba por ella y no que ella recibía luz por el puesto. Y como aquél querubín cayó, trayendo consigo hasta un tercio de sus… también ángeles caídos.
La lucha continua. La revolución pacífica, la reforma del sistema corrupto continúa. Debemos ser cuidadosos porque la libertad, los derechos individuales siempre necesitan un continuo trabajo, cuidarlos, defenderlos. El sistema no ha funcionado bien durante años, pero no porque no haya funcionado debemos tomar el primer bus, cualquier opción, o alternativas que han sido desastrosas en otros países. Sí hay modelos que funcionan, y muchos de ellos están en los países que protegen los derechos individuales de las personas. La mayoría de los guatemaltecos somos gente trabajadora, con conciencia, una conciencia que viene de hacer las cosas bien, de ser padres responsables (¡Feliz día a todos!), que pensamos como decía aquel proverbio: mejor es tener buen nombre, que las muchas riquezas. Entonces, no caímos en la tentación de las riquezas mal habidas, sino confiamos en poder heredar un buen nombre a nuestros hijos, una herencia moral. Mi padre, mis abuelos lo hacían conmigo. Hace varios años llegué a comprar un repuesto de un carro a una agencia que ya cerró, y no me iban a aceptar el cheque que llevaba, pues sólo se lo autorizaban a los clientes habituales. Con cara de decepción, sobre todo por el tiempo perdido, una señora mayor leyó mi cheque, a nombre de mi padre, y me preguntó si él era hijo de mi abuelo y abuela, a lo que respondí afirmativamente, y entonces me dice, “su papá y sus abuelos son personas honorables” y me aceptó el cheque. Ese día recibí mi herencia, una herencia que no puedo deshonrar y dejar de pasar a mis hijos. No la honorabilidad del dinero, sino la de la verdad, de la justicia, de la misericordia, el amor, el perdón, de la responsabilidad.
Hoy mi tributo, mi homenaje a hombres así, de palabra, leales, que valoran sus familias, sus hijos, que tienen cuidado en sus pasos porque allí caminarán sus hijos. Dios nos de sabiduría, inteligencia, conocimiento y temor para guiar con Su Palabra a nuestros hijos, una generación que debe concluir esta gran revolución, y vigilarla.
Pero mi segundo tributo y homenaje es aquellos empresarios, hombres y mujeres, que en medio de todo este torbellino, y que se dispara sin razón en contra de todo, a los robesperriano, a lo malogrado de la revolución francesa, en contra de todo el empresariado, que construye este país, que juega con las reglas de la justicia, que no soborna, que no corrompe, que no altera, dice la verdad, paga seguridad social, salarios justos, impuestos, y sobre todo, que da empleo, que cuida el medio ambiente, un aplauso, porque hacerlo en este país, con tanta deslealtad de aquellos que sí cayeron en la tentación.
Es un nuevo tiempo, “A New Deal”, un nuevo pacto, y los padres que no… y las empresas que no… a cambiar de rumbo, a jugar limpio, porque si no, no las queremos aquí…