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¿DESDE CUANDO TOMO EL PODER LA CORRUPCIÓN?

Alfonso Muralles
28 de junio, 2016

Tenemos la creencia de que la corrupción ha estado entronizada en la administración pública guatemalteca desde siempre, tanto así, que pareciera que aprendimos a convivir con ella. Casi nos conformamos con aceptarla con un “y qué le vamos a hacer?”. Pero no fue siempre así. Y es importante que se sepa. Que sí se puede.

El aparato estatal era muchísimo más pequeño. Cuando gobernaba dictatorialmente Jorge Ubico, y lo hizo por 13 años y pico entre 1931 y 1944, el empleado público temblaba ante la presencia de la Contraloría de Cuentas. Podía irse derechito a la cárcel por un error, ya no digamos por un faltante en caja o en el inventario de bienes a su cargo. Un “hallazgo” no se notificaba ni se daba tiempo para “desvanecerlo”. Se decía que Ubico sólo dejó robar a sus amigos. Y él era una persona de pocos amigos.

Los jóvenes idealistas que entraron a gobernar a raíz de la Revolución de Octubre de 1944 y que durarían una década, tenían una honradez proporcional a su idealismo. A la Contraloría todavía se le teme. Los empleados públicos de los gobiernos de Juan José Arévalo y Juan Jacobo Arbenz entraron y salieron con las mismas propiedades y cuentas de banco.

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A partir de 1954 se inicia un proceso gradual de descomposición. El hecho de que se comience a generar un ambiente de persecución y enfrentamiento por motivos ideológicos, la Guerra Fría hace ensayos en tierras guatemaltecas, permite que sucedan movimientos clandestinos de personas, documentos, pertrechos y efectivo. Si bien no se le puede catalogar a estos movimientos como corruptos, se van creando espacios y se van permeando, por decirlo de alguna manera, aceptaciones políticamente justificadas.

El estado va creciendo. Ser empleado público de alto rango seguirá siendo más o menos respetable, con algunos gobiernos más que otros. La Contraloría todavía ejerce auditoría en el manejo de los recursos y bienes del estado, pero ya se le pide y ésta concede, que haga como que si no ve algunos eventos. Y la miopía requerida, le es recompensada.

El tiempo avanza y el tráfico de influencias, que siempre lo hubo, se va consolidando en el poder junto a pedir y pagar comisiones para lograr favores del estado. Conseguir plaza de Vista de Aduanas es un premio. Un premio gordo. Crecen contrabando y evasión. Y eso que había Guardia de Hacienda. Una estructura parapolicial, en algún momento también paramilitar, que se especializa en la persecución del contrabando y crecen ambos: el contrabando y las cuentas de los altos mandos. En el ambiente aduanal se comprará tal cantidad de número de lotería para que no falte, mes a mes, quien se saque algún premio que permitirá justificar riquezas sorpresivas.

Si en los 50’s la Guerra Fría había abierto espacios, para los 80’s el enfrentamiento armado interno abrió puertas de par en par para el movimiento de recursos cuyo destino no debe quedar registrado. En nombre de la guerra se justifica arca abierta. Y la Contraloría pasa a ser un tanto decorativa. Revisa documentos. Agarra sólo al pequeño. No puede contra el grande y, como dice el dicho, si no puedes contra él, únetele.

Pero todos todos los anteriores gobernantes se quedaron chiquitos ante lo que se vino en la postguerra. No se tuvo la habilidad de desmontar las estructuras criminales. O no se quiso. Y hoy vemos con estupor hasta donde llegó el deterioro de una sociedad en la que corruptos y corruptores, insaciables todos, tomaron el poder y creyeron impunes.

Habemos quienes crecimos en un ambiente de honradez y respeto. Cuando las camionetas del transporte urbano paraban solamente en los lugares autorizados. El inspector que subía a verificar si uno llevaba el ticket que demostraba el pago de los 5 centavos, era digno de respeto. No es historia antigua. Si se pudo antes, se podrá de nuevo.

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