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Un golpe a la soberanía turca

Redacción
27 de julio, 2016

La versión oficial indica que un grupo del ejército, con el apoyo de otras figuras políticas y judiciales, intentaron sacar del poder al actual presidente, Recep Tayyip Erdogan, a través de un golpe de Estado. El gobierno de Erdogan, usando el argumento de una posible reincidencia, está llevando a cabo una “limpieza” interna. Pero, en realidad, con ello está adjudicándose más poder. La prensa internacional y expertos politólogos en el tema afirman que, bajo cualquier óptica, las acciones de Erdogan levantan todo tipo de sospechas. Desde hace ya varios años, él ha logrado penetrarse silenciosamente en los tres poderes del Estado, dando lugar a que sus políticas, altamente conservadoras y peligrosas, avancen dentro de la agenda nacional. Todo esto refleja dos posibilidades: (i) el encaminamiento de Turquía hacia una dictadura, o (ii) una creciente polarización y choque entre los distintos actores del país. Ambas afectan al mundo entero.

La importancia de Turquía a nivel internacional no puede ser ignorada, es una bisagra entre la Unión Europea y el mundo árabe. Su ubicación, como puente entre Europa y Asia, lo convierten en un actor clave a nivel geopolítico. Por consiguiente, si sucediese un golpe de Estado en Turquía, la desestabilización traspasaría sus mismas fronteras. Si bien fuimos testigos de un golpe de Estado que no se dio, hubo un duro golpe a la democracia del país que, sin duda alguna, desencadenará fuertes consecuencias para el mundo entero. En ese sentido, es importante mencionar que desde hace varias décadas, en Turquía ha existido una separación entre la Iglesia y el Estado. Turquía, una nación mayoritariamente musulmana, había sido ejemplo de una modernización democrática en la región árabe. Erdogan, a diferencia de sus predecesores, ha trabajado por revertir la agenda de separación de poderes. El ataque en su contra le da la excusa perfecta para tomar el control de otros poderes del Estado y promover sus políticas conservadoras.

Hoy el mundo occidental no puede despegar sus ojos de Turquía. Debemos estar muy pendientes de lo que allí suceda. Sin embargo, solemos estar obsesionados con el Poder Ejecutivo y nos olvidamos entonces que para que una república funcione como debe ser, es primordial que exista una separación entre los tres poderes, Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Cada uno de ellos son independientes entre sí, por lo que tienen su propio rol y responsabilidades en el aparato gubernamental. El Estado solo funciona si existe un balance y cuentadancia entre sus tres pilares. En el caso de Turquía, siendo un actor fundamental a nivel geopolítico para la estabilidad del medio oriente, el hecho que el Ejecutivo se infiltre en los otros poderes del gobierno, es una situación que no puede pasar por alto. Pareciera oportuno señalar las similitudes entre el golpe de Estado en Turquía y el golpe de Estado en Venezuela, que involucró a Hugo Chávez. En ambos casos, para estos dos gobernantes, esta situación les vino a caer como anillo al dedo en función de su sed de autoritarismo.

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Erdogan, un conservador musulmán hecho y derecho, ha sido desde hace años un fuerte líder religioso. Su sed de poder puede dar lugar a una teocracia en pleno siglo XXI. Si bien un inmenso océano nos separa de este país, debemos prestar atención a lo que los turcos están pasando por estos momentos, sobretodo tomando en cuenta nuestras frágiles democracias. Tengamos muy presente que, la migración hacia una teocracia y una dictadura, no es una buena noticia para nuestra región, mucho menos para todo el mundo.

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